«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


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10 de agosto de 2016

LA PÍLDORA DEL DIA DESPUÉS ES CAUSA DE ABORTO

Lo confirma el estudio, dirigido por un español, “Motivos ideológicos y comerciales detrás de la desinformación sobre estos fármacos”

 Un estudio conducido por un grupo de científicos españoles guiados por el doctor Emilio Jesús Alegre del Rey y publicado por el European Journal of Clinical Pharmacy reitera el potencial efecto abortivo del Levonorgestrel, la píldora del día después.

El doctor Alegre del Rey es farmacéutico en el Servicio de Farmacia del Hospital Universitario Puerto Real, en Cádiz, España, y realiza estudios desde hace varios años sobre la llamada “anticoncepción de emergencia”.

¿Cuándo comienza la vida?
— Doctor Alegre del Rey: Comienza en la concepción, cuando el espermatozoide y el óvulo forman el cigoto. Esta es una observación científica.

Se dice que el embarazo empieza con la implantación del embrión en el útero. ¿Se manipula el lenguaje para esconder la realidad?
— Doctor Alegre del Rey: Sí. Por ejemplo, se ha repetido hasta la saciedad que la píldora del día después no es abortiva. Para afirmar esto, se supone que el aborto pone fin al embarazo y que este empieza en el momento de la implantación del embrión en el útero. Pero esto es un sutil juego de palabras, que oculta la realidad.
En primer lugar, no es que el embarazo empiece en el momento de la implantación, es que es a partir de ahí cuando es posible detectarlo. Pero en segundo lugar, y más importante todavía, lo que es éticamente relevante no es poner fin a un embarazo, sino poner fin a la vida de un ser humano.  Por tanto, lo que cuenta no es cuándo queremos decir que empieza el embarazo, sino cuándo empieza la vida humana. La manipulación del lenguaje tiene mucho de “magia”: desvía la atención de los oyentes con el fin de que no miren el punto clave de la cuestión. Tertuliano, ya en el siglo III, dijo: “Homo est qui futurus est” (si será humano, ya lo es). Curiosamente, es interesante notar que esta simple y sabia observación es también un principio fundamental de la embriología del siglo XXI.

¿El Levonorgestrel, la llamada “píldora del día después” reduce los embarazos en más del 80% cuando se toma tres días después de la relación sexual? ¿Cuáles son las conclusiones de su estudio?
— Doctor Alegre del Rey: Nuestro estudio se concentra en el mecanismo de acción del Levonorgestrel. Hemos comparado los datos procedentes de distintos estudios que han sido publicados, aplicando una análisis cuantitativo. El resultado muestra que en la mitad de los casos en que los embarazos fueron impedidos por el Levonorgestrel, hubo fecundación, hubo concepción del embrión, pero la carga hormonal de la píldora impidió al embrión continuar su proceso de desarrollo, su vida.

La píldora del día después es catalogada como medio de anticoncepción de emergencia. Esto es lo que dicen los medios y la versión científica “oficial”…
— Doctor Alegre del Rey: No hay una versión científica “oficial”, sino diversas publicaciones sobre el tema. En la ficha técnica original del Levonorgestrel, al principio era reconocido también este efecto de impedir la implantación. Dos trabajos científicos apuntaban en la misma dirección  (Fertil Steril. 2007 Sep;88(3):565-71. Epub 2007 Feb 22; Ann Pharmacother. 2002 Mar;36(3):465-70). Después se difundió una nueva versión del productor y el posicionamiento de la FIGO (Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia), que no es independiente. Este último posicionamiento, que negó el efecto abortivo, se basó en datos procedentes de estudios en animales, cuyo ciclo hormonal no tiene nada que ver con el de la mujer, y sobre un estudio sobre mujeres sin validez estadística.
Hemos demostrado que, con las evidencias actuales, nadie puede continuar negando el efecto contragestivo, abortivo, de esta píldora. Un anticonceptivo es un producto que impide la concepción. En el caso del Levonorgestrel, es verdad, pero es solo una media verdad, literalmente. En la otra mitad de los casos, su efecto se ejerce impidiendo a un embrión ya existente continuar su desarrollo y su vida. Este efecto se denomina “contragestivo”, una palabra que pocas personas conocen.

Por tanto, tomando Levonorgestrel se pueden producir abortos embrionarios. ¿Por qué los medios no dicen nada sobre esto?
— Doctor Alegre del Rey: La desinformación crea una falsa sensación de seguridad. Se omiten informaciones clave para los usuarios, que tienen el derecho de conocer el potencial efecto abortivo de esta píldora. El motivo por el que no se difunde esta información creo que es en parte comercial y en parte ideológico. Se da por hecho que las mujeres no necesitan saber aquello que a ellas no les interesa saber. Sin embargo, en un estudio del equipo de Jokin de Irala realizado con mujeres españolas, se les preguntó si tomarían la píldora sabiendo que era abortiva. La mayor parte de las mujeres dijo que no. Las mujeres que inconscientemente toman ese producto y descubren después que se trata de un abortivo, pueden sentirse engañadas y cargadas injustamente con este problema en su conciencia.
Cuando la píldora se comercializó hubo un notable rechazo; la ficha técnica del Levonorgestrel no omitía el posible efecto anti-implantatorio, por tanto, abortivo. Así, el producto tuvo mucha dificultad para ser difundido, y también para ser aprobado en países que protegen la vida humana desde el inicio, como en Hispanoamérica. Los productores, por tanto, usaron más tarde la estrategia de negar el efecto abortivo, y fue modificada la ficha técnica del Levonorgestrel.
Ahora, también los productores de otro “anticonceptivo de emergencia”, el Ulipristal acetato (EllaOne, la llamada “píldora de los cinco días después”) parecen haber aprendido la lección, y niegan que tenga un posible efecto abortivo. Sin embargo, es evidente que lo tiene, impidiendo el embarazo incluso si se toma cinco días después de la relación. Hace falta solo un poco de sentido común para darse cuenta que no es creíble que tenga solamente efecto anticonceptivo.

También para el personal sanitario es necesaria una cuidada y completa información sobre estas píldoras…
— Doctor Alegre del Rey: Cierto. Para tomar cualquier decisión ética, sea individual o colectiva, es esencial primero tener las mejores informaciones científicas sobre el problema, sin prejuicios de ningún tipo. El personal sanitario lo necesita por dos motivos: para informar correctamente a los usuarios y para tomar las propias decisiones éticas y, si es necesario, presentar objeción de conciencia. De esto era muy consciente el genetista francés Jerome Lejeune: una buena ética surge de la mejor información científica disponible. Esta es la razón de nuestro trabajo. Tenemos que aportar información libre de condicionamientos comerciales, ideológicos o de otros tipos, ni en un sentido ni en el otro. En nuestro equipo colaboran investigadores de distintos puntos de vista, pero todos buscamos mostrar la realidad, con el método científico.

La píldora del día después es utilizada principalmente por adolescentes, incluso varias veces. ¿Cuáles son las consecuencias y los riesgos?
— Doctor Alegre del Rey: Los estudios clínicos sobre esta píldora no los ha hecho la industria farmacéutica, sino la Organización Mundial de la Salud, con dinero público. Se pensó que podía utilizarse habitualmente, pero los estudios de seguridad con administración continuada fueron desastrosos: frecuentes y graves trastornos menstruales, dolor de cabeza, problemas vasculares…
Lógico, porque para obtener el efecto deseado con una sola dosis, estas píldoras contienen una cantidad de hormonas 10-20 veces superior a la píldora anticonceptiva diaria. Por eso, la píldora del día después fue lanzada para uso excepcional. Quien usa repetidamente esta píldora se expone a un riesgo serio. Lamentablemente en algunos países este producto ha sido aprobado también sin receta médica.
Quiero también comentar que el uso de la píldora del día después no reduce los embarazos no deseados o los abortos en términos reales. Se ha demostrado en numerosos estudios en varios países, con elevado nivel de evidencia.

La publicación de su estudio fue rechazado por varias revistas científicas ¿verdad?

— Doctor Alegre del Rey: Los primeros rechazos nos estimularon a mejorar el artículo, la forma de exposición de los resultados. Pero nos sorprendimos un poco de que otro estudio previo, con conclusiones contrarias, pero sin un elemental análisis estadístico, fue publicado sin problemas. Hemos hablado con otros grupos de investigación que han tenido complicaciones como las nuestras cuando las conclusiones de su estudio no eran “políticamente correctas”. En realidad, ha habido dificultades en todas las épocas. Aún así, esto es ciencia, y afortunadamente hay revistas que examinan solo la calidad científica de lo que se les envía. De hecho, recientemente se ha aceptado una aplicación de nuestro mismo análisis en otra revista. No se puede tapar el sol con un dedo.
Fuente: Zenit

12 de mayo de 2015

UN SEGURO DE VIDA PARA EL MATRIMONIO

La clave de las claves.

Después de pensarlo con calma, considero que en la práctica diaria existe una clave suprema que asegura el triunfo de cualquier matrimonio: la capacidad de perdonar y pedir perdón. Y que esa actitud depende en buena medida de la que adoptemos ante los defectos del propio cónyuge: aceptarlos, conforme los vayamos descubriendo, y, si no son ofensa de Dios, esforzarnos por comprenderlos e incluso amarlos.

Y es que, por más que luche por corregir esas faltas, a lo largo de la vida se harán más de una vez presentes, con las molestias que suelen llevar aparejadas y que exigen del otro consorte una decidida e incondicionada resolución de pasarlas por alto cuantas veces fuere necesario.

Hasta el punto de que cabría sostener que el «sí» del día de la boda resultará vano si no se encuentra reforzado y protegido, desde entonces y a lo largo de toda la vida en común, por la decisión de perdonar siempre que la persona amada o bien no advierta el agravio infligido al cónyuge o bien, al percibirlo, se muestre sinceramente arrepentida y luche por corregirse.


Presunción de inocencia.

Para lograrlo, como ha señalado un autor americano, resulta muy conveniente que en cada uno de los miembros del matrimonio reine incontrastada la «presunción de inocencia» respecto al otro. Es decir, el firme convencimiento de que, aunque las apariencias pudieran dar a entender lo contrario, nuestro esposo o esposa nunca realiza nada con la intención de «fastidiarnos».

Si las propias disposiciones hacia el otro son las de hacerle la vida lo más agradable posible, ¿qué nos autoriza a presumir que él o ella habría de actuar con fines menos rectos? Una cosa es el error o el descuido, fácilmente tolerables si se advierten como tales, y otra muy distinta, y rarísima en un matrimonio normalmente constituido, el afán de herir o hacer daño de manera consciente y premeditada, incluso en los momentos de cansancio o aburrimiento o nerviosismo o en las explosiones de mal genio derivadas de esas circunstancias.

Reflexionar a menudo cuando la mar está en calma sobre esta verdad casi obvia facilitará enormemente el disculpar o incluso pasar por alto —¡no advertirlos!— los roces y las tensiones originadas por el tráfago de la existencia cotidiana.

Perdonar, olvidar… para curar.

Tal vez por eso, la disposición habitual de perdonar y solicitar el perdón constituía para San Josemaría Escrivá una de las pruebas más esencialmente significativas del amor entre los esposos… y del mismo amor de Dios, de quien le admiraba más aún que su poder creador y la maravilla de la Encarnación, justo su reiterado y siempre actual afán por perdonar a quienes le ofendemos y, compungidos, volvemos al combate.

Pues bien, a ese Dios que sale a nuestro paso, se nos acerca, nos sana, indulta y olvida, hemos de intentar asemejarnos los esposos. Teniendo en cuenta que el resultado será siempre un incremento de nuestro amor recíproco, porque sólo en ese amor haya su fundamento la capacidad de perdonar… y de olvidar y curar, haciendo desaparecer la afrenta y las huellas que pudiera dejar en nosotros.

A este respecto, me gusta recordar unas palabras de Étienne Gilson: «El Dios de nuestra Iglesia no es sólo un juez que perdona, es un juez que puede perdonar porque es, primero, un médico que cura» … y goza —que Él me excuse la aparente irreverencia— de una colosal «mala memoria».

En realidad, para nosotros los humanos, perdonar y olvidar de veras incluye la máxima eficacia alcanzable: es, en cierto modo, nuestra manera más real de curar, lo que más se acerca a cauterizar definitivamente la herida. De ahí la alusión un tanto bromista a la mala memoria divina, que sin embargo es un recurso de tremenda eficiencia, y nada metafórico, en la vida conyugal.

Al respecto, recuerda Paul Jonhson: «los secretos de un matrimonio bien trabajado son paciencia y perseverancia, tolerancia y dominio de sí, estoicismo y tenacidad, resistencia, disposición a perdonar y, a falta de todo eso, mala memoria: ¡nada menos!». Y comenta Amadeo Aparicio: «No es fácil adquirir una buena mala memoria. El peso de los recuerdos, la dificultad de olvidar ciertas cosas, la actitud rencorosa que, en una discusión, saca todos los trapos a relucir, y el apasionamiento de la polémica que lleva a decir más de lo que uno quisiera, hacen complicado el entendimiento entre ambos. Y es imprescindible ejercitarse en el olvido, sustituyendo los “malos recuerdos” por una voluntad decidida de perdón».

Resumiendo: la firme decisión de perdonar e, incluso antes, de pedir perdón, con todo lo que lleva aparejado de comprensión y olvido, compone una de las actitudes básicas más «rentables» de todo hogar que aspire a cumplir su cometido en este mundo, generando e irradiando hacia quienes lo rodean felicidad y contento.

Lo confirma la reflexión de Josemaría Escrivá en torno a las pequeñas trifulcas que surgen en la convivencia. En tales circunstancias —nos aconseja—, «debemos acostumbrarnos a pensar que nunca tenemos toda la razón. Incluso se puede decir que, en asuntos de ordinario tan opinables, mientras más seguro se está de tener toda la razón, tanto más indudable es que no la tenemos. Discurriendo de este modo, resulta luego más sencillo rectificar y, si hace falta, pedir perdón, que es la mejor manera de acabar con un enfado: así se llega a la paz y al cariño».

Al estilo de Dios.

Pero ¿por qué perdonar y pedir perdón se muestran tan eficaces en la vida matrimonial y mejoran de manera casi insuperable la calidad personal de los cónyuges, purificando e incrementando su amor recíproco? Por una razón relativamente sencilla y ya insinuada: por cuanto todo ello asimila el afecto mutuo de los esposos al Amor infinito de Dios.

Como acabamos de sugerir, otorgar un perdón sin condiciones puede considerarse como una de las operaciones más caracterizadoras y exclusivas y portentosas del Dios omnipotente y amorosísimo. «Errar es humano, perdonar divino», aseguraba Pope. Por eso perdonar de corazón, sin falsas reservas ni retrancas, olvidando realmente la injuria y, desde este punto de vista, haciéndola desaparecer, acerca infinitamente a Dios a quien perdona y provoca una gratitud también cuasi divina en quien así se siente amado.

Muchas veces se ha comentado que el amor permite ver al ser querido tal como lo ve la divinidad. Ahora bien, parece evidente que Dios observa a las personas con una mirada afabilísima, que pone en primer término cuanto de bueno, de grandioso, Él está produciendo y conservando en cada una. No es que ignore nuestros defectos, pues nos conoce con la máxima perfección; pero los calibra en sus justas dimensiones, más como carencias que como entidades positivas. Y, dentro de la persona, cualquier déficit no representa sino un detalle casi irrelevante frente a la grandeza sublime de su eminente dignidad.

El amor de Dios se dirige, directo y eficaz, como una saeta bien orientada, hacia el núcleo más íntimo del ser humano: y ese meollo, la médula de la persona, es merecedor, por gratuita dádiva divina, de un amor incondicionado… incluso cuando transitoriamente la criatura se vuelve contra su Creador.

De ahí que el Fundador del Opus Dei, que vivió con suma intensidad el amor a Dios y a los hombres pudiera llegar a sostener que él no necesitaba perdonar… justamente porque Dios lo había enseñado a amar sin reservas ni distingos. Y de él debemos aprender los cónyuges.

Motivos para amar.

Y es que, cuando se quiere de veras, el presunto ultraje, la descortesía o el desinterés resultan como anegados por la abundancia de realidades positivas que aquel a quien se estima nos ha demostrado a lo largo de toda su existencia y nos sigue mostrando incluso en esos momentos menos conseguidos. Y de ahí, como sugería, que ante un amor sincero y apasionado, el agravio pasa muchas veces inadvertido y no requiere ser exculpado: remedando e invirtiendo radicalmente el sentido del no muy feliz dicho popular, cabría sostener que «no ofende el que quiere… ni el que es querido».

La clave, como de costumbre, es el amor. Lo sostiene esta cita de San Josemaría Escrivá de Balaguer, que a la par resume y confirma mucho de lo anteriormente expuesto: «Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su genio —su mal genio, a veces— y sus defectos. Cada uno tiene también cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le puede querer. La convivencia es posible cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los demás: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio, si se dramatizan los pequeños contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo de matar el cariño».

No pretendo sostener con cuanto vengo diciendo que siempre sea fácil perdonar, precisamente porque el orgullo anida muy hondo en el centro de nuestros corazones. Pero cuando el esfuerzo de amor continuado transforma el perdón en actitud habitual, los efectos de crecimiento de la vida en común no podrán nunca ponderarse en exceso: quien perdona experimenta un gozo y una paz, una alegría… que no dudo en volver a calificar de cuasi divinas.
Y el que es absuelto descubre en el esposo o en la esposa la imagen fidedigna de un Dios compasivo… y le resulta muy difícil no quererlo o quererla con toda el alma, porque por él o ella se siente infinitamente amado. Uno y otro, al pedir disculpas y otorgarlas, se vacían de sí mismos, de sus presuntos «derechos», dando en consecuencia un paso de gigante hacia la verdadera acogida y el don recíprocos.
Y así, reblandecidos y remodelados ambos espíritus por la efusión amorosa del perdón, inmensamente cercanos al Hogar divino, se torna sencillo disponerse al cambio que efectivamente los introducirá más en el otro cónyuge, elevando la calidad y el colorido de su mutua entrega y poniéndolos en condiciones de desbordarse en beneficio de cuantos crecen y mejoran a su amparo.

Lo positivo… del otro.

Concluyo, con palabras de Ugo Borghello: «Narra una fábula que el demonio merodeaba por los barrios con el fin de dividir y arruinar a las familias. Se introducía en los hogares bajo la apariencia de un peregrino cansado y, mientras lo atendían, se las ingeniaba para hacer a la mujer caer en la cuenta de que el marido la trataba como a una esclava, mientras él permanecía tranquilamente sentado, charlando con el huésped, o cosas por el estilo. Y así proseguía insidiando, hasta que lograba hacer estallar una rabiosa discusión. Pero un día entró en una casa donde todos sus intentos fracasaron. Fue él entonces quien se enfadó y, desesperado, exclamó: “¿Pero vosotros no discutís nunca?”. “No, porque desde el primer día hicimos un pacto: cada cual deberá fijarse sólo en los propios defectos y en los méritos o cualidades del cónyuge”. Basta reflexionar un poco sobre la anécdota para advertir que quien se comporta de este modo lleva todas las de ganar».

La verdad ilustrada por esta fábula la expresa, con términos más técnicos, Gottman, un especialista americano: «Lo que hace que un matrimonio funcione es muy sencillo. Las parejas felizmente casadas no son más listas, más ricas o más astutas psicológicamente que otras. Pero en sus vidas cotidianas han adquirido una dinámica que impide que sus pensamientos y sentimientos negativos (que existen en todas las parejas) ahoguen los positivos. Es lo que llamo un matrimonio emocionalmente inteligente».

Fuente: Arvo.net Tomás Melendo Catedrático de Metafísica. Universidad de Málaga.


EL MILAGRO DE LA VIDA

23 de marzo de 2015

EL SIGNIFICADO BIOLÓGICO DEL MENSAJE GENÉTICO ESCRITO EN EL GENOMA HUMANO.

La mayor sorpresa que nos ha deparado este avance científico es el número tan pequeño de genes que tenemos los seres humanos: unos 40.000 frente a los más de 100.000 que esperábamos, por los cálculos efectuados en estudios anteriores; nos da idea de esta “escasez” de genes el hecho de que la mosca de la fruta, cuyo genoma fue el primero en descifrarse, posee más de 13.000 genes en sus células y el de que chimpancé sólo tiene unos centenares de genes menos que un hombre. 
Interesante artículo de  Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquímica y Biología Molecular que puede ver pinchando Aquí