«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


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3 de marzo de 2017

PALABRA DE VIDA

«¡Reconciliaos con Dios!» (2 Co 5, 20)
 En muchos lugares del planeta hay guerras sangrientas que parecen interminables y que afectan a familias, tribus y pueblos. Gloria, de 20 años, cuenta: «Nos enteramos de que habían quemado un pueblo y muchas personas se habían quedado sin nada. Junto con mis amigos, organicé una recogida de cosas: colchones, ropa, alimentos; fuimos allá, y tras 8 horas de viaje encontramos a la gente destrozada. Escuchamos sus relatos, les secamos las lágrimas, los abrazamos, los consolamos… Una familia nos confió: «Nuestra niña estaba en la casa que nos quemaron y nos parecía haber muerto con ella. Ahora encontramos en vuestro amor la fuerza de perdonar a los hombres que lo han provocado».
También el apóstol Pablo vivió su propia experiencia: precisamente él, el perseguidor de los cristianos (cf. Hch22, 4ss.), se encontró en su camino, de un modo completamente inesperado, con el amor gratuito de Dios, quien luego lo envió como embajador de reconciliación en su nombre (cf. 2 Co, 5, 20).
Así se convirtió en testigo apasionado y creíble del misterio de Jesús muerto y resucitado, que ha reconciliado al mundo consigo para que todos puedan conocer y experimentar la vida de comunión con Él y con los hermanos (cf. Ef 2, 13ss.). Y, a través de Pablo, el mensaje evangélico llegó y fascinó incluso a los paganos, considerados los más alejados de la salvación: ¡reconciliaos con Dios!
También nosotros, a pesar de errores que nos desaniman o de falsas certezas que nos convencen de que no la necesitamos, podemos dejar que la misericordia de Dios – ¡un amor exagerado!– nos cure el corazón y nos haga por fin libres de compartir este tesoro con los demás. Así contribuiremos al proyecto de paz que Dios tiene sobre toda la humanidad y sobre la creación entera, y que supera las contradicciones de la historia, como sugiere Chiara Lubich en un escrito suyo:
«[…] En la cruz, en la muerte de su Hijo, Dios nos dio la prueba suprema de su amor. Por medio de la cruz de Cristo, Él nos ha reconciliado con Él. Esta verdad fundamental de nuestra fe conserva hoy toda su actualidad. Es la revelación que toda la humanidad espera: sí, Dios está cerca con su amor a todos y ama apasionadamente a cada uno. Nuestro mundo necesita este anuncio, pero lo podemos hacer si antes lo anunciamos una y otra vez a nosotros mismos, para así sentirnos envueltos por este amor incluso cuando todo nos llevaría a pensar lo contrario […] Todo nuestro comportamiento debería hacer creíble esta verdad que anunciamos. Jesús dijo claramente que antes de llevar la ofrenda ante el altar deberíamos reconciliarnos con una hermana o hermano nuestro si tienen algo contra nosotros (cf. Mt 5, 23-24) […] Amémonos como Él nos amó, sin cerrazón ni prejuicios, sino abiertos a acoger y apreciar los valores positivos de nuestro prójimo, dispuestos a dar la vida unos por otros. Este es el mandato por excelencia de Jesús, el distintivo de los cristianos, tan válido hoy como en los tiempos de los primeros seguidores de Cristo. Vivir esta palabra significa convertirnos en reconciliadores».
Viviendo así, enriqueceremos nuestros días con gestos de amistad y reconciliación en nuestra familia y entre las familias, en nuestra Iglesia y entre las Iglesias, en cualquier comunidad civil o religiosa a la que pertenezcamos.
LETIZIA MAGRI
EXPERIENCIAS:
1.-        “…un corazón de carne...: me escuchaste, (y descargué mis preocupaciones, a pesar del poco tiempo del que dispones), con toda tranquilidad...y mucha generosidad. Gracias; todo en manos de Dios y la Virgen: con espíritu nuevo y mucho amor ,viviendo el hoy y mañana Dios dirá!! Ojalá pueda ir a los ejercicios de Cuaresma al Centro Mariápolis o mis ejercicios serán los que el Señor me mande…
 2.-“Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo”: quiero que cada vez más vivir la Palabra sea como “mi estilo de vida” y así trato de salir de mi comodidad; por ejemplo, en poco tiempo han fallecido familiares cercanos de tres personas conocidas en ciudades relativamente cercanas a la mía y he salido de viaje muy temprano para acompañarlas en su dolor durante el entierro.
O me ofrezco para lo que sea necesario. Por ejemplo, hace varias semanas que estoy llevando en coche a rehabilitación a una amiga.
2b.-“También intento no escatimar esfuerzos ni tiempo de dedicación a los demás, por ejemplo, con la presidencia de la comunidad de vecinos que tengo este año y que requiere bastantes llamadas, estar pendiente del desarrollo de las obras que se están realizando, etc. Muchas veces me pregunto: ¿es el amor, el bien del otro lo que me guía? Esto hace que tenga un coloquio íntimo más continuo con Dios y pueda amar “con un corazón nuevo”, siempre volviendo a empezar una vez tras otra que me encierro en mí misma.
2c.-“Esta PdV también me está ayudando, como dice el comentario, a tener “pensamientos de paz” hacia los hermanos: una vez iba por la calle, pasé por una “tienda de chinos” y me vino rápido un juicio negativo, pero también enseguida recordé la PdV y traté de cambiar mi corazón de piedra. Otro día, escuchando noticias en la TV, me vino el pensamiento “este mundo no tiene remedio”, pero me di cuenta que no podía resignarme ante los males que nos sobrepasan y me puse a rezar en esos momentos por tantas situaciones de la humanidad que no siguen el proyecto de Dios.
Estas experiencias me están ayudando a eliminar prejuicios que existen en mí, a veces de forma inconsciente, y poner mi granito de arena en construir “…un mundo nuevo en medio de la gran variedad de pueblos y culturas”
 3.-        “…he empezado hoy a trabajar como voluntaria los viernes por la mañana en un hospital. Y estoy en departamento de psiquiatría cogiendo el teléfono. Va a ser un desafío pero espero poner ayudar y contribuir en algo. Un abrazo fuerte desde aquí…
Estoy muy animada. La verdad es que mejor que nunca. Gracias siempre por estar con todos nosotros on site y on line!!…
 4.-        “…imagino que mi correo será uno entre los muchísimos que recibe. Como en muchas ocasiones le he comentado, usted ha sido una renovación de Fe en mi vida, haciendo que sea capaz de mejorar cada día como persona, mediante el ejemplo que me hace llegar en estos bonitos correos. A veces con la velocidad en la que vivo no me paro ni a pensar, pero cuando tengo un ratito libre, me gusta ir leyendo, de a trozos, los correos de la palabra de vida. Hoy que tengo 15 minutos mientras estoy en el coche esperando a que mi hija salga del cole, me gustaría aportar mi experiencia.
Este mes más centrada en tratar de poner en práctica la Palabra, he intentado ver con amor a personas que muchas veces me causan solo enfados. Dos de los niños más grandes son difíciles de trabajar porque me cuesta mucho la comunicación con los padres. He decidido dejar de quejarme de ellos y emplear más tiempo en escucharlos y asesorarlos, (sin cobrar nada extra), con paciencia, sin juzgar, sin pensar en que lo hacen mal: solo guiándolos como si de uno de mis niños se tratase, entendiéndolos y explicando las veces que sea necesario y escuchando sus inquietudes.
El fin de semana pasado fue una locura: entre ambas familias, tenía yo alrededor de 40 mensajes y unas 10 llamadas por día; a medida que pasaba el día y no tenía ánimos de atenderlos, le pedía a Dios paciencia y guía para actuar lo mejor posible para esas familias. Así voy entregando mis ratos "libres" con amor y en realidad vale la pena al llegar a la terapia esta semana y poder escuchar de parte de esos chicos que están más contentos y no han tenido problemas en casa.
Espero poder seguir mejorando cada día y así ayudar más, si en mis manos está hacerlo. De hecho hoy estuve hablando largo rato con una de estas madres que está muy afligida y en cama y la invité a venir a la misa con usted. Me dijo que quería hacerlo y que pasado mañana mismo quería comenzar. Ahora trataré de ajustar mi agenda, ya que si la voluntad de Dios es que yo la acompañe en este momento de esa manera, haré todo lo posible. 
Muchas gracias por todo…


1 de abril de 2016

PALABRA DE VIDA DE ABRIL DE 2016

«Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

¿Por qué estas palabras de Jesús nos son tan queridas y resuenan a menudo en las Palabras de Vida que elegimos para cada mes? Quizás porque forman el núcleo del Evangelio. Son las que el Señor nos dirigirá cuando al final nos encontremos delante de Él. Sobre ellas versará el examen más importante de la vida, para el cual podemos prepararnos día a día.

Jesús nos preguntará si hemos dado de comer y de beber a quien estaba hambriento y sediento, si hemos acogido al forastero, si hemos vestido al desnudo, visitado al enfermo y al preso... Se trata de pequeños gestos que, sin embargo, valen la eternidad. Nada es pequeño si se hace por amor, si se lo hacemos a Él.

Pues Jesús no solo se acercó a los pobres y marginados, curó a los enfermos y consoló a los que sufren, sino que los amó con predilección, hasta llamarlos hermanos e identificarse con ellos con una misteriosa solidaridad.
Hoy Jesús sigue estando presente en quien sufre injusticias y violencia, en quien busca trabajo o vive en situación precaria, en quien se ve obligado a salir de su patria a causa de las guerras. ¡Cuántas personas sufren a nuestro alrededor por muchas causas e imploran, aun sin palabras, nuestra ayuda! Son Jesús, que nos pide un amor concreto, capaz de inventar nuevas «obras de misericordia» que respondan a las nuevas necesidades.

Nadie está excluido. Si una persona anciana y enferma es Jesús, ¿cómo no procurarle el alivio necesario? Si le enseño el idioma a un niño inmigrante, se lo enseño a Jesús. Si ayudo a mi madre a limpiar la casa, ayudo a Jesús. Si llevo esperanza a un preso, si consuelo a quien está afligido o perdono a quien me ha herido, me relaciono con Jesús. Y, cada vez, el fruto será no solo dar alegría al otro, sino sentir nosotros mismos una alegría aún mayor. Cuando damos, recibimos, sentimos una plenitud interior, nos sentimos felices porque, aunque no lo sepamos, nos encontramos con Jesús: el otro, como escribió Chiara Lubich, es el arco bajo el que hay que pasar para llegar a Dios.

Así evocaba ella el impacto de esta Palabra de vida desde el inicio de su experiencia: «Todo nuestro antiguo modo de concebir y de amar al prójimo se derrumbó. Si Cristo estaba en cierto modo en todos, no podíamos hacer discriminaciones, no podíamos tener preferencias. Se hicieron añicos los conceptos humanos que clasifican a las personas: compatriota o extranjero, viejo o joven, guapo o feo, antipático o simpático, rico o pobre. Cristo estaba detrás de cada uno, Cristo estaba en cada uno. Y cada hermano era realmente "otro Cristo" [...].

»AI vivir así nos dimos cuenta de que el prójimo era para nosotros el camino para llegar a Dios. Es más, el hermano se nos presentó como un arco bajo el cual era preciso pasar para encontrar a Dios.

»Así lo experimentamos ya desde los primeros días. ¡Cuánta unión con Dios sentíamos por la noche, en la oración o en el recogimiento, después de haberlo amado todo el día en los hermanos! Y ¿quién nos daba ese consuelo, esa unión interior tan nueva, tan celestial, sino Cristo, que vivía el "dad y se os dará" (Lc 6, 38) de su Evangelio? Lo habíamos amado todo el día en los hermanos y ahora Él nos amaba a nosotros».

FABIO CIARDI

3 de julio de 2015

PALABRA DE VIDA julio 2015

«Tened valor: yo he vencido al mundo»
(Jn 16, 33)

Con estas palabras concluyen los discursos de adiós que Jesús dirige a sus discípulos en su última cena antes de ser entregado a manos de quienes le iban a dar muerte. Es un diálogo denso, en el que revela la realidad más profunda de su relación con el Padre y de la misión que Él le ha encomendado.

Jesús está a punto de dejar la tierra y volver al Padre, y sus discípulos se quedarán en el mundo para continuar su obra. También ellos, como Él, serán odiados, perseguidos, hasta les darán muerte (cf. 15, 18.20; 16, 2). Su misión será difícil, como lo ha sido la de Jesús. Él sabe bien las dificultades y las pruebas que tendrán que afrontar sus amigos: «En el mundo tendréis luchas», les acaba de decir (16, 33).

Jesús se dirige a sus apóstoles, reunidos en torno a Él para esa última cena, pero tiene delante de sí a todas las generaciones de discípulos que lo seguirán a lo largo de los siglos, incluidos nosotros.

Es verdad. Aun en medio de las alegrías que jalonan nuestro camino, no faltan «luchas»: la incertidumbre del futuro, la precariedad del trabajo, la pobreza y las enfermedades, los sufrimientos que siguen a las catástrofes y a las guerras, la violencia, tan extendida dentro de nuestras fronteras como entre naciones. Luego están las tribulaciones que acarrea el ser cristianos: la lucha cotidiana por mantenerse coherentes con el Evangelio, el sentimiento de impotencia ante una sociedad que parece indiferente al mensaje de Dios, la burla o el desprecio, cuando no la persecución explícita de quien no comprende o se opone a la Iglesia.

Jesús conoce las tribulaciones porque las ha vivido en primera persona, pero dice:

«Tened valor: yo he vencido al mundo». 

Esta afirmación, tan decidida y convencida, parece una contradicción. ¿Cómo puede afirmar Jesús que ha vencido al mundo cuando unos momentos después de haber pronunciado estas palabras será prendido, flagelado, condenado y asesinado del modo más cruel y humillante? Más que haber vencido, parece haber sido traicionado, rechazado, reducido a la nada, y por tanto derrotado, clamorosamente.

¿En qué consiste su victoria? Ciertamente, en la resurrección: la muerte no puede prolongar su poder sobre ÉlSu victoria es tan potente que nos hace partícipes de ella también a nosotros: se hace presente entre nosotros y nos lleva consigo a la vida plena, a la nueva creación.

Pero antes de eso, su victoria ha sido el acto mismo del «amor más grande» con el que ha dado su vida por nosotros. Aquí, en la derrota, Él triunfa plenamente. Penetrando en los recovecos de la muerte, nos ha liberado de todo lo que nos oprime y ha transformado todo lo negativo que tenemos, toda nuestra oscuridad y nuestro dolor, en un encuentro con Él, Dios, Amor, plenitud.

Cada vez que pensaba en la victoria de Jesús, Pablo parecía enloquecer de alegría. Si Él, tal como afirmaba, afrontó toda adversidad –incluso la suprema adversidad de la muerte– y venció,también nosotros, con Él y en Él, podemos vencer cualquier dificultad; es más, gracias a su amor, «salimos victoriosos»: «Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida […] ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8, 38; cf. 1 Co 15, 57).

Entonces se comprende la invitación de Jesús a no tener ya miedo a nada:
«Tened valor: yo he vencido al mundo».

Esta palabra de Jesús, que mantendremos viva durante todo el mes, podrá infundirnos confianza y esperanza. Por muy duras y difíciles que puedan ser las circunstancias en que nos encontremos, tengamos la certeza de que Jesús ya las ha hecho suyas y las ha superado.

Aunque nosotros no tengamos su fuerza interior, lo tenemos a Él, que vive y lucha con nosotros. «Si tú has vencido al mundo –podremos decirle cuando nos sintamos derrotados por las dificultades, las pruebas y las tentaciones–, sabrás vencer también esta “tribulación” mía. A mí, a mi familia, a mis compañeros de trabajo nos parece un obstáculo insuperable lo que está sucediendo, nos parece que no somos capaces, pero contigo entre nosotros encontraremos el valor y la fuerza para afrontar esta adversidad, hasta poder “salir victoriosos”».

No se trata de tener una visión triunfalista de la vida cristiana, como si todo fuese fácil y estuviese ya resuelto. Jesús sale victorioso precisamente en el momento en que vive el drama del sufrimiento, de la injusticia, del abandono y de la muerte. Su victoria es fruto de afrontar el dolor por amor, de creer en la vida después de la muerte.

Habrá veces en que también nosotros, como Jesús y como los mártires, tendremos que esperar al Cielo para ver la victoria plena del bien sobre el mal. Con frecuencia nos da miedo hablar del Paraíso, como si pensar en él fuese una droga para no afrontar con ánimo las dificultades, una anestesia para mitigar el sufrimiento, un pretexto para no luchar contra las injusticias. Pero la esperanza del Cielo y la fe en la resurrección son más bien un impulso potente para afrontar cualquier adversidad, sostener a los demás en las pruebas, creer que la última palabra la tiene el amor que vence al odio, la vida que derrota a la muerte.

Así pues, cada vez que nos tropecemos con cualquier dificultad –personal, de quienes tenemos cerca o de alguien que hayamos conocido en algún lugar del mundo–, renovemos la confianza en Jesús, presente en nosotros y entre nosotros, que ha vencido al mundo, que nos hace partícipes de su misma victoria, que nos abre de par en par el Paraíso, donde ha ido a prepararnos un sitio. De este modo tendremos el valor para afrontar cualquier prueba. Todo lo podremos superar en aquel que nos da la fuerza.

Fabio CIARDI, O.M.I.


4 de noviembre de 2014

PALABRA DE VIDA                     
«En Ti está la fuente viva»
(Sal 36, 10)
[…] Esta Palabra de la Escritura nos dice algo tan importante y vital, que es un instrumento de reconciliación y de comunión.
Ante todo nos dice que una sola es la fuente de la vida: Dios. De Él, de su amor creativo, nació el universo y se convirtió en la casa del hombre.
Él nos da la vida con todos sus dones. El salmista, que conoce las asperezas y la aridez del desierto y sabe lo que supone una fuente de agua con la vida que florece a su alrededor, no podía encontrar una imagen más bella para cantar a la creación, que nace como un río del seno de Dios.
entonces brota del corazón un himno de alabanza y gratitud. Este es el primer paso necesario, la primera enseñanza que podemos extraer de las palabras del salmo: alabar y dar gracias a Dios por su obra, por las maravillas del cosmos y por ese hombre que vive y que es su gloria y la única criatura capaz de decirle:
«En Ti está la fuente viva».
Pero al amor del Padre no le bastó con pronunciar la Palabra con la que todo fue creado. Quiso que su misma Palabra asumiese nuestra carne. Dios, el único Dios verdadero, se hizo hombre en Jesús y trajo a la tierra la fuente de la vida.
La fuente de todo bien, de todo ser y de toda felicidad vino a establecerse entre nosotros para que la tuviésemos, por decirlo así, al alcance de la mano. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10, 10). Él ha llenado de Sí mismo todo tiempo y espacio de nuestra existencia. Y ha querido permanecer con nosotros para siempre, de modo que podamos reconocerlo y amarlo bajo las apariencias más variadas.
A veces nos da por pensar: «¡Qué estupendo sería vivir en tiempos de Jesús!». Pues bien, su amor inventó un modo de permanecer no en un rinconcito de Palestina, sino en todos los puntos de la tierra: Él se hace presente en la Eucaristía, tal como prometió. Y allí podemos acudir para nutrirnos y renovar nuestra vida.
«En Ti está la fuente viva».
Otra fuente de la que podemos obtener el agua viva de la presencia de Dios es el hermano, la hermana. Cada prójimo, en especial el necesitado que pasa a nuestro lado, si lo amamos, no lo podemos considerar un beneficiario, sino un benefactor, porque nos da a Dios. En efecto, amando a Jesús en él –«Tuve hambre…, tuve sed…, fui forastero…, estuve en la cárcel…» (cf. Mt 25, 31-40)–, recibimos a cambio su amor, su vida, pues Él mismo, presente en nuestros hermanos y hermanas, es su fuente.
También es un manantial rico de agua la presencia de Dios dentro de nosotros. Él siempre nos habla, y está en nuestra mano escuchar su voz, que es la voz de la conciencia. Cuanto más nos esforcemos en amar a Dios y al prójimo, más fuerte se hará su voz en nosotros y aventajará a todas las demás. Pero hay un momento privilegiado en que, como nunca, podemos acudir a su presencia dentro de nosotros: cuando rezamos y procuramos ahondar en la relacióndirecta con Él, que habita en lo profundo de nuestra alma. Es como un torrente de agua profunda que no se seca nunca, que está siempre a nuestra disposición y que puede saciarnos en todo momento. Bastará con cerrar un instante los postigos del alma y recogernos para encontrar esta fuente, incluso en medio del desierto más árido. Hasta alcanzar esa unión con Él en la cual sintamos que ya no estamos solos, sino que somos dos: Él en mí y yo en Él. Y sin embargo somos uno –por un don suyo– como el agua y la fuente, como la flor y su semilla.
[…] La Palabra del salmo nos recuerda, pues, que solo Dios es la fuente de la vida, es decir, de la comunión plena, de la paz y de la alegría. Cuanto más bebamos de esa fuente, cuanto más vivamos de esa agua viva que es su Palabra, más nos acercaremos unos a otros y viviremos como hermanos y hermanas. Entonces se hará realidad, como sigue diciendo el salmo, que «tu luz nos hace ver la luz», esa luz que la humanidad espera.
CHIARA LUBICH


1 de julio de 2014

PALABRA DE VIDA

«Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo.
Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos»
(Mt 18, 19-20)

Esta es, a mi juicio, una de esas palabras de Jesús que estremecen el corazón. ¡Cuántas necesidades en la vida, cuántos deseos lícitos y buenos que no sabes cómo satisfacer, que no puedes saciar! Estás profundamente convencido de que solo una intervención de lo alto –una gracia del cielo– podría concederte lo que anhelas con todo tu ser. Y entonces oyes repetir de la boca de Jesús, con espléndida claridad, con una certeza inquebrantable, llena de esperanza y de promesa, esta palabra:

«Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 Habrás leído en el Evangelio que Jesús recomienda en varias ocasiones la oración y enseña a obtener. Pero esta oración en la que nos fijamos hoy es realmente original, pues para poder obtener una respuesta del cielo, exige varias personas, una comunidad. Dice: «Si dos de vosotros». Dos. Es el número más pequeño para formar una comunidad. O sea, que a Jesús no le importa el número sino la pluralidad de los creyentes.
 Como sabrás, también en el judaísmo es sabido que Dios aprecia la oración de la colectividad. Pero Jesús dice algo nuevo: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo». Quiere varias personas, pero las quiere unidas, pone el acento en su unanimidad: quiere que formen una sola voz.
Deben ponerse de acuerdo sobre qué pedir, ciertamente; pero esta petición debe apoyarse sobre todo en una concordancia de los corazones. Lo que Jesús afirma, en realidad, es que la condición para obtener lo que se pide es el amor recíproco entre las personas.

«Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 Te podrás preguntar: «Pero ¿por qué las oraciones hechas en unidad tienen mayor efecto ante el Padre?»
 Quizá el motivo sea que están más purificadas. Pues ¿a qué se reduce en muchos casos la oración sino a una serie de requerimientos egoístas que recuerdan a mendigos ante un rey más que a hijos ante un padre?
 En cambio, lo que se pide junto con los demás está ciertamente menos contaminado por un interés personal. En contacto con los demás uno es más propenso a oír también las necesidades de ellos y a compartirlas.
No solo eso, sino que es más fácil que dos o tres personas comprendan mejor qué pedirle al Padre.
 Así pues, si queremos que nuestra oración sea atendida, es mejor atenernos exactamente a lo que Jesús dice, o sea:

«Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 El propio Jesús nos dice dónde radica el secreto de la eficacia de esta oración: este radica enteramente en el «reunidos en mi nombre». Cuando estamos así unidos, entre nosotros está su presencia, y todo lo que pedimos con Él es más fácil de obtener. Pues es Jesús mismo, presente donde el amor recíproco une los corazones, quien pide con nosotros los favores a su Padre. Y ¿puedes imaginarte que el Padre no escuche a Jesús? El Padre y Cristo son un todo.
 ¿No te parece espléndido todo esto? ¿No te da certeza? ¿No te da confianza?

«Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 Ahora seguramente te interesará saber qué quiere Jesús que pidas.
Él mismo lo dice claramente: «cualquier cosa». O sea, que no hay ningún límite.
 Pues entonces, incluye esta oración en el programa de tu vida. Puede que tu familia, tú mismo, tus amigos, las asociaciones de las que formas parte, tu patria o el mundo que te rodea carezcan de innumerables ayudas porque tú no las has pedido.
 Ponte de acuerdo con tus allegados, con quienes te comprenden o comparten tus ideales, y, una vez dispuestos a amaros como manda el Evangelio, tan unidos como para merecer la presencia de Jesús entre vosotros, pedid. Y pedid lo más que podáis: pedid durante la asamblea litúrgica; pedid en la iglesia; pedid en cualquier lugar; pedid antes de tomar decisiones; pedid cualquier cosa.
 Y sobre todo no dejéis que Jesús quede defraudado por vuestra negligencia después de haberos dado tantas posibilidades.
 La gente sonreirá más; los enfermos tendrán esperanza; los niños crecerán más protegidos y los hogares familiares más armoniosos; se podrán afrontar los grandes problemas en la intimidad de las casas… Y os ganaréis el Paraíso, porque orar por las necesidades de los vivos y de los difuntos es además una de esas obras de misericordia que se nos pedirán en el examen final.

CHIARA LUBICH


Algunas experiencias de personas tratando de vivir la Palabra de vida de junio (“«Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» Mt28, 21):
1. Será por vivir en todo el mundo esa Palabra de Vida, será por ser el mes del Corazón de Jesús, será por… pero lo cierto es que junio ha sido un mes especialmente precioso, y no sólo por la peregrinación a Tierra Santa y por celebraciones de aniversario sacerdotal.
 Cada encuentro con una persona, cada confesión… yo trataba de ser más consciente de esa su promesa ("Yo estoy con vosotros"). Había ratitos que me emocionaba, pues lo que decían unos u otros, o el ejemplo que me daban, o su fidelidad y delicadeza para con Dios y con los demás… era realmente como si me hablara Él o me corrigiera o me animara o me iluminara por dónde seguir creciendo. Incluso con 3 ó 4 personas, (alguna vez por descuido mío, ¡nunca por pretenderlo!), parecía que se había enfriado o incluso estropeado la amistad…, pero buscando el diálogo, pidiendo perdón y creyendo en la misericordia del otro… al final, en cambio, la relación de amistad ha salido purificada y reforzada, y se nota más que "donde dos o más están unidos, allí estoy Yo…".

2.- El haber estado en los Santos Lugares me hace ahora meditar el Evangelio más "visualmente", lo mismo que rezar el Rosario… Ya te conté alguna de mis impresiones; añado aquí un detalle aparentemente marginal, pero que me hizo mucho bien. El guía nos paró en una tienda de diamantes (por lo visto Israel es famoso por tallarlos). Al bajar del bus, un matrimonio me dice: "a nosotros no nos hace falta, ¿verdad? Ya tenemos un diamante". Otro matrimonio luego me dice: "se refieren el uno al otro, ¿no? ¡Qué bonito!". Pero les contesto: "ciertamente lo son el uno para el otro; pero se refiere a otro "Diamante": a "Jesús en medio" de "dos o más unidos en su nombre…", como Tesoro y centro del Castillo Exterior": "Tú, Señor, eres mi único Bien".
Ya en la tienda… este otro matrimonio… el marido pretendía regalarle un diamante a su esposa y ella no quería: ¡fue un "show" él y el vendedor "persiguiéndola" por toda la tienda...! Y este estaba "alucinado", pues siempre es al revés: la mujer suplicándole al marido que le compre un diamante u otra piedra preciosa. Todo ese dinero (aparte de otro que ya traían reservado para ello) se lo dieron a los focolarinos que vinieron a hablarnos la última noche; me decían: "seguro que les vendrá bien a ellos y a las comunidades que atienden; y así tenemos un "tesoro" en el cielo, ¿verdad?". Y al Diamante más cerca de ellos, y de unos y otros. "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Por otra parte, los cristianos allí están relegados y marginados por todos, y si no fuera por gestos como esta, y por comprar en tiendas de ellos la artesanía religiosa… porque la colecta del Viernes Santo por los Santos Lugares… muchas veces se olvida.

3.-   La celebración en Las Matas de las bodas de diamante sacerdotales de José y mías de plata ha sido un auténtico "derroche" de cariño, detalles y horas por parte de todos. Por lo visto, ¡cuántos ratos previos ideando con ilusión, perdiendo la propia idea y acogiendo la del otro todos a una, proponiendo, discurriendo en unidad… Y eso se notaba, ¡y mucho! ¡Hasta las cosas "hablaban" de la presencia de Jesús!: antes de empezar la Misa, llegando al Centro Mariápolis, experimenté (quizá más palmariamente que nunca) lo que mucha gente (sobre todo niños) dicen: "al entrar aquí parece que entras en otro mundo, que todo te envuelve". ¡Ciertamente!, porque "yo estaré con vosotros…" y "donde dos o más están unidos... allí estoy Yo…". El salón abierto al hall y las sillas perfectamente alineadas (¡luego supe el esfuerzo y los diálogos que requirió!) hablaba ya de una presencia: ¡Jesús en medio! Lo mismo el comedor: elegancia exquisita plasmada en la sencillez ¡con platos y vasos de plástico! Y en la capilla las albas perfectamente alineadas y dobladas en los bancos para que luego nos revistiéramos los concelebrantes. Todo “hablaba”: todo gritaba “amor”; amor concreto de tantos y, (detrás de ello), amor de Dios por mí y por todos.

3b.-     Antes de la celebración subí a la estación de cercanías a recoger a mi hermana y mi sobrina (dieron muchas vueltas y cambios hasta tomar el tren correcto). Y al llegar, me encuentro a una amiga ucraniana, que venía también a participar, pero que ya no sabía hacia dónde dirigirse… Así que no salía de su asombro cuando oyó su nombre y me vio… para ella fue providencial: "Yo estaré con vosotros".

3c.-      Era la primera vez que mis padres (él lleva 20 días bastante delicado, con sus 13 años de Parkinson) no estaban en un acontecimiento familiar. Y eso nos hizo a todos los hijos tener la emoción a flor de piel, (mejor dicho "a flor de garganta y de ojos"), como me pasó en el saludo inicial y un par de veces en la homilía, (la puedes volver a leer con alguna foto en mi blog poniendo en el buscador google: "vidadelapalabra homilía bodas plata"; “vida de la palabra” todo junto, ¡eh!), o a mi hermana en el texto que leyó al acabar la Misa agradeciendo a Dios por su "hermanito mayor"; o los 2 parrafillos que leyeron mis sobrinos, agradeciendo a Dios que el tío Paco juega con ellos y les hace cosquillas; luego cantaron una canción mis hermanos, sobrinos y mi cuñada, precisamente el salmo "Tú, Señor, eres mi Bien", sin saber ellos que, añadiendo (aunque en sí va implícito), "único", (mi único Bien), es algo que repito a menudo (aprendido de Chiara  Lubich) y me ayuda a situar la "brújula" del corazón en la auténtica dirección, eliminando apegos: “¡Tú, Señor, eres mi único Bien!”.
Y después, de parte de mi madre, rezaron la "oración de la familia" (que recita ella siempre que nos reunimos; muchos me la habéis pedido; si quieres la puedes ver en mi blog, poniendo: "vidadelapalabra oración de la familia"). Al final (¡menos mal que no me la leyeron al principio…!) me dieron la notita de mi madre diciéndome que, en el último momento antes de salir, veía que era Voluntad de Dios quedarse con papá (a pesar de que hay una persona de confianza que lo cuida): "Paco, recuerda que siempre he dicho al Señor que eres más suyo que mío. Estaré todo el día muy unida a ti. Que todo sirva para su gloria y que le seamos fieles toda la familia en cada momento. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores".

3d.- El clima de fraternidad luego en la sencilla comida, entremezclada familia, "familia espiritual", amigos de parroquias anteriores, amigos más recientes… fue a decir de unos y otros espectacular. Nuevas amistades entre todos, compartir alegrías y proyectos habiéndose conocido minutos antes... De hecho, al acabar la Misa les dijimos que un buen regalo era precisamente que se conocieran entre unos grupos y otros y compartieran entre ellos, y los que conocían las instalaciones del Centro Mariápolis, se las enseñaran en grupitos a los demás...
 Y después de la sobremesa, de nuevo en el salón, un juego de los jóvenes: la sala subdividida en 2 equipos que tenían que adivinar si cada pregunta que aparecía en pantalla se refería a José o a mí (¡aunque alguna era a ambos!); todos reímos como niños. Después, sorpresa: en pantalla fueron apareciendo brevísimos videos o  mensajes escritos (con foto) de tantos amigos que no podían estar (desde Sevilla, Valencia, Murcia… desde Colombia, Rocca di Papa, Costa de Marfil…). La famosa, (hilarante tambie´n), "poesía de la carcajada" compuesta para José hace años. Y, para finalizar, un "power point" con fotografías de toda la vida de José (y de fondo la música de "Vieni e seguimi" y "Servo per amore", del GenRosso) y de mi vida (con la canción "Come il pellicano", homenaje del GenVerde a los sacerdotes en el Año Sacerdotal).

7.-  Muchos ecos hubo luego, de palabra o por correo, whatsApp o sms… Tantos han afirmado que en esas horas han notado la presencia de Dios, se han encontrado con Él. Vale este como muestra de muchos.: "…no te puedes ni imaginar el bien que me hizo ir a la celebración de tus bodas de plata sacerdotales. Me emocionó toda la referencia familiar: el ejemplo de tus padres, la oración de tu familia, la música, y el agradecimiento de tus hermanos y hasta lo de que seas el mayor (como yo lo soy, es algo que me interpela). Me voy a regalar esta noche la lectura de tu homilía, que tanto me gustó...
 Me encantó ir al Centro Mariápolis, pues ya hacía unos años que no tenía oportunidad de acercarme.
  ¡Un regalo del cielo contigo como instrumento!
  La verdad es que todo cuadró muy bien porque, además, conseguimos llegar a tiempo luego a...  Mi marido, que andaba preocupadillo por eso, me comentó que se había quedado  encantado de haber ido."

8.-  Y casi como si se tratara de una conclusión del mes y de todas estas celebraciones, (aunque en mi pueblo haremos otra el domingo 6 para que puedan estar mis padres y otros familiares y amigos), anteayer estuve en una ordenación sacerdotal en la catedral de Toledo, justamente donde fui ordenado el día 9 hará los 25 años. Siempre es precioso y emocionante poder revivir y renovar todo en una ceremonia similar, ¡pero más por la significación del aniversario!
 Y, en la Consagración…, me emociona (y no me acostumbro) cada día, sí, pero más cuando es cantada, como anteayer, (¡y con las magníficas bóvedas góticas como caja de resonancia a la voz de más de 100 sacerdotes!) y más por ser justo casi 25 años después de haber pronunciado yo por primera vez "esto es mi Cuerpo… esta es mi Sangre…" ¡y allí!…, el abundante incienso ascendente que se mezclaba con los rayos de luz del mediodía radiante que las vidrieras dejaban entrar… y en el los instantes de la elevación, la trompetería suave del imponente órgano del emperador que ponían melodía al silencio sagrado... Todo como si Jesús me quisiera recordar, (como cada día pero más que nunca), que "Yo estoy con vosotros siempre, pero sobre todo aquí y… a través de ti", (aunque yo sea un desastre y un pecador). Él, el Amor de los amores, para llenar nuestro corazón y, así, recíprocamente podamos querernos fraternalmente con ese Su mismo Amor, como hijos del mismo Padre, y así pueda el estar entre “dos o más…”. "He aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo".


1 de mayo de 2014

PALABRA DE VIDA, MAYO 2014

«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 co 5, 20).
Esta es la exhortación de Pablo a los corintios después de un gran anuncio que constituye el núcleo de todo el Evangelio: Dios ha reconciliado al mundo consigo por medio de Cristo (cf. 2 Co 5, 19).
En la cruz, con la muerte de su Hijo, Dios nos ha dado la prueba suprema de su amor. Por medio de la cruz de Cristo Él nos ha reconciliado consigo.
Esta verdad fundamental de nuestra fe está hoy de plena actualidad. Es la revelación que toda la humanidad espera: sí, Dios está cerca con su amor a todos y ama apasionadamente a cada uno. Nuestro mundo necesita este anuncio, pero lo podremos dar si antes lo anunciamos una y otra vez a nosotros mismos, hasta sentimos envueltos por este amor, incluso cuando todo nos llevaría a pensar lo contrario.
«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios».
Pero esta fe en el amor de Dios no puede permanecer encerrada en la interioridad de cada cual, como bien explica Pablo: Dios nos ha dado el encargo de llevar a otros a la reconciliación con Él (cf. 2 Co 5, 18), encomendando a cada cristiano la gran responsabilidad de testimoniar el amor de Dios por sus criaturas. ¿Cómo?
Todo nuestro comportamiento debería hacer creíble esta verdad que anunciamos. Jesús dijo claramente que antes de llevar la ofrenda ante el altar deberíamos reconciliamos con nuestro hermano o hermana si estos tuviesen algo contra nosotros (cf. Mt 5, 23-24).
Y esto vale ante todo dentro de nuestras comunidades: familia, grupo, asociación, Iglesia. Es decir, estamos llamados a abatir todas las barreras que se oponen a la concordia entre personas y pueblos.
[...]
«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios»
«En nombre de Cristo» significa «en su lugar». Haciendo sus veces, viviendo con Él y como Él, amémonos como Él nos ha amado, sin cerrazones ni prejuicios, sino abiertos a captar y apreciar los valores positivos de nuestro prójimo, dispuestos a dar la vida unos por otros. Este es el mandato por excelencia de Jesús, el distintivo de los cristianos, válido también hoy, como lo era en tiempos de los primeros seguidores de Cristo.
Vivir esta palabra significa convertimos en reconciliadores.
Y si todos nuestros gestos, nuestras palabras y nuestras actitudes están impregnados de amor, serán como los de Jesús. Seremos, como Él, portadores de alegría y de esperanza, de concordia  y de paz; en definitiva, de ese mundo reconciliado con Dios (cf. 2 Co 5, 19) que toda la creación espera.

Chiara Lubich

3 de abril de 2014

PALABRA DE VIDA

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34).
Querrás saber cuándo dijo Jesús estas palabras. Pues bien, habló así antes de iniciar su pasión. Fue entonces cuando pronunció un discurso de despedida que constituye su testamento, del que estas palabras forman parte. Conque ¡fíjate si son importantes! Si lo que dice un padre antes de morir es algo que nunca se olvida, ¿qué ocurrirá con las palabras de un Dios? Así pues, tómatelas muy en serio y tratemos juntos de entenderlas profundamente.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».
Jesús se dispone a morir, y todo lo que dice refleja este próximo evento. En efecto, su marcha inminente requiere ante todo resolver un problema. ¿Cómo puede Él permanecer entre los suyos para poner en marcha la Iglesia?
Ya sabes que Jesús está presente, por ejemplo, en los actos sacramentales: en la Eucaristía de la misa Él se hace presente. Pues bien, también donde se vive el amor mutuo está presente Jesús, pues Él dijo: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre (y esto es posible mediante el amor recíproco), allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). O sea, en una comunidad cuya vida profunda es el amor recíproco, Él puede permanecer eficazmente presente. Y a través de la comunidad puede seguir revelándose al mundo, puede continuar influyendo en el mundo.
¿No te parece espléndido? ¿No te dan ganas de vivir inmediatamente este amor junto con los demás cristianos, tus prójimos? Juan, que relata las palabras que estamos meditando, ve en el amor recíproco el mandamiento por excelencia de la Iglesia, cuya vocación es precisamente ser comunión, ser unidad.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».
Jesús dice justo después: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35). De modo que si quieres buscar la verdadera marca de autenticidad de los discípulos de Cristo, si quieres conocer su distintivo, debes detectarlo en el amor recíproco puesto en práctica. Los cristianos se reconocen por este signo. Y si éste falta, el mundo dejará de descubrir a Jesús en la Iglesia.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».
El amor recíproco crea la unidad. Y ¿qué es lo que obra la unidad? «Que sean uno… para que el mundo crea» (Jn 17, 21), sigue diciendo Jesús. La unidad, que revela la presencia de Cristo, arrastra al mundo detrás de Él. Ante la unidad, ante el amor recíproco, el mundo cree en Él.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».
En este mismo discurso de despedida, Jesús llama suyo a este mandamiento.
Es suyo, y como tal le importa especialmente.
No debes entenderlo simplemente como una norma, una regla o un mandamiento como los demás. Aquí Jesús quiere revelarte un modo de vivir, quiere decirte cómo plantear tu existencia. En efecto, los primeros cristianos ponían este mandamiento como base de sus vidas. Decía Pedro: «Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros» (1 P 4, 8). Antes de trabajar, antes de estudiar, antes de ir a misa, antes de cualquier actividad, comprueba si reina el amor mutuo entre tú y quien vive contigo. Si es así, sobre esta base todo tiene valor. Sin este fundamento, nada es agradable a Dios.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».
Jesús te dice además que este mandamiento es nuevo. «Os doy un mandamiento nuevo».
¿Qué quiere decir? ¿Tal vez que este mandamiento no era conocido? No. Nuevo significa hecho para los tiempos nuevos. Entonces ¿de qué se trata?
Mira: Jesús murió por nosotros. Es decir, nos amó hasta la medida extrema. Y ¿qué tipo de amor era? Ciertamente no como el nuestro. Su amor era divino. Él dice: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15, 9). Es decir, nos amó con el mismo amor con que se aman el Padre y Él. Y con ese mismo amor debemos amarnos mutuamente para poner en práctica el mandamiento nuevo.
Ahora bien, semejante amor, tú, hombre o mujer, no lo tienes. Pero alégrate, porque lo recibes como cristiano. Y ¿quién te lo da? El Espíritu Santo lo infunde en tu corazón y en el corazón de todos los que creen.
De modo que hay una afinidad entre el Padre, el Hijo y nosotros, los cristianos, gracias al mismo amor divino que poseemos. Este amor nos introduce en la Trinidad. Y es este amor el que nos hace hijos de Dios. 
Por este amor, el cielo y la tierra están conectados como por una gran corriente. Por este amor, la comunidad cristiana es elevada a la esfera de Dios y la realidad divina vive en la tierra donde los creyentes se aman.
¿No te parece divinamente bello todo esto y extraordinariamente fascinante la vida cristiana?

Chiara Lubich