BLOG DE LA DELEGACIÓN DIOCESANA PARA EL MATRIMONIO, FAMILIA Y DEFENSA DE LA VIDA DE ALMERÍA
«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).
10 de agosto de 2015
«DEMASIADA BUENA CONCIENCIA Y CEGUERA ESTÁN PREPARANDO EL SUICIDIO DE EUROPA»
3 de octubre de 2014
«La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos»: así dice el Papa Francisco en su ExhortaciónEvangelii gaudium, poniendo el dedo en la llaga de la profunda crisis, que ciertamente tiene su epicentro en esa célula básica que es la familia. Y es en ella, lógicamente, donde está la verdadera esperanza de su superación. La necesidad prioritaria de un Sínodo de los Obispos sobre la familia no podía ser más evidente. En el Documento de trabajo (Instrumentum laboris) previo, se dejaba bien claro que la Iglesia se enfrenta «a problemas inéditos», pero igualmente a «un renovado deseo de familia», que «hace entrever una nueva primavera para la familia», y por tanto para la entera Humanidad. No en vano es llamada, en expresión genuinamente cristiana, familia humana. Como abundantemente aparece en el magisterio de san Juan Pablo II, y de modo insistente, por ejemplo, en su Carta a las familias, de 1994, donde subraya que el hombre, «incluso cuando decide permanecer solo, la familia continúa siendo, por así decirlo, su horizonte existencial como comunidad fundamental sobre la que se apoya toda la gama de sus relaciones sociales, desde las más inmediatas y cercanas hasta las más lejanas. ¿No hablamos acaso de familia humana al referirnos al conjunto de los hombres que viven en el mundo?» Sí, en la familia está el epicentro de la crisis, ¡y de la esperanza!
El citado Instrumentum laboris observa que esta profunda crisis de la familia va de la mano de una crisis de fe, y es ésa, exactamente, la llaga que curar. Lo dijo con nitidez meridiana Benedicto XVI, en su Carta de convocatoria del Año de la fe, definiendo la situación que hoy vive nuestro mundo de «una profunda crisis de fe», el verdadero origen de toda otra crisis, y en primerísimo lugar de lo que constituye el único hábitat verdadero de lo humano que es la familia, cuya fuente no es otra que el mismo Dios trinitario, a cuya imagen hemos sido creados. Ensuciar, romper esa imagen que somos, el pecado: he ahí la crisis. Que sea restablecida, la santidad: he ahí la esperanza. El pasado sábado, en la Misa de beatificación de Álvaro del Portillo, el cardenal Amato lo dijo con estas palabras: «Ahora, más que nunca, necesitamos una ecología de la santidad. Los santos nos invitan a introducir en el seno de la Iglesia y de la sociedad el aire puro de la gracia de Dios, que renueva la faz de la tierra».
Vale la pena recordar cómo san Juan Pablo II, el Papa de la familia, según lo definió su sucesor Francisco en la Misa en que lo canonizó, señala este camino de la esperanza, para cada familia, y por tanto para toda la familia humana, en esa Carta magna de la familia que es la Exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio, de 1981: «En el designio de Dios creador y redentor, la familia descubre no sólo su identidad, lo que es, sino también su misión, lo que puede y debe hacer. El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada a desempeñar en la Historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad: familia, ¡sé lo que eres!» Y el Papa santo añade lo que había repetido aquel Sínodo, de octubre de 1980, tomado precisamente de la llamada que lanzó ya en su primer viaje, a México, en enero de 1979, al inaugurar la III Conferencia del CELAM, en Puebla, no dudando en definir como auténtica Iglesia a la familia, con la expresión acuñada en el Concilio Vaticano II: «La futura evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica. Esta misión apostólica de la familia está enraizada en el Bautismo y recibe, con la gracia sacramental del matrimonio, una nueva fuerza para transmitir la fe, para santificar y transformar la sociedad actual según el plan de Dios», ¡el único verdadero plan humano! El único que puede hacerle recobrar su auténtico ser de familia humana.
El pasado domingo, en la Misa con los ancianos, el Papa Francisco mostraba, con toda su clara sencillez, cómo en la Iglesia está la verdadera respuesta a la crisis de la familia, que los hechos demuestran, una y otra vez, que se trata realmente de una crisis de fe. Decía el Santo Padre que «el Señor ha formado una nueva familia, en la que, sobre los lazos de sangre, prevalece la relación con Él y el cumplir la voluntad de Dios Padre». Y lejos de suplantar a esa familia de la sangre, ¡la lleva a su pleno cumplimiento! «El amor a Jesús y al Padre -seguía diciendo el Papa- lleva a cumplimiento el amor a los padres, a los hermanos, a los abuelos, renueva las relaciones familiares, ¡con la savia del Evangelio y del Espíritu Santo!»
CON OJOS MUJER
Dice un amigo que, si unos novios deben anotarse en la agenda el día de su cita, es mal asunto, porque el amor les lleva a desear estar uno y otro juntos y su presencia está siempre viva en el corazón y la mente de cada uno, por lo que la anotación en el calendario resulta absurda y extraña.
Sin embargo, hay citas y citas. Y hay una cita que es la que nos marca, nos haya sucedido lo que nos haya sucedido, y estemos como estemos. Es con el Amor de los amores. Es la cita que acontece diariamente allí donde dos o tres se reúnen en mi nombre. Es una de esas citas que nunca defrauda, que siempre está presente, siempre acontece, siempre espera, siempre acoge y siempre abraza. Es la Cita de las citas, porque, en ella, Quien se entrega lo hace de forma infinita, hasta el punto de dar su vida. ¿Y quién no ha deseado un amor tan verdadero hasta dar la vida por quien se ama?
Esa cita que colma el corazón de quien busca un amor verdadero y respuestas a su vida es lo que sucede todos los días en la Eucaristía, en el encuentro definitivo para nuestra vida y en el que se nos espera y abraza. Es lo que sucede también en la Adoración eucarística que tiene lugar en la catedral de Granada cada primer sábado de mes, dentro de la iniciativa de la Iglesia diocesana de abrir las puertas del templo catedralicio para adorar y orar ante el Señor.
Es una iniciativa con vocación misionera y universal, y tras cuyos muros, en medio de un ajetreo y distracciones vertiginosas propias de la ciudad, de forma discreta, silenciosa pero cierta, está sucediendo todo. Es nuestra presencia y postración ante Quien todo lo puede.
Encontrarse con las puertas de una parroquia abiertas es siempre una invitación personal a lanzarse a una vida nueva. Esta situación me recuerda mucho a lo que le sucedió al escritor francés Paul Claudel, cuando decidió entrar en una iglesia y asistir a la celebración del día de Navidad. Esa invitación sigue hoy vigente para todos -creyentes y no creyentes, y alejados de la fe-, porque el Señor no se cansa nunca de esperarnos para que, en su amor, experimentemos que nuestra vida se cumple en Él. En medio de tantas propuestas más o menos atrevidas en este siglo XXI, ése es el auténtico riesgo -y riesgo seguro- en nuestra vida: preguntarse ante Dios quién soy yo.
De nuevo, una gran santa llega en este punto para recordarnos que quien busca la verdad, busca a Dios, lo sepa o no. Y todos anhelamos algo tan verdadero que, aunque esté oculto en la profundidad del corazón, con mil entretenimientos, olvidos o intereses, no desaparece. Sólo basta atreverse, a ser valientes, y cara a cara ante el Señor poner nuestra vida, que Él muy bien conoce, para encontrar lo que buscamos.
A esto estamos todos invitados cuando cada día celebramos la Eucaristía, o participamos en la adoración al Señor. Es una invitación personal, y Quien nos espera lo hace siempre con los brazos abiertos.
En palabras de Claudel: ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!
SÍNODO
El Papa inaugurará, el domingo, el Sínodo de los Obispos más esperado de los últimos tiempos. Se trata de un Sínodoextraordinario, porque Francisco está convencido de que la crisis que atraviesa la familia constituye una situación extraordinaria, y requiere una respuesta extraordinaria por parte de la Iglesia. Lo ha convocado el Santo Padre bajo el lema Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización.
El debate que ha copado la atención de los medios informativos se centra en la cuestión de si es posible encontrar caminos para que las personas que se casaron en la Iglesia, y que tras un divorcio han contraído segundas nupcias civiles, puedan recibir la Comunión. Ahora bien, para Francisco el objetivo del Sínodo supera con creces este debate, que de todos modos tiene su importancia.
La crisis de la familia toca lo más profundo de la persona, pues todo hombre y mujer buscan ser amados para siempre. La fragilidad de las relaciones familiares y las nuevas formas de convivencia transforman profundamente la vida social. Los cambios influyen también en la manera de vivir la fe y transmitirla a las nuevas generaciones. El cardenal Scola, arzobispo de Milán, lo explicaba así el lunes ante la prensa: «Me parece que el Santo Padre ha visto con claridad la necesidad de agacharse ante las heridas del ser humano. Cuando invita a toda la Iglesia, a través de uno de los organismos más importantes, como es el Sínodo, a reflexionar sobre el significado de la familia, creo que busca afrontar esta situación, con el realismo que le caracteriza, para volver a dar esperanza y confianza no sólo a los cristianos, sino a todos los hombres y mujeres que quieran tomar en serio esta experiencia elemental»
Se trata, sin duda, de uno de los Sínodos que más interés y expectativa han suscitado. El interés de los medios de comunicación es comparable al que suscitó el Sínodo de los Obispos de 1971, cuando se reflexionó sobre el celibato de los sacerdotes.
Es un Sínodo extraordinario no sólo porque el Papa ha convocado urgentemente a los 253 representantes de las Conferencias Episcopales y otros representantes eclesiales, dada la importancia y urgencia del tema. Lo es también porque, por primera vez, el tema será afrontado por otro Sínodo, más participativo aún, que será celebrado el próximo año. Esto significa que, a diferencia de los Sínodos anteriores, no habrá una propuesta definitiva al final de esta Asamblea. El documento definitivo se publicará después del Sínodo de 2015.
SÍNODO
El Sínodo comenzó, en realidad, su primera etapa con un Consistorio de todos los cardenales del mundo que el Papa convocó para hablar de la familia, el 20 de febrero pasado. Francisco encomendó la intervención principal al cardenal Walter Kasper, Presidente emérito del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. En su primer Ángelus como Papa, Francisco elogió el libro sobre la misericordia que escribió Kasper y que le había regalado durante el cónclave.
Kasper habló sobre el tema de la familia y, en la última parte de su discurso, presentó la posibilidad de dar la Comunión eucarística a los divorciados que se han vuelto a casar, después de haber seguido un itinerario personal, caso por caso, en determinadas circunstancias y tras un recorrido penitencial. Al día siguiente, Francisco elogió la intervención en su conjunto, por considerar que el cardenal Kasper hacía «teología de rodillas».
Aquella intervención del cardenal Kasper generó reacciones críticas entre algunos cardenales, encontrando amplio eco entre los medios informativos. Parece vivirse, en cierto sentido, una atmósfera de debate y confrontación, como la que se vivió en los años sesenta, durante el Concilio Vaticano II. El 1 de octubre se ha publicado en Italia y los Estados Unidos el libro Permanecer en la verdad de Cristo, en el que el cardenal Gerhard L. Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, así como otros autores, entre ellos los cardenales Walter Brandmüller, Raymond L. Burke, Velasio De Paolis y Carlo Caffarra, critican severamente propuestas como la de Kasper, si bien es cierto que algunos de esos artículos habían sido escritos con anterioridad a su intervención en el Consistorio.
Estos autores consideran que cambiar la disciplina de la Iglesia sobre el acceso a la Comunión eucarística implica ceder en la defensa del carácter indisoluble del matrimonio. Por lo demás, en este importante debate sobre la familia, en ningún momento está en duda la cuestión de que el matrimonio cristiano constituye una unión de por vida (hasta que la muerte nos separe). Se trata de una afirmación clarísima en la enseñanza de Jesucristo. Y la Iglesia no puede deliberar ni cambiar las verdades de fe, que forman parte de su tradición desde siempre.
La cuestión del acceso a la Comunión hace referencia a la disciplina de la Iglesia que busca garantizar el respeto de los sacramentos. El hecho de que la Comunión y la Confesión sacramental no son un privilegio de pocos, sino una ayuda fundamental para la vida, están llevando a buscar propuestas que no pongan en duda la naturaleza de la unión entre un hombre y una mujer, pero que al mismo tiempo puedan servir para sanar las heridas de la vida y acercar a Dios (en vez de alejarse) a quien ha realizado una nueva unión, después de haber roto el lazo sacramental del matrimonio en el pasado. Se trata de situaciones que generan gran sufrimiento en los cónyuges y en los hijos, sumamente frecuentes hoy día, que interpelan el corazón de madre de la Iglesia.
Otra de las cuestiones de disciplina de la Iglesia que analizará el Sínodo son las declaraciones de nulidad matrimonial por parte de los tribunales eclesiásticos. Los proceso son largos y con frecuencia dolorosos. No se trata de un divorcio católico, sino del reconocimiento, por parte de un juez eclesiástico, de que el matrimonio nunca existió, pues faltaron algunas de sus condiciones, como, por ejemplo, la libertad, la apertura a la vida, o la voluntad de casarse para toda la vida.
En vísperas del Sínodo, el Papa ha instituido una comisión especial de estudio para la reforma de los procesos de nulidad para «simplificar el procedimiento, haciéndolo más sencillo y salvaguardando el principio de indisolubilidad del matrimonio».
SÍNODO
Ahora bien, la cuestión de la Comunión a los divorciados no es el único tema -ni siquiera el principal- de este Sínodo sobre la familia. Hay otras cuestiones éticas, como la atención a los hijos de parejas homosexuales, y argumentos sociales, como el impacto de los nuevos modelos económicos en la estabilidad familiar (cuando falta trabajo, con frecuencia también falta estabilidad).
Ahora bien, el Papa, más que pensar en sanar problemas, pide prevenir, pues, como decían nuestras abuelas, más vale prevenir que curar. El cardenal Baldisseri explica que «la formación será uno de los primeros problemas que afrontar, también gracias a los testimonios de pastores de diversos continentes, para llevar a cabo una pastoral verdadera. Se daba por supuesto que se conocía la fe, la doctrina sobre el matrimonio, pero ya no es así. Por tanto, debemos trabajar en la formación, a nivel parroquial, explicando bien qué es el matrimonio cristiano. Actualmente, hay todavía muchos condicionamientos sociales. Es justo el momento de ser más claros. Hace falta también decir que no nos interesa el número, lo que importa es la calidad. A este respecto, se está reflexionando teológicamente sobre cuál es el mínimo de fe que permite comprender y realizar el sacramento».
Y subraya también el cardenal Baldisseri: «Los fracasos crecen numéricamente, y es un fenómeno que tenemos que considerar y prever en el futuro. Los heridos nos deben hacer tomar conciencia para que no se den casos en el futuro. Y el Papa, cuando habla de la misericordia, nos pregunta si hemos emprendido todos los caminos para resolver todos los casos de sufrimiento. Quizá algunos lleguen a la fe precisamente a causa de esta experiencia de sufrimiento».
SÍNODO
Crisis económica, paro, ruptura matrimonial, problemas escolares... Los desafíos de la familia son enormes. Entre ellos, pocas veces se mencionan y afrontan los problemas de los ancianos. Una semana antes del inicio del Sínodo de la Familia, el Papa convocó, el domingo, a 30 mil personas en la Plaza de San Pedro del Vaticano con motivo del encuentro de los abuelos. Entre ellos se encontraban Mubarak y Aneesa, de 74 y 68 años, casados desde hace 51 años, con 10 hijos y 12 nietos, refugiados del Kurdistán iraquí, quienes contaron sus sufrimientos al Papa y a los presentes. También estaba Benedicto XVI, quien participó en la primera parte del encuentro. El abrazo entre los dos Pontífices emocionó a los presentes. Francisco confesó que, para él, es motivo de gran alegría convivir con el Papa emérito en el Vaticano, pues es como «tener un abuelo sabio en casa». Quizá pensaba en él Francisco, cuando, dejando a un lado los papeles, dijo: «Los ancianos, los abuelos, tienen una gran capacidad para rezar por las situaciones más difíciles, y cuando rezan por estas situaciones, su oración es fuerte».
Antes de la misa, el Papa respondió a las preguntas que le plantearon algunos abuelos, condenando la cultura del descarte y el culto al dios dinero, que provoca una especie de eutanasia escondida contra los ancianos. «Se descarta a los niños, se descarta a los jóvenes, porque no tienen trabajo, y se descarta a los ancianos con el pretexto de mantener un sistema económico equilibrado, en cuyo centro no se encuentra la persona humana, sino el dinero. ¡Estamos llamados a oponernos a esta cultura del descarte!», afirmó.
Al final de la misa, que constituyó el acto central del encuentro, el Papa hizo con algo de humor una petición de oración por el cardenal Lorenzo Baldisseri, principal responsable del Sínodo de la familia. «¡Bienaventuradas las familias que tienen a los abuelos cerca!», dijo Francisco. «El abuelo es padre dos veces y la abuela es madre dos veces. En los países donde la persecución religiosa fue cruel, pienso por ejemplo en el caso de Albania, donde estuve la semana pasada, los abuelos permitieron que los niños fueran bautizados, a escondidas, para darles la fe. ¡Bravo! ¡Fueron valientes en la persecución y han salvado la fe de esos países!»
«Pero no siempre el anciano, el abuelo, la abuela, tiene una familia que le acoja», añadió. «Entonces, está bien que haya casas para ancianos, pero a condición de que sean casas, no prisiones. Y que sean para los ancianos, y no para los intereses de otros. No debe haber casas en las que los ancianos sean olvidados, escondidos, descuidados». Y concluyó el Papa: «Me siento cerca de tantos ancianos que viven en estas casas, y pienso con gratitud en cuantos los van a visitar y les cuidan. Las casas de ancianos deberían ser pulmones de humanidad en un país, un barrio, una parroquia: deberían ser santuarios de humanidad donde quien es anciano y débil es atendido y custodiado, como un hermano o hermana mayor. Hace mucho bien ir a visitar a un anciano. Pensad en nuestros muchachos: a veces los vemos desganados y tristes; van a encontrar a un anciano y se vuelven alegres».