«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


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20 de marzo de 2015

“LAS MUJERES AYUDAMOS A LOS HOMBRES A VER COSAS QUE QUIZÁ ELLOS NO VEN”

Entrevista a Ana Cristina Villa, encargada de la Sección Mujer del Consejo Pontificio para los Laicos
Hace 22 años, Ana Cristina Villa Betancourt descubrió que Dios la llamaba a dejarlo todo y responder a su vocación de consagrarle la vida. Ella nació en Medellín el año 1971, y como bueno antioqueña proviene de una familia numerosa donde es la mayor de cinco hermanos. Estudió varios años de Psicología en su ciudad natal.

Fue en 1993  que ingresó a la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Vivió sus primeros años en Lima y luego partió hacia la Ciudad Eterna, Roma, donde inició sus estudios de Teología en la Universidad Pontificia Gregoriana.

Es Licenciada en Teología Patrística e Historia de la Teología. Durante cinco años sirvió como Superiora en la comunidad de Manchester, Inglaterra. Y fue en el 2009 que le encargaron la misión de trabajar en el Consejo Pontificio para los Laicos como responsable de la “Sección mujer”.

En este Año de la Vida Consagrada convocado por el Santo Padre, Ana Cristina comparte desde Roma la bendición de su vocación y el horizonte de su misión.

¿Hace cuánto entró a la Fraternidad Mariana de la Reconciliación? ¿Cómo descubrió el llamado del Señor?

Entré hace 22 años a la Fraternidad. Descubrí el llamado del Señor formando parte del Movimiento de Vida Cristiana en el que pude ir entrando en una relación más cercana y personal con el Señor Jesús y a la vez iba aprendiendo a anunciarlo especialmente a los jóvenes.

Esos dos elementos: la vida espiritual y el apostolado me fueron ayudando a descubrir en Jesús un gran amor que llenaba mi vida de sentido y de alegría profunda; nunca me imaginé poder ser amada así; y ese amor me pedía que yo a mi vez lo diera todo.

¿Cómo se siente con el año jubilar para la vida consagrada? 

Creo que el Año que el Papa Francisco ha querido dedicar a la vida consagrada es una ocasión privilegiada para que nos renovemos en el agradecimiento a Dios por el don específico que los consagrados somos dentro de la Iglesia.

Espero mucho que los frutos de este año sean una nueva fecundidad de la vida consagrada, que demos más frutos de testimonio del Señor en los ambientes en los que Él nos llama, frutos de cooperar para que más personas se encuentren con Él, frutos de acercarnos a los hermanos más alejados, necesitados, marginados para mostrar a todos que Dios los ama y los llama.

¿Cómo descubres que la vocación consagrada es un don para la Iglesia?

Descubro que el carisma en que Dios me llamó a seguirlo enriquece mucho la manera propia como sirvo a la Iglesia en mi trabajo cotidiano. En el Movimiento de Vida Cristiana primero y en la Fraternidad después aprendí a amar a la Iglesia y eso nunca me abandona.


Me alegra mucho servirla y poder servir con lo que he aprendido a sus pastores, a quienes buscan nuestro servicio. Creo –y por trabajar donde trabajo lo veo cotidianamente en las personas que conozco– que el Espíritu enriquece la Iglesia de nuestro tiempo con nuevos carismas que arden por evangelizar este mundo nuestro, con todas sus contradicciones, ¡y es hermoso ver cómo el Espíritu no se detiene!

¿Cuál es el servicio que prestas en el Vaticano? 

Trabajo en el Consejo Pontificio para los Laicos, que es un dicasterio que sirve al Santo Padre en todo lo que respecta la vocación y misión de los laicos. Como se trata de un campo tan amplio de trabajo, el Consejo está organizado en cuatro secciones: jóvenes, asociaciones y movimientos, Iglesia y deporte y sección mujer, de la que yo me encargo.

El trabajo de la sección mujer consiste fundamentalmente en seguir, a nombre de la Santa Sede, todo lo que se refiere a la vocación de la mujer en la sociedad y en la Iglesia. Es un trabajo fundamentalmente de estudio y de contactos, de profundización. Organizamos además Congresos y Seminarios cuando nos interesa profundizar algún tema particular.



Hemos creado desde hace unos años una Biblioteca on line de recursos sobre la mujer, en cuatro idiomas, que recopila artículos y reflexiones de mujeres de todo el mundo con las que estamos en contacto, todos ellos pensados con la mente de la Iglesia (
http://www.laici.va/content/laici/es/sezioni/donna/articoli.html).

También prestamos asistencia, cuando es necesario, a obispos, nuncios, conferencias episcopales respecto a temas de la mujer.

Los retos son muchos y creo que para entenderlos ayuda el pensar cuánto han cambiado las vidas de las mujeres en pocas generaciones.

Hace pocas décadas era extraño que una mujer accediera a educación superior. Hoy no lo es. Hace pocas décadas los roles de hombres y mujeres estaban claramente establecidos y distintos. Hoy menos.

Todos esos cambios han tenido mucho de positivo y han abierto las puertas a muchos desarrollos interesantes pero a la vez han abierto muchas preguntas y desafíos que permanecen sin resolverse.

El Papa Juan Pablo II ofreció un precioso aporte a estos desafíos cuando nos dejó documentos de su Magisterio como Mulieris Dignitatem o la Carta a las Mujeres donde pone las bases antropológicas y teológicas para comprender la igual dignidad entre hombre y mujer pero también la riqueza de su diferencia. Creo que el reto está justamente ahí: ¿cómo mantener lo bueno de la igual dignidad sin perder esa riqueza de la diferencia?
 
¿Desde su experiencia de teóloga cómo valora las palabras que Francisco dio a la Comisión Internacional  Teológica el pasado 5 de diciembre? 

Sí, ¡muchísimo! Creo que sus palabras son una invitación para que más mujeres estudien y produzcan en la teología; el Papa cree que podemos dar una contribución importante al ofrecer a la Iglesia aspectos nuevos del “insondable misterio de Cristo”. 


En el Ángelus del domingo 8 de marzo dijo algo que quizá está ligado a esto: las mujeres tenemos una capacidad de ver más allá, como una agudeza especial para ciertas cosas. Y ayudamos a los hombres a ver cosas que quizá ellos no ven.


¡Creo que los hombres tienen su agudeza propia! Y ambos nos enriquecemos con la perspectiva del otro. Esto puede ser especialmente interesante en la teología, que se dedica a estudiar misterios que siempre nos sobrepasan, entonces la armonía de visiones distintas y complementarias nos ayudará a penetrar esos misterios de manera nueva y más profunda.

¿Qué opina del constante tema de Francisco en cuanto a las mujeres y su aporte a la Iglesia?

Me parece que el Papa Francisco, con las palabras que ha dicho y su constante invitación a una mayor profundización sobre el aporte de las mujeres en la Iglesia, ha generado un dinamismo interesante, como un fermento que espero que aporte a que comprendamos más y mejor.

Es importante evitar el riesgo de reivindicacionismos ideologizados o de clericalizaciones de las mujeres; el Papa ha explícitamente dicho que no es esto lo que busca.

Creo que un camino importante por el que todavía se puede avanzar mucho es vivir más en la praxis eclesial cotidiana la complementariedad de las distintas vocaciones en la Iglesia. 

En mi experiencia, esto suele ser algo que se vive de manera casi natural en los nuevos movimientos eclesiales, por ejemplo, donde las distintas vocaciones viven juntas un mismo carisma y se enriquecen mutuamente, cooperando juntas en la misión común.

A veces en otras instituciones eclesiales prima mucho un clericalismo (¡que no es una tentación sólo de los clérigos, a veces también de los mismos laicos!) que encierra a la Iglesia en sí misma y obstaculiza su dinamismo misionero.

Una Iglesia en salida, misionera, como la que pide constantemente el Papa Francisco, es una Iglesia donde las distintas vocaciones se complementan y todas viven, cada una según su especificidad, la misión evangelizadora que es propia de la Iglesia y en la que somos corresponsables todos los bautizados.
Fuente: Aleteia


 

2 de marzo de 2015

MADRE QUE TRABAJA: ¿CONFLICTO DE ROLES?

Conciliar el trabajo, las exigencias familiares y la educación de los hijos es un problema que inquieta cada vez más a las mujeres de hoy.

La lucha por la paridad política, social y económica entre los sexos ha llevado con el tiempo a un gradual proceso de emancipación de las mujeres que ha tenido varias implicaciones, entre las cuales – ciertamente de gran relevancia – el haber consentido el ingreso de la mujer al ejercicio de las profesiones y a la participación en la vida política y administrativa. Sin entrar en el mérito de las múltiples ideologías nacidas bajo la bandera de la emancipación femenina, quisiera detenerme brevemente en un tema que concierne, y que sin duda importa mucho, a una grandísima parte de las mujeres de nuestro tiempo: la conciliación o el “equilibrio” entre el trabajo y las exigencias familiares. En efecto no se puede negar que, mas allá de las conquistas alcanzadas hoy, las tareas profesionales y el cuidado de la familia parecen ser dos campos totalmente inconciliables.

Recientemente, pueden notarse dos tendencias opuestas: por una parte hay mujeres que deciden reducir o dejar el trabajo para dedicarse completamente a la casa y a los hijos, algunas renunciando a influyentes puestos directivos, otras incluso a costo de sacrificios económicos no indiferentes. Por otro lado, muchas mujeres prefieren retardar o descartar la idea de construirse una familia para dedicarse totalmente a su carrera. Estas dos tendencias revelan un dato esencial, es decir, que el mundo del trabajo está planteado – no se puede negar – a medida de los hombres y por ello las mujeres, para ser totalmente competitivas en el mismo, deben librarse de la maternidad. Este dato parece confirmarse por las políticas adoptadas por grandes empresas; como no recordar – por ejemplo – la reciente noticia que dos colosos estadounidenses, Apple y Facebook, han declarado su disponibilidad para cubrir los costos del congelamiento de óvulos de sus empleadas, en la eventualidad que ellas decidan un día tener un niño, con el fin de permitirles dedicarse completamente al trabajo sin que tengan que negarse, cuando les parezca oportuno, el “gusto” de ser madres. En la misma línea, un estudio presentado recientemente por el New York Times, que tuvo eco en la prensa italiana, reveló que los hombres con hijos tienen mayores posibilidades de ser contratados y tener mayor retribución que los hombres solteros o sin hijos, mientras para las mujeres la llegada de un hijo no solo detiene la carrera, en algunos casos retrasándola gravemente, sino que causa una pérdida del 4% de los ingresos. Por otra parte, se demostró también que la mayor parte de mujeres que ocupa posiciones directivas no tiene hijos. Parece entonces que está demostrado: familia y trabajo son difícilmente conciliables en la realidad de hoy. Pero las preguntas que surgen de esta consideración son: ¿hay de verdad un conflicto entre el rol de madre y el de trabajadora? ¿Es justo y, sobre todo, es sano para la sociedad y para las estructuras económicas, sociales y estatales prescindir del aporte de las mujeres y, más específicamente, de las madres? ¿Es justo que una madre tenga que escoger entre trabajo y familia?

La Iglesia, experta en humanidad, ha reconocido siempre y a alta voz la dignidad de la mujer, ¡dignidad que proviene de su ser mismo! Más que cualquier otra instancia, la Iglesia ha subrayado que el papel de la mujer en el bienestar de la familia y el crecimiento de los hijos es uno de los servicios más importantes que ella ofrece al mundo, servicio en el que es insustituible no solo para los miembros de la familia sino para la sociedad entera, puesto que es en la familia que «se plasma el rostro de un pueblo y sus miembros adquieren las enseñanzas fundamentales. Ellos aprenden a amar en cuanto son amados gratuitamente, aprenden el respeto a las otras personas en cuanto son respetados, aprenden a conocer el rostro de Dios en cuanto reciben su primera revelación de un padre y una madre»[1]. Sin embargo, al mismo tiempo la Iglesia reconoce que la presencia de la mujer no resulta decisiva exclusivamente al interno de la familia, sino que es particularmente indispensable en todos los ámbitos de la vida pública y, en consecuencia, en el mundo del trabajo. Juan Pablo II, en la maravillosa Carta que quiso dirigir a todas las mujeres en 1995, en ocasión de la IV Conferencia Mundial de la ONU en Pekín sobre la mujer – de la que se celebrará en el 2015 el vigésimo aniversario de publicación – habla de la contribución esencial y específica que las mujeres que trabajan aportan para «la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad»[2] y reconoce que la plena inserción de las mujeres en la vida social, económica, artística, cultural, política, debe ser considerado un acto de justicia más que una necesidad[3]. La Iglesia, entonces, a la vez que insiste en la tarea crucial de las madres en el cuidado de la familia, espera que las mujeres estén presentes en el mundo del trabajo y de la organización social, teniendo acceso a puestos de responsabilidad, para beneficio de ese enriquecimiento que solamente el “genio de la mujer” puede aportar para la comprensión misma del mundo y para la verdad plena de las relaciones humanas [4].

Por ello, es necesario, y debe ser posible, encontrar modos para “armonizar” estas dos actividades – trabajo y familia – en la vida de las mujeres. Pero, ¿cómo hacerlo? No se puede negar que las políticas familiares para buscar el equilibrio propuestas por muchos estados resultan ineficaces e insuficientes porque apuntan a separar netamente y por breves períodos el rol de trabajadora del de madre, más que buscar dar la posibilidad a las mujeres de integrar, de “armonizar” las responsabilidades que derivan de sus diversas tareas. Se piensa en redimensionar el rol de la mujer más que en cambiar las estructuras para hacerlas más flexibles y adaptables a las exigencias familiares. Las iniciativas y la legislación en este ámbito deberían, en cambio, tener en cuenta que la trama de las exigencias familiares y laborales tienen características diversas en la vida de una mujer respecto a las que tienen en la de un hombre. Por eso, me parece, la conocida periodista y escritora Costanza Miriano decía con agudeza que ¡las mujeres que piden la paridad de derechos en este campo son poco ambiciosas!

Es urgente superar esta dicotomía entre maternidad y trabajo, ¡y esto será posible con un cambio que sea, en primer lugar, cultural! Juan Pablo II lo tenía claro cuando, en su exhortación Familiaris consortio escribía: «Se debe superar la mentalidad según la cual el honor de la mujer deriva más del trabajo exterior que de la actividad familiar»[5]. Es necesario promover a todos los niveles este cambio de mentalidad y elaborar una cultura que sepa dar válidas razones por las cuales el trabajo que las mujeres desempeñan en el seno de la familia sea considerado un bien indispensable para la sociedad, pues está orientado al bien común y a la felicidad de los pueblos. Desanimar y desconocer el rol de las madres para dar ventaja a procesos productivos que obedecen exclusivamente a lógicas de la eficiencia y del lucro, así como subestimar la imprescindible parte que las mujeres cumplen en el cuidado del otro – y me refiero también a las muchas mujeres que se hacen cargo del cuidado de los ancianos y de los enfermos al interno de las propias relaciones familiares – no puede si no ser dañino para la sociedad entera. Es necesario darse cuenta de que la familia, y en ella de modo peculiar la mujer, asume funciones sociales muy importantes para el bienestar del género humano y difícilmente atribuibles a otras instancias. Solo partiendo del reconocimiento de estas funciones y de una revalorización del rol insustituible de la mujer en el hogar y en la educación de los hijos, será posible esperarse políticas que no mortifiquen ni discriminen a las mujeres madres, sino que más bien se propongan soluciones innovadoras que tiendan a una verdadera armonización de la organización del trabajo con las exigencias de la misión de la mujer al interior de la familia. Una reformulación de los sistemas económicos que tenga en cuenta y valore el rol de la mujer en la familia, no podrá sino estar a favor de una “humanización” de estos sistemas mismos.

[1] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo, n. 13.
[2] Juan Pablo II, Carta a las mujeres, n. 2.
[3] Cfr. Ibid. n. 4.
[4] Cfr. Ibid., nn. 2, 9, 10.
[5] Giovanni Paolo II, Familiaris consortio, n. 23

Isabelle Cassarà Oficial del Pontificio Consejo para los Laicos. Madre de familia. Italia