«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


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19 de agosto de 2016

Es el momento de los laicos”, explica el prefecto del nuevo Dicasterio creado por el Papa

Mons. Kevin Farrell indica sus expectativas y programas para este nuevo capítulo de su vida en Roma.

En esta época en la cual el laicado católico está en el primer plano hay que promover el matrimonio cristiano. Y la vida tiene que se protegida en todos los niveles y edades. Lo afirma Mons. Kevin Farrell, obispo de Dallas, apenas nombrado por el papa Francisco prefecto del nuevo dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

Mons. Kevin Farell obispo de Dallas y nuevo prefecto del dicasterio Laicos, Familia y Vida (Foto de su blog)

En una entrevista exclusiva concedida hoy a ZENIT, el obispo irlandés indica: “He deseado siempre promover a los laicos y ayudarles para que tengan el debido lugar en la Iglesia”.

El obispo explica sus expectativas y su experiencia en Estados Unidos, y como considera oportuno promover el matrimonio, la familia y la vida. También habla de su experiencia sobre los frutos de los dos últimos sínodos sobre la familia que se realizaron en el Vaticano.

Excelencia, ¿Por qué fue necesario unir laicos y familia en un mismo dicasterio?
— Mons. Farrell: Creo que se quiera coordinar este dicasterio con el espíritu de la Iglesia sobre estos tres diversos aspectos, los cuales tienen que ver con el mismo tema: la vida cotidiana del pueblo de Dios, sean laicos, solteros o casados.

Es igualmente importante que en esta fase histórica nos concentremos fuertemente sobre el matrimonio y la familia. Y por ello creo que el Papa ha convocado dos sínodos sobre estos temas y ha subrayado ‘la alegría del amor’ en su exhortación apostólica Amoris Laetitia.

Este documento es necesario difundirlo no solamente entre los laicos, sino de manera específica en las familias, o sea el lugar en donde generalmente los laicos encuentran su dimensión ideal. Rezo a Dios para que logremos hacer esto y nos empeñaremos en ello.

¿Qué herencia dejan estos dos últimos sínodos?
— Mons. Farrell: Considero que este documento orientará la labor del nuevo dicasterio durante muchos años. Pienso que continuará con el trabajo realizado por los dos pontificios consejos (Laycos y familia ndr.), pero con una nueva visión y una renovada energía.

Mi objetivo será el de entender exactamente lo que cada una de estas diversas secciones hace y con la ayuda de los laicos de todo el mundo evaluar qué puede ser desarrollado mejor y con más eficacia en esta época, pensando a los medios de comunicación social.

De otro lado el papa Francisco sugirió que ha llegado el momento de los laicos…
— Mons. Farrell: Sí, es justamente así. Al mismo tiempo el Santo Padre ha observado que este aspecto aún no es suficientemente relevante en la Iglesia.

¿Cree que con la creación de este dicasterio quien desea una mayor presencia de los laicos estará satisfecho?
— Mons. Farrell: Sobre todo creo sea este el tiempo de los laicos. El papa Francisco quiere promover a los laicos en todos los niveles de la administración de la Iglesia. Todos los órganos consultivos, en el interior de la Iglesia o de la Curia necesitan tener a laicos en roles especializados. Si se leen los estatutos del nuevo dicasterio, por la primera vez se ve que los subsecretarios de cada departamento deberán ser laicos; y los laicos tienen que estar presentes incluso en los órganos consultivos o en los que se ocupan de promove organizaciones internacionales, movimientos, estudios, etc.

Esto nosotros ya lo habíamos hecho en nuestra diócesis de Dallas. Cuando llegué allí recogí todos los datos de los laicos que podían efectivamente realizar alguna labor. Mi deseo ha sido siempre el de promover al laicado para ayudarlo a obtene un espacio adecuado en la Iglesia.

¿Piensa por lo tanto empujar en este sentido?
— Mons. Farrell: Espero emplear mi tiempo para analizar y entender qué es necesario hacer exactamente. Y consultaré a los laicos para implementar todas las actividades que se puedan. Aquí en Estados Unidos las tareas están bien organizadas, pero aún no puedo hablar de la situación en Italia y en los otros países, pero sí que es mi deseo promove el matrimonio y la vida humana a todos los niveles y edades.

¿Se abre ahora un nuevo capítulo de su vida?
— Mons. Farrell: Como se podrá imaginar fue una gran sorpresa para mi el nombramiento, al punto que necesitaré algún tiempo para adaptarme a esta novedad… Estoy seguro que los fieles de Dallas, o al menos muchos de ellos, estarán tristes de perder a su obispo, como sucede en todas las diócesis.

No veo la hora de estar en Roma, amo esta ciudad, he vivido allí casi nueve años y allí está mi hermano Brian, secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. También esto será una novedad, porque como sacerdotes nunca nos sucedió tener que trabajar en la misma ciudad o país. Así están las cosas …

11 de septiembre de 2015

CARDENAL SEBASTIÁN: «EL SACRAMENTO DE REFERENCIA PARA LOS DIVORCIADOS VUELTOS A CASAR NO ES LA COMUNIÓN SINO LA PENITENCIA»

El cardenal Fernando Sebastián Aguilar pronunció ayer, en la localidad gaditana de San Fernando, una conferencia titulada «El Sínodo de la Familia». El purpurado advirtió de la necesidad de mejorar la catequesis familiar y prematrimonial para evitar que se produzcan ceremonias que son una farsa y no bodas auténticamente religiosas. En relación a la cuestión de la comunión a los divorciados vueltos a casar, el cardenal manifestó estar en contra por ser una situación objetivamente contraria a la ley divina
El cardenal hizo una exposición sobre la institución del matrimonio tanto en su condición de sacramento católico como en su condición una realidad creacional, de ley natural. En ese sentido dijo que todo matrimonio, incluso el que contraen los no cristianos, «es sagrado, como es sagrado el hombre y la mujer, como es sagrado el amor entre hombre y mujer, como es sagrado de por sí el misterio del origen de la vida».
Crisis del matrimonio
Tras explicar lo que es el matrimonio, don Fernando aseguró que su situación actual es «bastante mala». Y añadió: «Hoy, la familia cristiana, en condiciones, es una realidad minoritaria, incluso en los países cristianos... incluso, por supuesto, en España, que a veces parece que no quiere ser cristiana». A continuación dio una serie de datos que demuestran que cada vez se producen menos matrimonios cristianos y se dan más uniones de hecho o matrimonios civiles. Igualmente indicó que aumenta el número de divorcios, el de familias monoparentales, mientras que disminuye la natalidad.
El hecho de que, según aseveró el prelado, la familia configure «la dimensión más profunda de la persona» -en ella «uno es aceptado y querido tal y como es, sin máscaras»-, hace que la crisis de la institución matrimonial tenga efectos negativos tanto en la sociedad, en general, como en las personas en particular y en la propia Iglesia.
Para la Iglesia, constató el arzobispo emérito de Pamplona y Tudela, «la familia es la primera y principal transmisora de la fe... nos enseñaron a rezar nuestra madre y nuestra abuela. Y esa es la primera catequesis que hemos recibido y la semilla cristiana más profunda que todos llevamos». «Si eso se pierde», sentenció, «la Iglesia ha perdido la vía más importante de evangelización que existía en nuestra sociedad».
Autenticidad de los matrimonios que se celebran en la Iglesia
Tras recordar que el matrimonio cristiano debe ser reflejo del amor que profesa Cristo a su Iglesia y viceversa, el cardenal se preguntó cómo se puede garantizar la autenticidad de los matrimonios religiosos. Y respondió:
«Con unos cursillitos de tres días, no se garantiza. Sobre todo no se garantiza para ese 80% que no pisan la Iglesia desde la primera comunión. Ese vacío religioso de 20 años no se llena con tres conferencias»
El cardenal relató entonces que en su intervención en el sínodo del año pasado dijo que «la autenticidad del matrimonio se decide en la formación religiosa de los adolescentes». Y exhortó:
«Tenemos en la Iglesia que redescubrir una catequesis de conversión a los 14, a los 16, a los 18 años, sin la cual el 80% de probabilidades del matrimonio es que sea una ficción de sacramento. Eso es duro de decir pero me parece que es la única verdad. Y cuando se quiere edificar, pues hay que limpiar el terreno hasta que se encuentre terreno firme. Dice Santo Tomás bendito: `En los sacramentos, no puede haber nada falso´. Pues bueno, en nuestros sacramentos hay mucho de falso. Y eso lo tenemos que denunciar. Y eso es tarea de la jerarquía y del pueblo de Dios»
Don Fernando pidió igualmente acompañar más cálidamente, de manera más cercana, a los nuevos matrimonios, dado que el ambiente actual empuja a divorciarse fácilmente:
«Yo creo que una idea muy fecunda sería que, en las parroquias, los matrimonios de cada año formen un grupo apadrinado por un matrimonio veterano que los acompañe, y que esté un poco al quite de las primeras dificultades, de los primeros disgustos, de las primeras tensiones»
El cardenal indicó que aunque tal cosa podría hacerse con los matrimonios de ahora en adelante, el sínodo se planteó qué hacer con la enorme cantidad de matrimonios fracasados que tenemos. Entonces explicó que la primera medida que el Papa ha puesto en marcha es facilitar los procesos de nulidad:
«Hasta ahora la fe se daba por supuesta en todos los que venían a la Iglesia. Hoy no la podemos dar por supuesta. Hay mucha gente que viene a casarse a la Iglesia por diversas razones pero sin verdadera fe. No tiene intención de unirse en matrimonio como lo enseña la Santa Madre Iglesia. No tiene intención de irrevocabilidad. Esa falta de identificación con la mentalidad de la Iglesia es una causa clara de nulidad. Antes esto podía ser raro. Hoy es frecuente. Entonces, hay que reconocer la nulidad de los matrimonios, no por política, no por facilitar las cosas, sino porque de hecho fueron nulos. A unos señores que no tenían intención de casarse de verdad sacramentalmente, luego no les podemos exigir que vivan como si se hubieran casado de verdad».
El purpurado aragonés pidió reconocer lo de que de bueno pueda haber en las situaciones de uniones que podrían considerarse matrimoniales según la ley natural -al no existir fe- para llevar a esas personas hacia el verdadero sacramento, hacia la fe.
Divorciados vueltos a casar
El cardenal abordó finalmente la situación de los divorciados vueltos a casar y su acceso a la Eucaristía. Tras indicar las dos ideas presentes en las discusiones sinodales, don Fernando manifestó su parecer, que es el del Magisterio:
«Desde luego mi postura es que los divorciados vueltos a casar civilmente no están en condiciones de recibir la comunión sacramental... porque es una situación objetivamente desordenada y contraria a la ley de Dios. Pero estas personas sí pueden iniciar un camino de arrepentimiento y de penitencia. Vamos a tratarles, vamos a ayudarles, porque hay mucha gente que se divorcia, se casa, viven unos años más o menos felices, y a los 60 años, cuando reposa la cabeza, siente necesidad de reconciliarse con Dios. ¿Qué les decimos a estas personas? Mi planteamiento es que el sacramento de referencia para los divorciados vueltos a casar no es la Comunión sino el sacramento de la Penitencia. Primero, viva usted un tiempo de penitencia. Y vamos a discernir cuál es su camino de conversión. Y después de que haya habido un camino de conversión, puede haber una absolución».
Por último, Su Eminencia indicó que el sínodo que se va a celebrar este año se va a ocupar sobre todo de la misión de la familia cristiana en la sociedad. Y advirtió que «si no tenemos familias pujantes en el amor, en su vocación cristiana, difícilmente podemos esperar que hagan algo importante en favor de la humanidad»
Fuente: infoCatolica


31 de julio de 2015

LAS FAMILIAS DE ALMERÍA HAN VUELTO DE SU PEREGRINACIÓN A SANTIAGO Y ÁVILA


“El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres”. (Salmo 125)

El 21 de julio 2015 se pusieron en Camino las familias de Almería entre otras razones  porque entendieron que Santiago, hombres sencillo, sin especial instrucción escolar, se dedicaba a su familia, sus redes y sus peces, pero que tenía el corazón levantado hacia Dios.

Fue, entre los Doce, del más íntimo grupo de Jesús. Él  fue testigo de la resurrección de la hija de Jairo, testigo de la transfiguración gloriosa en el monte, testigo de su anticipada pasión en el Huerto de los Olivos. A Santiago, como dice el prefacio propio de la Misa, le correspondió el honor de ser «el primero de los Apóstoles que bebió el cáliz del Señor».

¿Por qué el Secretariado de Familia programó el Camino como algo primordial? Porque la familia necesita salir, buscar, encontrar, comunicar, participar, no perder su capacidad de soñar.

Cada uno se puso en camino, ese 21 de julio de 2015,  buscando  ‘algo’.  Un  ‘algo’ diferente, y al final cada uno de nosotros ha obtenido ese ‘algo’.

“Señor, Tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me siento y cuando me levanto. Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno” (Sal 138).

Lo verdaderamente importante no es en sí la ruta física, tal camino o tal sendero, sino el camino del caminante, la propia experiencia interior en contraste con lo que la ruta te va ofreciendo por fuera, porque el Camino tiene la rara virtud de estar hecho a la medida de cada uno. De cada uno como persona y de cada familia como familia. El Camino es el lugar del encuentro con los demás, los seres humanos estamos hechos para relacionarnos. Los otros no son seres extraños, pues estamos llamados a vivir en fraternidad, acogiéndonos unos a otros, compartiendo los gozos y problemas de la vida, ayudándonos en nuestras necesidades, perdonándonos nuestros errores y equivocaciones.  ¡Cómo se vive todo esto en el Camino!

Pero también el Camino es el lugar donde el verdadero peregrino es imagen del que quiere “descentrarse de sí mismo”, centrarse en Dios y dar sentido y plenitud a sus horas y sus días, siendo testigo del perdón y de la misericordia.

La peregrinación y el camino a la Tumba del Apóstol no son simplemente un traslado de un lugar a otro. Se trata más bien de pasar de una visión a otra de la vida. Todo ello es posible por la presencia misteriosa de Jesús que nos va acompañando por el camino de la existencia y nos ayuda en el tránsito del hombre viejo al hombre nuevo”. (Julián Barrio)

El inicio del Camino es un cóctel de inexperiencia, anhelos, alegría…, es una explosión de júbilo, no se miden las fuerzas y pronto las dificultades nos hicieren tomar conciencia de que sólo somos seres humanos con muchas limitaciones. El Camino nos hizo comprender que los pies no son un adorno, los pies son los soportes que llevan a la persona hacia su destino. Una gran lección. Ya desde el minuto uno el Camino nos ofrecía su sabiduría y nos enseñó que había que cuidar y amar el cuerpo. Sin él es imposible alcanzar la meta. 


 “El gran descubrimiento del peregrino es desentrañar que, en la esencia del mismo ser, en la historia de cada jornada en relación con el cosmos y con quienes se encuentran en el Camino, está presente la querencia de Dios armonizado por la sinfonía total humana”. (Julián Barrio) 

Mentiría si dijese que el camino no es duro. Hay que atender los requerimientos que el cuerpo cansado te manda: (agujetas, ampollas, tendinitis, rozaduras, rodillas...), también  la propia psicología comienza a quejarse y te preguntas: ¿Qué pinto aquí? ¿Me habré equivocado? Es duro, pero a medida que lo recorres se convierte en tu amigo, en tu aliado,  tu compañero, no se cansa de mostrarte bellezas, es como si quisiera, con su belleza, hacerte olvidar todas esas dificultades. En muchos tramos recordaba los versos de Rosalía de Castro: el viajero, rendido y cansado,/ que ve del camino la línea escabrosa /que aún le resta que andar anhelara/deteniéndose al pie de la loma,/ de repente quedar convertido/ en pájaro o fuente/ en árbol o en roca.

Sí, es duro, pero ves que no estás solo (y no me refiero solo al grupo de 40 personas que hacemos el Camino) el recorrido está lleno de gente (a pie, en bici, solos o en compañía) que por diversos motivos están ahí en el Camino. Estas personas, sus vidas, sus historias, hacen reflexionar. El “Buen Camino” que cada rostro cansado te desea, es el saludo que ayuda a mantener las fuerzas físicas y espirituales para seguir con el viaje. Vuelves a conectar, te olvidas de tu cansancio y de tus dificultades y admiras lo que Dios te está mostrando, lo que está haciendo contigo.

En el silencio obligado al que tiene que enfrentarse el peregrino por las dificultades que debe solventar, hay tramos difíciles en los que el cuerpo ofrece resistencia, la voz de Dios resuena en la intimidad sin que podamos eludirla; es  una voz que llega desde el fondo, desde la comunión con esa naturaleza que se nos va mostrando en todo su esplendor. Una voz que nos llama a posiciones nuevas, una voz que provoca y desafía, una voz que invita y a la que necesitas dar respuesta.

Dos momentos muy importantes en el Camino: la oración de la mañana, el “Alegre la mañana que nos habla de ti” te reconforta y te empuja a salir dando sentido a lo que estás haciendo. Y  un momento culmen, la Eucaristía. La Misa del peregrino que cada tarde hemos compartido con hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación profesando una misma fe. Ha sido en la Eucaristía en donde verdaderamente hemos establecido una comunión con Cristo, con su palabra, con su vida, con su persona; y una comunión con los hermanos: con cada uno, con sus problemas, con sus alegrías...


Al grupo de peregrinos no se nos olvidará el encuentro con el Obispo de la diócesis de S. Juan, en Quebec, Canadá, un peregrino más en nuestro camino. 
El Obispo de Quebec con algunos peregrinos
El Señor ha estado grande con nosotros y nos ha ido sorprendiendo en cada etapa. Esa tarde de Melide concelebró con el Director del Secretariado y otros dos sacerdotes. 


En la última etapa antes de llegar a Santiago el Monte do Gozo se presenta como la antesala de lo que está por llegar. Para los peregrinos es un sitio simbólico, cargado de emoción y alegría, ya que desde aquí por primera vez podemos divisar la basílica con la tumba del Apóstol Santiago, meta de nuestra  peregrinación. El rezo del Ángelus y un canto a la Madre no pueden faltar.


D. Manuel Cuadrado nos da la comunión

Desde muy temprano los peregrinos han ido llenando el templo y no hay espacio material para colocarnos. En algún resquicio, junto a una columna, sentados en el suelo, oímos como, entre multitud de grupos llegados de todas partes del mundo, nombran al grupo de familias de Almería. Es un momento de alegría, de emoción, de lágrimas, de gracia… ¿Dónde quedó el cansancio?



NUEVO REGALO PARA TODOS 


D. Manuel y el Obispo de Quebec 

Un gran regalo de ese día fue el que D. Manuel Cuadrado pudiera concelebrar en el Sepulcro del Apóstol con el obispo peregrino que ya conocíamos del Camino. Allí estuvimos todos presentes con todas nuestras intenciones y necesidades.
La celebración en el Sepulcro del Apóstol Santiago 















El día 27 tuvimos la alegría de asistir a la Misa del peregrino en la que volvió a concelebrar. Ha sido una experiencia de gracia. Todo ha sido un regalo del Señor. Verdaderamente el “Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

















En Ávila nos esperaba Santa Teresa.

Las familias se acercan a Ávila en donde se celebra el Vº centenario de Santa Teresa. Celebrar el Vº Centenario de Santa Teresa es, sobre todo, lanzarnos a descubrir que entre las cenizas de este mundo aún caldean las brasas de otro mundo posible, mucho más justo y mucho más humano. Recordarla tiene el poder de hacernos conscientes de cuánto podemos hacer para que cambien las cosas.  Si te decides a cambiar tú mismo, a optar por una vida más simple y más comprometida, más de acuerdo con el Evangelio de Jesús, el Evangelio del amor será posible.

Celebrando en la Casa de la santa

20 de julio de 2015

LAS FAMILIAS DE ALMERÍA INICIAN HOY EL CAMINO DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

El Secretariado Diocesano para el Matrimonio, la Familia y Defensa de la Vida se pone en camino hoy 21 de julio. La peregrinación no sólo llega a Santiago sino que, aprovechando que celebramos el V Centenario de la Santa de Ávila, también visitará esta ciudad y los lugares más emblemáticos que hacen referencia a Santa Teresa de Jesús.

BUEN CAMINO FAMILIAS


9 de julio de 2015

UNA DECLARACIÓN INTERRELIGIOSA EN DEFENSA DEL MATRIMONIO

«LOS DOS SE CONVIERTEN EN UNA SOLA CARNE: LA REIVINDICACIÓN DEL MATRIMONIO»

(Family and Media/Cecilia O’Reilly) No obstante, su contenido y el eco que ha generado en la prensa sin duda merecen ser comentados. En apenas 5.000 palabras el documento titulado «Los dos se convierten en una sola carne: la reivindicación del matrimonio» («The Two Became On Flesh: Reclaming Marriage»), publicado el marzo pasado por First Things, defiende el matrimonio basado en la naturaleza humana y la enseñanza cristiana. Además, plantea una reflexión acerca de la sociedad actual en la que, de acuerdo con las estadísticas, el matrimonio está atravesando una crisis profunda y parece hallarse sensiblemente en riesgo.
El contenido de la declaración: una defensa del matrimonio
La ECT, una coalición ecuménica fundada en 1994, dió curso a un conjunto de discusiones públicas sobre la cuestión del matrimonio después de que, en junio de 2013, la Corte Suprema consintió que el gobierno federal reconociera el matrimonio entre personas del mismo sexo. Dicho comunicado recoge los resultados de esos debates.
El documento se abre con una defensa del matrimonio que, según la ECT, se basa tanto en la razón como en la Revelación. Si bien católicos y evangélicos estaban divididos sobre el divorcio y la contracepción, en este documento afirman unánimemente que «el matrimonio es una unión estable basada en la complementariedad entre el hombre e la mujer».
Es ésta una concepción que se desprende de la lectura de la «Biblia y de las verdades que están inscritas en el corazón humano». Hay evidencia de ello tanto en los pasajes del Viejo Testamento como en los del Nuevo, donde el matrimonio es descrito como una nueva realidad en la que los dos se convierten «en un solo cuerpo»: «el encuentro sexual entre el hombre y la mujer es ennoblecido gracias a un proyecto de vida común que fomenta el bien en seno a la pareja, la familia y la comunidad entera».
La ECT subraya en particular la dimensión moral y espiritual de la unión sexual, mientras hoy en día, en cambio, ésta se considera y es vivida, por lo general, como un mero acto físico y biológico. Entendida de esta forma reducida, la sexualidad no respeta en ningún modo el potencial intrínseco de la nueva vida, los niños, ni su participación en el proyecto divino.
Por otro lado, la Biblia evoca el vínculo matrimonial también para representar el amor de Jesús para con su Iglesia y de Dios hacia el universo que ha creado. Por último, citando algunas enseñanzas cristianas (de San Agustín y Martín Lutero, entre otras), la declaración de la ECT subraya cómo el matrimonio y la familia no sólo representan un a priori para el Estado, sino que constituyen los fundamentos reales de una «sociedad justa y estable». Por lo tanto, una floreciente cultura del matrimonio está estrechamente relacionada con el bien de la sociedad. Y ésta no es una «aserción» simplemente hipotética, sino un dato de hecho, cosa que el comunicado prueba más adelante con profusión de estadísticas.
Algunas estadísticas recientes demuestran que el matrimonio y la familia están atravesando una crisis muy profunda. La declaración de la ECT se detiene sobre las graves consecuencias que esta crisis ejerce en la sociedad y las que tendrán lugar en caso de que la situación vigente perdure. Algunos datos: hace 50 años más del 70% de los jóvenes adultos estaban casados y el 90% de los hijos vivía con los padres naturales. Hoy en día, apenas se casa el 50% de los adultos y menos de dos tercios de los hijos viven con sus padres naturales; por no hablar del descenso vertical de la tasa de nacimientos y del paralelo aumento del número de abortos.
Nadie puede considerarse exento de los efectos de estas tendencias: «en mayor o menor medida, todos padecemos a causa de la crisis actual del matrimonio». El efecto más alarmante es el aumento de la división de clases, respaldada por las estadísticas sobre divorcios, ilegitimidad y aumento de la criminalidad. Y frente a un panorama tan triste, en vez de afrontar esta dura realidad, parece como si nos obstinásemos en lograr que la situación empeore aún más. Me refiero, desde luego, a los matrimonios entre personas del mismo sexo: «Hoy en día tenemos un impulso a abrazar una concepción un tanto abstracta de la naturaleza humana que ignora la realidad de nuestros cuerpos […] Nuestra cultura nos demanda cada vez más que elevemos nuestros deseos y elecciones personales por encima del orden que ha sido creado por Dios». Y tras haber sido elevados, dichos deseos son delegados al Estado para que les otorgue un «estatus legal».
Esto nos ha llevado a una situación en la que «la familia –la institución sobre la que se fundamenta nuestro orden social– se reduce a ser definida como un constructo social, basado más en la soberanía de nuestro deseo que en la naturaleza en sí». En este nuevo estado líquido, los niños corren el riesgo de convertirse en un mero un asunto legal, en una propriedad del Estado.
Dejando de lado las estadísticas, la atención de los medios de comunicación se concentró en el siguiente pasaje: «Una asunción simplista del divorcio perjudica al matrimonio, la creciente difusión de la convivencia lo desvalora. Pero el así llamado matrimonio entre personas del mismo sexo representa una amenaza aún más grave, puesto que desde un punto de vista legal a lo que hoy le estamos atribuyendo el nombre de «matrimonio» no es nada más que una parodia del matrimonio propiamente dicho».
En efecto, mientras el divorcio y la convivencia todavía reconocen una realidad básica –los rasgos físicos y biológicos que diferencian el hombre y la mujer– el matrimonio entre personas del mismo sexo las oscurece del todo. Asimismo, mientras los primeros reconocen la disolución y el rechazo del sacramento, éste último está tratando de reemplazarlo, redefinirlo y reivindicarlo, incluso demandando su reconocimiento legal. Si consideramos el matrimonio «como una alianza entre un hombre y una mujer […] plenamente consumado dentro de un encuentro sexual abierto a la procreación», es evidente que el «matrimonio» homosexual representa una amenaza aún más seria.
La cobertura mediática: «Una amenaza aún más seria»
El documento conjunto de católicos y evangélicos ha recibido atención de los medios de comunicación comerciales y de ideario católico, aunque, como era previsible, la cobertura ha sido muy distinta. Sin la pretensión de ser exhaustiva, y siempre teniendo en cuenta las debidas excepciones, resumo las tendencias generales de los medios.
En primer lugar, muchos artículos se centraron en la retórica de la «amenaza aún más seria», o en el apelo de los cristianos al rechazo de esta «parodia» del sacramento matrimonial.
Por ejemplo, éstos son algunos de los títulos: «Los vértices de católicos y evangélicos: el matrimonio gay peor que el divorcio y la convivencia» (Religion News Service, Huffington Post y Crux); «Los líderes católicos y evangélicos declaran que el matrimonio gay es peor que el divorcio y la convivencia» (Washington Post).
Mientras que, por lo que concierne al núcleo de la noticia, los artículos han reproducido fielmente lo esencial de los contenidos de la declaración, las estadísticas de apoyo sobre la fuerte crisis social que las costumbres morales están generando han sido totalmente ignoradas. Dos artículos que se han decantado más abiertamente a favor del matrimonio han aparecido en el National Catholic Register y en el Newman Society.
Además, la cobertura mediática ha diferenciado entre «el perfil alto » / los «vértices» cristianos –esto es quienes firman la declaración– y la mayoría de los cristianos. Acto seguido, esta polarización se ha traducido en una noticia sobre el conflicto y la falta de acuerdo entre los cristianos.
Por ejemplo, el Religion News Service ha afirmado: «Una alianza de perfil alto entre los cristianos conservadores y los evangélicos protestantes está a punto de difundir un manifiesto radical en contra del matrimonio gay […] Tiene el aire de una declaración de guerra, pero de una guerra que muchos conservadores ven como una causa perdida. Un número creciente de cristianos, así como el resto de la sociedad, tiende a ser más tolerante e inclusivo hacia los gay y las lesbianas».
Por su parte, el Washington Times, tras haber mencionado los 50 líderes cristianos que han firmado el comunicado, escribe: «Numerosas iglesias, organizaciones y coaliciones religiosas dan su respaldo a las uniones gay, y existe incluso un grupo llamado Not All Like That (No a todos nos gusta) que les brinda a los cristianos un espacio para decir que, a diferencia de otros cristianos, ellos creen en el matrimonio gay».
Por último, hay que decir que la declaración interreligiosa no ha pasado inadvertida en la redacción del LGBTNation (un periódico pro-gay), que desde luego la tachó de discriminatoria, y la increpó como una especie de intento, patético y desesperado, de salvar un barco que ya está a punto de hundirse.
En conclusión, se puede decir que, mientras la cobertura mediática ha sido «precisa» en lo que atañe las citas del comunicado, su «adecuación» ha dejado mucho que desear: muchas cosas se han pasado por alto y otras han sido sacadas de contexto. Los periódicos no han destacado la unidad entre católicos y evangélicos con respecto a esta delicada cuestión moral, sino más bien las presuntas divisiones dentro de sus congregaciones

28 de abril de 2015

¿POR QUÉ LA FAMILIA?


El ser humano, para ser feliz, ha de entregarse, amar. El hombre es el único animal que necesita una familia, y es así porque en su naturaleza está el aceptar libremente a alguien y darse sin reservas. Sólo de esa forma encontrará la plenitud.
Que un grupo de altos empresarios se interese por el amor conyugal es algo fuera de lo común. Hace algunos meses impartí una conferencia a uno muy selecto, tan selecto como internacional y atípico. Lo único que los unía era su interés por la empresa, lo extraño es que me solicitaron que les hablara del amor conyugal.
Al terminar la exposición, un mexicano inició algo a caballo entre una pregunta y una reflexión pública: «Si no he entendido mal, la calidad del amor entre los esposos no se juega sólo dentro del matrimonio. Quien quiera amar de veras tiene que esforzarse por mejorar en toda su vida».
Un sexto sentido me llevó a contener las ganas de responderle y a permanecer en silencio. Y, en efecto, prosiguió: «Sólo si voy siendo mejor persona podré querer más a mi mujer, pues tendré mucho más que darle cada vez que me entregue a ella». Resistí de nuevo la tentación de intervenir... y añadió: «Presiento además que si no encamino ese perfeccionarme a la entrega, en el fondo lo estoy despilfarrando. Y me parece que eso constituye un claro deber: cuanto mejor voy siendo, más obligado estoy a darme a mi mujer y a mis hijos». El silencio se tornó más denso, acaso porque ni por él mismo ni por los que le estaban oyendo —todos volcados en cuerpo y alma en los negocios—, se atrevía a sacar la conclusión inevitable. Pero lo hizo: «Lo cual quiere decir que mi verdadera y más radical realización no la encuentro en la empresa, sino en mi familia».
Inversión cardinal
Audaz, además de agudo. Sabía de qué hablaba y lo que se estaba jugando: se refería a la necesidad de instaurar una modificación profunda en la forma de entender y vivir las relaciones entre familia y persona (y, como consecuencia, muchas otras, como las propiamente laborales).
Durante bastante tiempo, aunque no de manera exclusiva, la necesidad de la familia se ha explicado enfatizando la múltiple y clara precariedad del hombre. Por ejemplo, respecto a la mera supervivencia venía a decirse que, mientras la dotación instintiva permite a los animales manejarse desde muy pronto por sí mismos, el niño abandonado a sus propios recursos perecería inevitablemente. O se aducían razones psicológicas, como la ineludible conveniencia de superar la soledad, de distribuir las funciones en casa, el trabajo o los ámbitos del saber para lograr una mayor eficacia.
Todo esto es cierto, pero no alcanza el núcleo de la cuestión. Si desde antiguo se considera la persona como lo más perfecto que existe en la naturaleza (perfectissimum in tota natura); si hoy es difícil hablar del ser humano sin subrayar su dignidad y su grandeza... ¿no resulta extraño que los animales no necesiten familia, mientras que al hombre le sea imprescindible sólo o principalmente en función de su «inferioridad» respecto a ellos?
El cambio radical que pretendo subrayar con estas líneas es que toda persona requiere de la familia justamente en virtud de su eminencia o valía: de lo que en términos metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser.

Más allá de vivir
Por eso la persona está llamada a darse; por eso puede definirse como principio (y término) de amor... siendo la entrega el acto en que ese amor culmina.
Las plantas y los animales, por su misma escasez de realidad, actúan de forma casi exclusiva para asegurarse la propia pervivencia y la de su especie; gozan de poco ser, cabría decir, tienen que dirigir toda su actividad a conservarlo y protegerlo: se cierran en sí mismos o en su especie.
A la persona, por el contrario, por la nobleza que su condición implica, «le sobra ser». De ahí que su operación más propia, precisamente en cuanto persona, consista en darse, en amar. (Y de ahí que sólo cuando ama en serio y se entrega sin tasa —«la medida del amor es amar sin medida»—, alcanza la felicidad).
Un regalo a la altura
Para que alguien pueda darse es menester otra realidad capaz y dispuesta a recibirlo o, mejor, a aceptarlo libremente. Y «eso» sólo puede ser otro alguien, otra persona. En esto tenía razón mi contertulio mexicano. Y también al unir esa exigencia de entrega con la familia.
A menudo explico que, a pesar de la conciencia que solemos tener de la propia pequeñez y de la ruindad de algunos de nuestros pensamientos y acciones, es tanta la grandeza de nuestra condición de personas que nada resulta digno de sernos regalado... excepto otra persona. Cualquier otra realidad, incluso el trabajo o la obra de arte más excelsa, se demuestra escasa para acoger la sublimidad ligada a la condición personal: ni puede ser «vehículo» de mi persona, ni está a la altura de aquella a la que pretendo entregarme.
De ahí que, con total independencia de su valor material, el regalo sólo cumple su cometido en la medida en que yo me comprometo —me «integro»— a él. («¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió magistralmente Pedro Salinas).
Pero decía que, además de ser capaz, la otra persona tiene que estar dispuesta a acogerme de manera incondicional: de lo contrario, mi entrega quedaría en mera ilusión, en una especie de aborto. Si nadie me acepta, por más que me empeñe, resulta imposible entregarme (actio est in passo, podría afirmarse tras las huellas de Aristóteles: la acción de la entrega «está» —se cumple o actualiza— en la medida en que el otro me acepta gustoso).
El hogar marca
El ámbito natural donde se acoge al ser humano sin reservas, por el mero hecho de ser persona, es la familia. En cualquier otra institución —en una empresa, por ejemplo— resulta legítimo, y a menudo necesario, que se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin que al rechazarme por carecer de ellas se lesione en modo alguno mi dignidad (el igualitarismo que hoy intenta imponerse para «evitar la discriminación» sería aquí lo radicalmente injusto).
Por el contrario, una familia genuina acepta a cada uno de sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona, como el resto de las instituciones (de ahí el famoso precepto kantiano de «tratar siempre a la humanidad»); y además, su condición de persona. Y basta. Al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas.
Por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida llevada a plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que «nos obliga» a entregarnos? o quedar frustrados, por no llevar a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser.
Esta inversión de perspectivas (que no niega la verdad del punto de vista complementario), tiene abundantes repercusiones.
Por ejemplo, en el ámbito doméstico, explica que la familia no sea una institución «inventada» para los débiles y desvalidos (niños, enfermos, ancianos); sino al contrario, cuanto más perfección alcanza un ser humano, cuanto más maduro es el padre o la madre, más precisa de su familia, justamente para crecer como persona, dándose y siendo aceptado: amando, con la guardia baja, sin necesidad de «demostrar» nada para ser querido.
Buena teoría... Vida buena
Por otra parte, esta forma de comprender a la persona repercute en el modo de legislar, en la política, en el trabajo... Sólo si se tiene en cuenta la grandeza impresionante del ser humano podrán establecerse las condiciones para que se desarrolle adecuadamente y sea feliz.

A menudo se oye que el problema del hombre de hoy es el orgullo de querer ser como Dios. No lo niego. Pero estimo que es más honda la afirmación opuesta: el gran handicap del hombre contemporáneo es la falta de conciencia de su propia valía, que le lleva a tratarse y tratar a los otros de una manera bufa y absurdamente infrahumana.
Schelling afirmaba que «el hombre se torna más grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza». Y añadía: «Proveed al hombre de la conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá enseguida a ser lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto práctico será una consecuencia inmediata». Para concluir: «el hombre debe ser bueno teóricamente para devenirlo también en la práctica».
¿Exageración de un joven escritor? Estimo que no, si el conocer lo entendemos adecuadamente, de modo que algo no llega a saberse (simplemente a saberse) hasta que uno lo hace vida de la propia vida.
En lo estrictamente humano, como quería de nuevo Aristóteles, la teoría —encaminada al amor— ostenta una prioridad absoluta.
«Mini-personas»
Ahora bien, el modelo que rige buena parte de las constituciones de los países «desarrollados» de nuestro entorno resulta a menudo, de una suerte de mini-hombre, de persona reducida, casi contrahecha.
Quiero decir que, con más frecuencia de la deseada, al hombre de hoy se le niegan —teórica y vitalmente: en la legislación y en la estructura social— las características que definen la grandeza de su humanidad; por ejemplo, la capacidad de conocer, de manera siempre imperfecta, pero real.
Desde tal punto de vista, una estructuración política auténtica tendría como base, junto con el reconocimiento de la limitación del entendimiento humano, y mucho más fuerte que él, la convicción de que la realidad es cognoscible. Por eso estaría basada en el diálogo auténtico, genuino, de unos ciudadanos persuadidos de que con la suma de las aportaciones de muchos podrán llegar a descubrir lo que cada realidad efectivamente es y, por tanto, el comportamiento que reclama.
Por el contrario, tal parece que muchos regímenes políticos actuales se basan en un relativismo escéptico, en la casi contradictoria convicción de que la realidad no puede conocerse y, como consecuencia, en la apelación al simple número y, con él, en el más tiránico y sutil de los totalitarismos.
¿Otros ejemplos de lo que acabo de calificar como modelo «cuasi constitucional» de mini-persona?
Apenas se concibe que el hombre actual pueda amar a fondo, con un compromiso de por vida, jugándose a cara o cruz, a una sola carta, como Marañón expusiera, el porvenir del propio corazón (de ahí el avance de la admisión legal del divorcio, que impide casarse de por vida); o que sea capaz de dar sentido al dolor, no por masoquismo, sino porque el sufrimiento es parte integrante de la vida del hombre, y, cuando se rechaza visceral y obsesivamente, junto con él se suprime la propia vida humana, cuyo núcleo más noble lo constituye la capacidad de amar... (en el estado actual, el sufrimiento es parte ineludible del amor: negado a ultranza el «derecho» a padecer, se invalida simultáneamente la posibilidad de amar de veras).
En definitiva, si nos atenemos al modelo subyacente en bastantes de las constituciones occidentales, el hombre de hoy ve entorpecido el uso de sus dos atributos más constitutivos y ensalzadores: a) conocer la verdad; y b) amar y hacer el bien... con cuanto uno y otro, y la conjunción de ambos, llevan aparejado.
Darle la vuelta al mundo
Lo que acabo de apuntar refuerza tres de mis más arraigadas convicciones.
a.    Una fe absoluta en el ser humano, en su capacidad de rectificar el rumbo y superarse a sí mismo. No debe confundirse el diagnóstico con la terapia. El diagnóstico no es nunca optimista o pesimista, ni debería ser interesante o despreciable o lucrativo o desdeñable, sino sólo verdadero o falso. ¡Qué daños traería consigo el «optimismo» que lleva a diagnosticar y tratar como simple cefalea un tumor cerebral maligno!
b.   El hombre actual necesita advertir su propia excelsitud para actuar de acuerdo con ella y alcanzar la propia perfección y la dicha consiguiente.
c.    Que el «lugar natural» para «aprender a ser persona», el único verdaderamente imprescindible y suficiente, es la familia. No sólo el niño, también el adolescente que aparenta negarlo, el joven ante el que se abre un abanico de posibilidades deslumbrante, el adulto en plenitud de facultades, el anciano que parece declinar?, todos ellos forjan y rehacen su índole personal, día tras día, en el seno del propio hogar.
Y, así templados y reconstituidos, son capaces de darle la vuelta al mundo, de humanizarlo.
Por eso la familia.
Tomás Melendo: ConoZe. com


24 de septiembre de 2014

ORACIÓN EN FAMILIA POR EL SÍNODO

“El Sínodo de los obispos invita a las Iglesias particulares, a las comunidades parroquiales, a los Institutos de vida consagrada, a las asociaciones y movimientos a rezar en las celebraciones eucarísticas y en otras diversas asambleas, en los días precedentes y durante los trabajos sinodales”. La nota invita a los fieles a “unirse con su oración personal a esta intención, sobre todo las familias. En ella se recomienda la recitación del Santo Rosario ofreciéndolo por los trabajos sinodales”.  La oración será por tanto el hilo conductor de este Sínodo, en particular el rezo en el que se pide la intercesión de María, oración muy apreciada del Papa. La decisión de empezar con la oración un evento tan significativo como el Sínodo manifiesta la intención del Papa de crear un vínculo especial entre los trabajos que esperan a los obispos del 5 al 19 de octubre y la Asamblea ordinaria que se celebrará en el 2015 con el tema “Jesucristo revela el misterio y la vocación de la familia”.

¿HAY FUTURO PARA LA FAMILIA?

En mi anterior artículo "Un futuro que ya es presente" manifesté mi voluntad de seguir comentando las cosas que Alvin Toffler anticipó, y las que no anticipó, en su obra El "shock" del futuro, especialmente en lo relacionado con la familia.
En el apartado "la familia reducida" de su capítulo XI, habla del paso ya producido de la familia extensa, -abuelos, tías, primos-, propia de una cultura agrícola, a la familia nuclear compuesta solo del matrimonio y los hijos, propia de una cultura industrial y ciudadana.

Pero esta familia nuclear también anticipa que cambiará y será cada vez más reducida debido a las carreras profesionales de los cónyuges y la transitoriedad de las uniones matrimoniales. Dice que la decisión de engendrar un hijo se irá posponiendo y retrasando hasta la edad del retiro, en cuyo momento las técnicas de reproducción pueden facilitarle la implantación de un embrión congelado a un vientre de alquiler.
Lo de tener hijos después de jubilarse no parece que se haya producido, pero el retraso en la primera maternidad es cada vez más acusado. Se tiene el primer hijo bien pasada la treintena que, a menudo, será el único. La tasa de natalidad en el mundo occidental es bastante baja y más acusada aún en España, donde se está produciendo un proceso de rápido envejecimiento de la población.
Cada vez hay más viejos y menos niños y aunque los viejos sobrevivan a edades cada vez más avanzadas, terminarán muriendo, sin que existan generaciones jóvenes para sustituirlos. Toffler no anticipó el problema del envejecimiento imparable de la población, que hace insostenible el mantenimiento del estado de bienestar. Estamos asistiendo al suicidio de una civilización, que será sustituida por otros pueblos diferentes y más prolíficos, que ya están creciendo entre nosotros y otros que vendrán.
La ideología de género, el feminismo radical, la contracepción, el aborto o el miedo a la superpoblación del planeta, que Toffler no menciona, están produciendo efectos devastadores sobre la familia, auspiciados por los organismos internacionales que, manejados por importantes minorías y bajo exitosos eufemismos como la salud sexual y reproductiva o la lucha contra las discriminaciones, la explosión demográfica, la ecología, los derechos de los animales, y otras cosas por el estilo, están actuando como motores del cambio que se está produciendo ante nuestros ojos.
Si siempre estuvo claro que las personas somos biológicamente varones o mujeres, dejó de estarlo desde aquel exabrupto de Simone de Beauvoir: "No se hace mujer: llega una a serlo", el sexo pasó a ser algo cultural, disponible, cada uno puede elegir la sexualidad que se le antoje, con la aquiescencia de los gobiernos, dizque progresistas. No hay ya dos sexos complementarios en el amor, sino un sinfín de modalidades que se están inculcando a los niños desde los jardines de infancia.
Aunque siempre me gustaron los libros que imaginaban el futuro nunca leí ninguna anticipación de esta clase, que ya es presente. El niño puede elegir ser niña o la niña ser niño y nos dicen que hay obligación de tratarlos como tal, según la ley de mi comunidad autónoma.
Hay sin duda un shock de futuro, un futuro chocante, que se nos está imponiendo todos los días y se va aceptando por unos con satisfacción, por otros con estupor. Merece la pena pensar en todo ello para tener ideas claras, si es posible.

 FRANCISCO RODRÍGUEZ BARRAGÁN