«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


4 de septiembre de 2016

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO EN LA SANTA MISA CON RITO DE CANONIZACIÓN DE LA MADRE TERESA DE CALCUTA


Texto completo de la Homilía pronunciada por el Papa Francisco en el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario 
«¿Quién comprende lo que Dios quiere?» (Sb 9,13). Este interrogante del libro de la Sabiduría, que hemos escuchado en la primera lectura, nos presenta nuestra vida como un misterio, cuya clave de interpretación no poseemos. Los protagonistas de la historia son siempre dos: por un lado, Dios, y por otro, los hombres. Nuestra tarea es la de escuchar la llamada de Dios y luego aceptar su voluntad. Pero para cumplirla sin vacilación debemos ponernos esta pregunta. ¿Cuál es la voluntad de Dios en mi vida?
La respuesta la encontramos en el mismo texto sapiencial: «Los hombres aprendieron lo que te agrada» (v. 18). Para reconocer la llamada de Dios, debemos preguntarnos y comprender qué es lo que le gusta. En muchas ocasiones, los profetas anunciaron lo que le agrada al Señor. Su mensaje encuentra una síntesis admirable en la expresión: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13). A Dios le agrada toda obra de misericordia, porque en el hermano que ayudamos reconocemos el rostro de Dios que nadie puede ver (cf. Jn 1,18). Cada vez que nos hemos inclinado ante las necesidades de los hermanos, hemos dado de comer y de beber a Jesús; hemos vestido, ayudado y visitado al Hijo de Dios (cf. Mt 25,40).
Estamos llamados a concretar en la realidad lo que invocamos en la oración y profesamos en la fe. No hay alternativa a la caridad: quienes se ponen al servicio de los hermanos, aunque no lo sepan, son quienes aman a Dios (cf. 1 Jn 3,16-18; St 2,14-18). Sin embargo, la vida cristiana no es una simple ayuda que se presta en un momento de necesidad. Si fuera así, sería sin duda un hermoso sentimiento de humana solidaridad que produce un beneficio inmediato, pero sería estéril porque no tiene raíz. Por el contrario, el compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cada día en el amor.
Hemos escuchado en el Evangelio que «mucha gente acompañaba a Jesús» (Lc 14,25). Hoy aquella «gente» está representada por el amplio mundo del voluntariado, presente aquí con ocasión del Jubileo de la Misericordia. Vosotros sois esa gente que sigue al Maestro y que hace visible su amor concreto hacia cada persona. Os repito las palabras del apóstol Pablo: «He experimentado gran gozo y consuelo por tu amor, ya que, gracias a ti, los corazones de los creyentes han encontrado alivio» (Flm 1,7). Cuántos corazones confortan los voluntarios. Cuántas manos sostienen; cuántas lágrimas secan; cuánto amor derraman en el servicio escondido, humilde y desinteresado. Este loable servicio da voz a la fe y expresa la misericordia del Padre que está cerca de quien pasa necesidad.
El seguimiento de Jesús es un compromiso serio y al mismo tiempo gozoso; requiere radicalidad y esfuerzo para reconocer al divino Maestro en los más pobres y ponerse a su servicio. Por esto, los voluntarios que sirven a los últimos y a los necesitados por amor a Jesús no esperan ningún agradecimiento ni gratificación, sino que renuncian a todo esto porque han descubierto el verdadero amor. Igual que el Señor ha venido a mi encuentro y se ha inclinado sobre mí en el momento de necesidad, así también yo salgo al encuentro de él y me inclino sobre quienes han perdido la fe o viven como si Dios no existiera, sobre los jóvenes sin valores e ideales, sobre las familias en crisis, sobre los enfermos y los encarcelados, sobre los refugiados e inmigrantes, sobre los débiles e indefensos en el cuerpo y en el espíritu, sobre los menores abandonados a sí mismos, como también sobre los ancianos dejados solos. Dondequiera que haya una mano extendida que pide ayuda para ponerse en pie, allí debe estar nuestra presencia y la presencia de la Iglesia que sostiene y da esperanza.
Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, ha sido una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada. Se ha comprometido en la defensa de la vida proclamando incesantemente que «el no nacido es el más débil, el más pequeño, el más pobre». Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes de la pobreza creada por ellos mismos. La misericordia ha sido para ella la «sal» que daba sabor a cada obra suya, y la «luz» que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su pobreza y sufrimiento.
Su misión en las periferias de las ciudades y en las periferias existenciales permanece en nuestros días como testimonio elocuente de la cercanía de Dios hacia los más pobres entre los pobres. Hoy entrego esta emblemática figura de mujer y de consagrada a todo el mundo del voluntariado: que ella sea vuestro modelo de santidad. Esta incansable trabajadora de la misericordia nos ayude a comprender cada vez más que nuestro único criterio de acción es el amor gratuito, libre de toda ideología y de todo vínculo y derramado sobre todos sin distinción de lengua, cultura, raza o religión. Madre Teresa amaba decir: «Tal vez no hablo su idioma, pero puedo sonreír». Llevemos en el corazón su sonrisa y entreguémosla a todos los que encontremos en nuestro camino, especialmente a los que sufren. Abriremos así horizontes de alegría y esperanza a toda esa humanidad desanimada y necesitada de comprensión y ternura.


Catequesis para los operadores de misericordia

EL PAPA EN LA AUDIENCIA JUBILAR: "LOS VOLUNTARIOS SOIS ARTESANOS DE LA MISERICORDIA"

Texto del discurso de Papa Francisco:
Hemos escuchado el himno de la caridad que el apóstol Pablo escribió a la comunidad de Corinto, y que constituye una de las páginas más hermosas y más exigentes para el testimonio de nuestra fe (cf. 1 Co 13,1-13). San Pablo ha hablado muchas veces del amor y de la fe en sus escritos; sin embargo, en este texto se nos ofrece algo extraordinariamente grande y original. Él afirma que el amor, a diferencia de la fe y de la esperanza, «no pasará jamás» (v. 8), y para siempre. Esta enseñanza debe ser para nosotros una certeza inquebrantable; el amor de Dios no cesará nunca, ni en nuestra vida ni en la historia del mundo. Es un amor que permanece siempre joven, activo y dinámico, y que atrae hacia sí de un modo incomparable. Es un amor fiel que no traiciona, a pesar de nuestras contradicciones. Es un amor fecundo que genera y va más allá de nuestra pereza. En efecto, de este amor todos somos testigos. El amor de Dios nos sale al encuentro, como un río en crecida que nos arrolla pero sin aniquilarnos; más bien, es condición de vida: «Si no tengo amor, no soy nada», dice san Pablo (v. 2). Cuanto más nos dejamos involucrar por este amor, tanto más se regenera nuestra vida. Verdaderamente deberíamos decir con toda nuestra fuerza: soy amado, luego existo.
 El amor del que nos habla el Apóstol no es algo abstracto ni vago; al contrario, es un amor que se ve, se toca y se experimenta en primera persona. La forma más grande y expresiva de este amor es Jesús. Toda su persona y su vida no es otra cosa que una manifestación concreta del amor del Padre, hasta llegar al momento culminante: «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores» (Rm 5,8). Esto es amor, ¿eh?. No son palabras, ¿eh? ¡Es amor! Del Calvario, donde el sufrimiento del Hijo de Dios alcanza su culmen, brota el manantial de amor que cancela todo pecado y que todo recrea en una vida nueva. Llevemos siempre con nosotros, de modo indeleble, esta certeza de la fe: Cristo «me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Esta es la grandeza de la certeza: Cristo me ha amado, y se ha entregado así mismo por mí, por tu, por todos, ¡por cada uno de nosotros! Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios (cf. Rm 8,35-39). Por tanto, el amor es la expresión más alta de toda la vida y nos permite existir.
Ante este contenido tan esencial de la fe, la Iglesia no puede permitirse actuar como lo hicieron el sacerdote y el levita con el hombre abandonado medio muerto en el camino (cf. Lc 10,25-36). No se puede mirar para otro lado y dar la espalda para no ver muchas formas de pobreza que piden misericordia. Y esto de girarse hacia el otro lado para no ver: el hambre, las enfermedades, las personas explotadas… ¡Esto es un pecado grave! También, es un pecado moderno, ¡es un pecado de hoy! Nosotros cristianos no podemos permitirnos esto. No sería digno de la Iglesia ni de un cristiano «pasar de largo» y pretender tener la conciencia tranquila sólo porque se ha rezado ¡o porque hemos ido a Misa el domingo! No.  El Calvario es siempre actual; no ha desaparecido ni permanece sólo como un hermoso cuadro en nuestras iglesias. Ese vértice de compasión, del que brota el amor de Dios hacia la miseria humana, nos sigue hablando hoy, animándonos a ofrecer nuevos signos de misericordia. No me cansaré nunca de decir que la misericordia de Dios no es una idea bonita, sino una acción concreta: no hay misericordia sin concreción; la misericordia no es hacer el bien de paso. Es involucrarse ahí donde existe el mal, donde hay enfermedad, donde hay hambre, donde hay tantas explotaciones humanas. La misericordia humana no será auténtica –es decir humana- hasta que no se concrete en el actuar diario. La admonición del apóstol Juan sigue siendo válida: «Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad» (1 Jn 3,18). De hecho, la verdad de la misericordia se comprueba en nuestros gestos cotidianos que hacen visible la acción de Dios en medio de nosotros.
Hermanos y hermanas, vosotros representáis el gran y variado mundo del voluntariado. Entre las realidades más hermosas de la Iglesia os encontráis vosotros que cada día, casi siempre de forma silenciosa y oculta, dais forma y visibilidad a la misericordia. Vosotros sois artesanos de misericordia: con vuestras manos, con vuestros ojos, con vuestro escuchar, con vuestra cercanía, con vuestras caricias… Artesanos…Vosotros manifestáis uno de los deseos más hermosos del corazón del hombre: hacer que una persona que sufre se sienta amada. En las distintas condiciones de indigencia y necesidad de muchas personas, vuestra presencia es la mano tendida de Cristo que llega a todos. Sois la mano tendida de Cristo: ¿habéis pensado esto? La credibilidad de la Iglesia pasa también de manera convincente a través de vuestro servicio a los niños abandonados, los enfermos, los pobres sin comida ni trabajo, los ancianos, los sintecho, los prisioneros, los refugiados y los emigrantes, así como a todos aquellos que han sido golpeados por las catástrofes naturales... En definitiva, dondequiera que haya una petición de auxilio, allí llega vuestro testimonio activo y desinteresado. Vosotros hacéis visible la ley de Cristo, la de llevar los unos los pesos de los otros (cf. Ga 6,2; Jn 13,24). Queridos hermanos y hermanas, vosotros tocáis la carne de Cristo con vuestras manos: no olvidéis esto. Vosotros tocáis la carde de Cristo con vuestras manos. Sed siempre diligentes en la solidaridad, fuertes en la cercanía, solícitos en generar alegría y convincentes en el consuelo. El mundo tiene necesidad de signos concretos, de signos de solidaridad, sobre todo ante la tentación de la indiferencia, y requiere personas capaces de contrarrestar con su vida el individualismo, el pensar sólo en sí mismo y desinteresarse de los hermanos necesitados. Estad siempre contentos y llenos de alegría por vuestro servicio, pero no dejéis que nunca sea motivo de presunción que lleva a sentirse mejores que los demás. Por el contrario, vuestra obra de misericordia sea la humilde y elocuente prolongación de Jesucristo que sigue inclinándose y haciéndose cargo de quien sufre. De hecho, el amor «edifica» (1 Co 8,1) y, día tras día, permite a nuestras comunidades ser signo de la comunión fraterna.
También, hablad al Señor de esto. Llamadle. Haced como ha hecho Hermana Preymar, como nos ha contado la Hermana: ha llamado a la puerta del tabernáculo. Así con coraje, ¿eh? El Señor nos escucha: ¡llamadle! Señor, ¡mira esto! Mira cuanta pobreza, tanta indiferencia, tanto mirar hacia el otro lado: “Esto a mí no me toca, a mí no me importa”. Habladlo con el Señor: “Señor por qué? Señor, ¿por qué? Por qué soy tan débil y tú me has llamado para hacer este servicio? Ayúdame, y dame fuerza. Y dame humildad”. El centro de la misericordia es este diálogo con el corazón misericordioso de Jesús.
Mañana, tendremos la alegría de ver a Madre Teresa proclamada santa. ¡Y se lo merece! Este testimonio de misericordia de nuestro tiempo se añade a la innumerable lista de hombres y mujeres que han hecho visible con su santidad el amor de Cristo. Imitemos también nosotros su ejemplo, y pidamos ser instrumentos humildes en las manos de Dios para aliviar el sufrimiento del mundo, y dar la alegría y la esperanza de la resurrección. Gracias.
Y antes de daros la bendición, os invito a todos a rezar en silencio por todas aquellas personas, tantas personas que sufren; por todo el sufrimiento, por todos aquellos que viven descartados en la sociedad. Rezad también por todos aquellos voluntarios como vosotros, que han encontrado la carne de Cristo por tocarla, curarla, sentirla cerca. Y rezad también por todos aquellos que delante de tanta misericordia miran hacia otro lado y en el corazón escuchan la voz que les dice: A mí no me toca, a mi no me importa”. Recemos en silencio.

Y lo hacemos también con la Virgen. Ave María…. 

1 de septiembre de 2016

MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO EN LA II JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN

 El Papa Francisco en la Jornada de Oración por el Cuidado de la Creación, 
Texto completo del Mensaje del Papa:

Usemos misericordia con nuestra casa común

En unión con los hermanos y hermanas ortodoxos, y con la adhesión de otras Iglesias y Comunidades cristianas, la Iglesia católica celebra hoy la anual «Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación». La jornada pretende ofrecer «a cada creyente y a las comunidades una valiosa oportunidad de renovar la adhesión personal a la propia vocación de custodios de la creación, elevando a Dios una acción de gracias por la maravillosa obra que él ha confiado a nuestro cuidado, invocando su ayuda para la protección de la creación y su misericordia por los pecados cometidos contra el mundo en el que vivimos».

Es muy alentador que la preocupación por el futuro de nuestro planeta sea compartida por las Iglesias y las Comunidades cristianas junto a otras religiones. En efecto, en los últimos años, muchas iniciativas han sido emprendidas por las autoridades religiosas y otras organizaciones para sensibilizar en mayor medida a la opinión pública sobre los peligros del uso irresponsable del planeta. Quisiera aquí mencionar al Patriarca Bartolomé y a su predecesor Demetrio, que durante muchos años se han pronunciado constantemente contra el pecado de causar daños a la creación, poniendo la atención sobre la crisis moral y espiritual que está en la base de los problemas ambientales y de la degradación. Respondiendo a la creciente atención por la integridad de la creación, la Tercera Asamblea Ecuménica Europea (Sibiu 2007) proponía celebrar un «Tiempo para la creación», con una duración de cinco semanas entre el 1 de septiembre (memoria ortodoxa de la divina creación) y el 4 de octubre (memoria de Francisco de Asís en la Iglesia católica y en algunas otras tradiciones occidentales). Desde aquel momento dicha iniciativa, con el apoyo del Consejo Mundial de las Iglesias, ha inspirado muchas actividades ecuménicas en diversos lugares.

Debe ser también un motivo de alegría que, en todo el mundo, iniciativas parecidas que promueven la justicia ambiental, la solicitud hacia los pobres y el compromiso responsable con la sociedad, están fomentando el encuentro entre personas, sobre todo jóvenes, de diversos contextos religiosos. Los Cristianos y los no cristianos, las personas de fe y de buena voluntad, hemos de estar unidos en el demostrar misericordia con nuestra casa común ―la tierra― y valorizar plenamente el mundo en el cual vivimos como lugar del compartir y de comunión.

1. La tierra grita…

Con este Mensaje, renuevo el diálogo con «toda persona que vive en este planeta» respecto a los sufrimientos que afligen a los pobres y la devastación del medio ambiente. Dios nos hizo el don de un jardín exuberante, pero lo estamos convirtiendo en una superficie contaminada de «escombros, desiertos y suciedad» (Laudato si’, 161). No podemos rendirnos o ser indiferentes a la pérdida de la biodiversidad y a la destrucción de los ecosistemas, a menudo provocados por nuestros comportamientos irresponsables y egoístas. «Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho» (ibíd., 33).
El planeta continúa a calentarse, en parte a causa de la actividad humana: el 2015 ha sido el año más caluroso jamás registrado y probablemente el 2016 lo será aún más. Esto provoca sequía, inundaciones, incendios y fenómenos meteorológicos extremos cada vez más graves. Los cambios climáticos contribuyen también a la dolorosa crisis de los emigrantes forzosos. Los pobres del mundo, que son los menos responsables de los cambios climáticos, son los más vulnerables y sufren ya los efectos.

Como subraya la ecología integral, los seres humanos están profundamente unidos unos a otros y a la creación en su totalidad. Cuando maltratamos la naturaleza, maltratamos también a los seres humanos. Al mismo tiempo, cada criatura tiene su propio valor intrínseco que debe ser respetado. Escuchemos «tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (ibíd., 49), y busquemos comprender atentamente cómo poder asegurar una respuesta adecuada y oportuna.

2. …porque hemos pecado

Dios nos ha dado la tierra para cultivarla y guardarla (cf. Gn. 2,15) con respeto y equilibrio. Cultivarla «demasiado» ‒esto es abusando de ella de modo miope y egoísta‒, y guardarla poco es pecado.

Con valentía, el querido Patriarca Bartolomé, repetidamente y proféticamente, ha puesto de manifiesto nuestros pecados contra la creación: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todo esto es pecado». Porque «un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios».

Ante lo que está sucediendo en nuestra casa, que el Jubileo de la Misericordia pueda llamar de nuevo a los fieles cristianos «a una profunda conversión interior» (Laudato si’, 217), sostenida particularmente por el sacramento de la Penitencia. En este Año Jubilar, aprendamos a buscar la misericordia de Dios por los pecados cometidos contra la creación, que hasta ahora no hemos sabido reconocer ni confesar; y comprometámonos a realizar pasos concretos en el camino de la conversión ecológica, que pide una clara toma de conciencia de nuestra responsabilidad con nosotros mismos, con el prójimo, con la creación y con el creador (cf. ibíd., 10; 229).

3. Examen de conciencia y arrepentimiento

El primer paso en este camino es siempre un examen de conciencia, que «implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos […] También implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal. Para el creyente, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres» (ibíd., 220).

A este Padre lleno de misericordia y de bondad, que espera el regreso de cada uno de sus hijos, podemos dirigirnos reconociendo nuestros pecados contra la creación, los pobres y las futuras generaciones. «En la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos», estamos llamados a reconocer «nuestra contribución –pequeña o grande– a la desfiguración y destrucción de la creación».[3] Este es el primer paso en el camino de la conversión.

En el 2000, también un Año Jubilar, mi predecesor san Juan Pablo II invitó a los católicos a arrepentirse por la intolerancia religiosa pasada y presente, así como por las injusticias cometidas contra los hebreos, las mujeres, los pueblos indígenas, los inmigrantes, los pobres y los no nacidos. En este Jubileo Extraordinario de la Misericordia, invito a cada uno a hacer lo mismo. Como personas acostumbradas a estilos de vida inducidos por una malentendida cultura del bienestar o por un «deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita» (ibíd., 123), y como partícipes de un sistema que «ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza»,[4] arrepintámonos del mal que estamos haciendo a nuestra casa común.

Después de un serio examen de conciencia y llenos de arrepentimiento, podemos confesar nuestros pecados contra el Creador, contra la creación, contra nuestros hermanos y hermanas. «El Catecismo de la Iglesia Católica nos hace ver el confesionario como un lugar en el que la verdad nos hace libres para un encuentro».[5] Sabemos que «Dios es más grande que nuestro pecado»,[6] de todos los pecados, incluidos aquellos contra la creación. Allí confesamos porque estamos arrepentidos y queremos cambiar. Y la gracia misericordiosa de Dios que recibimos en el sacramento nos ayudará a hacerlo.

4. Cambiar de ruta

El examen de conciencia, el arrepentimiento y la confesión al Padre rico de misericordia, nos conducen a un firme propósito de cambio de vida. Y esto debe traducirse en actitudes y comportamientos concretos más respetuosos con la creación, como, por ejemplo, hacer un uso prudente del plástico y del papel, no desperdiciar el agua, la comida y la energía eléctrica, diferenciar los residuos, tratar con cuidado a los otros seres vivos, utilizar el transporte público y compartir el mismo vehículo entre varias personas, entre otras cosas (cf. Laudado si’, 211). No debemos pensar que estos esfuerzos sean demasiado pequeños para mejorar el mundo. Estas acciones «provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente» (ibíd., 212) y refuerzan «un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo» (ibíd., 222).

Igualmente, el propósito de cambiar de vida debe atravesar el modo en el que contribuimos a construir la cultura y la sociedad de la cual formamos parte: «El cuidado de la naturaleza es parte de un estilo de vida que implica capacidad de convivencia y de comunión» (ibíd., 228). La economía y la política, la sociedad y la cultura, no pueden estar dominadas por una mentalidad del corto plazo y de la búsqueda de un inmediato provecho financiero o electoral. Por el contrario, estas deben ser urgentemente reorientadas hacia el bien común, que incluye la sostenibilidad y el cuidado de la creación.

Un caso concreto es el de la «deuda ecológica» entre el norte y el sur del mundo (cf. ibíd., 51-52). Su restitución haría necesario que se tomase cuidado de la naturaleza de los países más pobres, proporcionándoles recursos financiaros y asistencia técnica que les ayuden a gestionar las consecuencias de los cambios climáticos y a promover el desarrollo sostenible.
La protección de la casa común necesita un creciente consenso político. En este sentido, es motivo de satisfacción que en septiembre de 2015 los países del mundo hayan adoptado los Objetivos del Desarrollo Sostenible, y que, en diciembre de 2015, hayan aprobado el Acuerdo de París sobre los cambios climáticos, que marca el costoso, pero fundamental objetivo de frenar el aumento de la temperatura global. Ahora los Gobiernos tienen el deber de respetar los compromisos que han asumido, mientras las empresas deben hacer responsablemente su parte, y corresponde a los ciudadanos exigir que esto se realice, es más, que se mire a objetivos cada vez más ambiciosos.
Cambiar de ruta significa, por lo tanto, «respetar escrupulosamente el mandamiento originario de preservar la creación de todo mal, ya sea por nuestro bien o por el bien de los demás seres humanos».[7] Una pregunta puede ayudarnos a no perder de vista el objetivo: «¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (Laudato si’, 160).

5. Una nueva obra de misericordia

«Nada une más con Dios que un acto de misericordia, bien sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, o bien de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre».[8]

Parafraseando a Santiago, «la misericordia sin las obras está muerta en sí misma. […] A causa de los cambios de nuestro mundo globalizado, algunas pobrezas materiales y espirituales se han multiplicado: por lo tanto, dejemos espacio a la fantasía de la caridad para encontrar nuevas modalidades de acción. De este modo la vía de la misericordia se hará cada vez más concreta».[9]
La vida cristiana incluye la práctica de las tradicionales obras de misericordia corporales y espirituales.[10] «Solemos pensar en las obras de misericordia de una en una, y en cuanto ligadas a una obra: hospitales para los enfermos, comedores para los que tienen hambre, hospederías para los que están en situación de calle, escuelas para los que tienen que educarse, el confesionario y la dirección espiritual para el que necesita consejo y perdón… Pero, si las miramos en conjunto, el mensaje es que el objeto de la misericordia es la vida humana misma y en su totalidad».[11]

Obviamente «la misma vida humana en su totalidad» incluye el cuidado de la casa común. Por lo tanto, me permito proponer un complemento a las dos listas tradicionales de siete obras de misericordia, añadiendo a cada una el cuidado de la casa común.
Como obra de misericordia espiritual, el cuidado de la casa común precisa de «la contemplación agradecida del mundo» (Laudato si’, 214) que «nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir» (ibíd., 85). Como obra de misericordia corporal, el cuidado de la casa común, necesita «simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo […] y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor» (ibíd., 230-231).

6. En conclusión, oremos

A pesar de nuestros pecados y los tremendos desafíos que tenemos delante, no perdamos la esperanza: «El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado […] porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos» (ibíd., 13;245). El 1 de septiembre en particular, y después durante el resto del año, recemos:
«Oh Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar a los abandonados
y a los olvidados de esta tierra
que son tan valiosos a tus ojos. […]
Dios de amor,
muéstranos nuestro lugar en este mundo
como instrumentos de tu cariño
por todos los seres de esta tierra (ibíd., 246).
Dios de Misericordia, concédenos recibir tu perdón
y de transmitir tu misericordia en toda nuestra casa común.
Alabado seas.
Amen

REZAR POR LA CREACIÓN O REZAR CON LA CREACIÓN?

Texto completo de la homilía del padre Raniero Cantalamessa OFM

“Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho”.

Estas palabras, que acabamos de escuchar, fueron pronunciadas por San Pedro Crisólogo, obispo de Rávena, en el siglo V después de Cristo, hace más de 1.500 años. Desde entonces, ha cambiado la razón por la cual el hombre se desprecia a sí mismo, pero no cambia el hecho. En tiempos de Crisólogo la razón era que el hombre es "de la tierra", es decir, que es polvo y al polvo volverá (Génesis 3:19). Hoy en día la razón del desprecio es que el hombre es menos que nada en la inmensidad sin límites del universo.

Ya es una carrera entre los científicos no creyentes entre quien sigue adelante en el afirmar la marginalidad total e insignificancia del hombre en el universo. "La antigua alianza está rota - ha escrito uno de ellos -; el hombre finalmente sabe que está solo en la inmensidad del universo del que surgió por casualidad. Su deber, como su destino, no está escrito en ningún lugar ". "Siempre he pensado - dice otro - de ser insignificante. Conociendo las dimensiones del Universo, no dejo de darme cuenta de cuánto lo sea realmente... Somos sólo un poco de fango en un planeta que pertenece al sol".

Pero no quiero detenerme en esta visión pesimista, ni en el impacto que tiene en el modo de comprender el ecologismo y sus prioridades. Dionisio el Areopagita, en el sexto siglo después de Cristo, enunciaba esta gran verdad: "No se deben confutar las opiniones de los demás, ni se debe escribir en contra de una opinión o de una religión que no parece buena. Se debe escribir solo a favor de la verdad y no contra los demás". No se puede hacer absoluto este principio, porque a veces puede ser necesario confutar doctrinas falsas y peligrosas; pero lo cierto es que la exposición positiva de la verdad es más eficaz que la confutación del error contrario.

El discurso de Crisólogo continúa exponiendo el motivo por el que el hombre no debe despreciarse a sí mismo:

“¿Por ventura todo este mundo que ves con tus ojos no ha sido hecho precisamente para que sea tu morada? Para ti ha sido creada esta luz que aparta las tinieblas que te rodean; para ti ha sido establecida la ordenada sucesión de días y noches; para ti el cielo ha sido iluminado con este variado fulgor del sol, de la luna, de las estrellas; para ti la tierra ha sido adornada con flores, árboles y frutos; para ti ha sido creada la admirable multitud de seres vivos' que pueblan el aire, la tierra y el agua, para que una triste soledad no ensombreciera el gozo del mundo que empezaba”.
El autor no hace más que reafirmar la idea bíblica de la soberanía del hombre sobre el cosmos que el Salmo 8 cantaba con una inspiración lírica no inferior, que la del obispo de Rávena. San Pablo completa esta visión, señalando el lugar que ocupa en ella,  la persona de Cristo: "el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios".(1 Cor 3,22s). Nos encontramos ante un "ecologismo humano" o "humanista": un ecologismo, es decir, que no es un fin en sí mismo, sino en función del hombre, no sólo, naturalmente, del hombre de hoy, sino también del aquel del futuro.


El pensamiento cristiano nunca ha dejado de preguntarse el porqué de esta trascendencia del hombre respecto al resto de la creación y siempre ha encontrado en la afirmación bíblica que el hombre fue creado "a imagen y semejanza de Dios" (Génesis 1: 26). También el Crisólogo, hemos escuchado, se basa en que: "El Creador... ha impreso en ti su imagen, para que la imagen visible mostrara al mundo el creador invisible, y te ha puesto en la tierra para hacerlo en su nombre”.

Aquello sobre lo que la teología, también gracias al renovado diálogo con el pensamiento ortodoxo, ha alcanzado hoy una explicación verdaderamente satisfactoria, es saber en qué consiste ser “a imagen de Dios”. Todo se basa en la revelación de la Trinidad obrada por Cristo. El hombre es creado a imagen de Dios, en el sentido de que participa en la esencia íntima de Dios que es la relación de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. "Relaciones subsistentes", define Santo Tomás de Aquino a las personas divinas. Ellas no tienen una relación entre sí, sino que son esa relación.

Sólo el hombre - como una persona capaz de relaciones libres y conscientes - participa en esta dimensión personal y relacional de Dios. Siendo la Trinidad una comunión de amor,  creó al hombre como un "ser en relación.". Es en este sentido que el hombre es "a imagen de Dios".

Es evidente que existe un foso ontológico entre Dios y la criatura humana; sin embargo, por la gracia (¡nunca hay que olvidar esta aclaración!), este foso se colma, por lo que es menos profunda que la que existe entre el hombre y el resto de la creación. Afirmación osadísima, pero basada en la Escritura que define al hombre redimido por Cristo "partícipe de la naturaleza divina" (2 Pedro 1.4).

Sólo la venida de Cristo, sin embargo, ha revelado el sentido pleno del ser a imagen de Dios. Él es, por excelencia, "la imagen de Dios invisible" (Col 1,15).; nosotros -decían los Padres de la Iglesia - somos "imagen de la imagen de Dios", en cuanto "predestinados a ser conforme a la imagen de su Hijo" (Rm 8, 29), creados "por medio de él y para él "(Col 1, 16), que es el Nuevo Adán.

Nace de inmediato, en este punto, una objeción, y no sólo de parte de los no creyentes. ¿Todo esto no es triunfalismo racial? ¿No lleva a un  dominio  indiscriminado del hombre sobre el resto de la creación, con consecuencias fácilmente imaginables, y por desgracia, ya en acto? La respuesta es: no, si el hombre se comporta realmente como imagen de Dios. Si la persona humana es la imagen de Dios, en cuanto es "un ser en comunión", significa que menos se es egoístas, encerrados en sí mismos y olvidados de los otros, más se es una persona verdaderamente humana.

La soberanía del hombre sobre el cosmos, por lo tanto, no es el triunfalismo de las especies, sino la asunción de responsabilidad hacia los débiles, los pobres, los indefensos. El único título que éstos tienen para ser respetados, en ausencia de otros privilegios y recursos, es aquel de ser persona humana. El Dios de la Biblia - y también de otras religiones - es un Dios "que escucha el grito de los pobres", que "tiene compasión del débil y del pobres", que "defiende la causa de los míseros", que "hace justicia a los oprimidos", que "nada desprecia de lo que ha creado."

La encarnación del Verbo ha aportado una razón más para cuidar de los débiles y de los pobres, a cualquier raza o religión pertenezcan. Ella no dice, de hecho, sólo que "Dios se hizo hombre", sino también "que el hombre se ha hecho Dios": es decir, cuál tipo de hombre ha elegido ser: no rico y poderoso, sino pobre, débil e indefenso. ¡Hombre y basta! El modo de la encarnación no es menos importante del hecho.

Este ha sido el paso adelante que Francisco de Asís, con su experiencia de vida, ha permitido hacer a la teología. Antes de él, se había insistido casi exclusivamente en los aspectos ontológicos de la encarnación: naturaleza, persona, unión hipostática, comunicación de los idiomas... Esto era necesario para contrastar la herejía, pero, una vez asegurado el dogma, no se podía permanecer detenidos en él, sin aridecer el misterio cristiano y hacerle perder gran parte de su fuerza para contrarrestar el pecado y la injusticia del mundo.

Lo que conmueve hasta las lágrimas al Pobrecillo en Navidad no es la unión de las naturalezas o la unión hipostática, sino la humildad y la pobreza del Hijo de Dios, que "siendo rico, se hizo pobre por nosotros "(2 Cor 8,9). En Él, el amor por la pobreza y el amor por la creación iban juntos, y tenían una raíz común en su renuncia radical a querer poseer. Francisco pertenece a esa categoría de personas de las que San Pablo dice que "nada tienen y todo lo poseen" (2 Co. 6:10).
El Santo Padre recoge este mensaje cuando hace de "la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta" uno de los "ejes " de su encíclica sobre el medio ambiente. ¿Qué cosa es, de hecho, lo que produce al mismo tiempo, los peores daños al medio ambiente y la miseria de inmensas masas humanas, si no el deseo insaciable de algunos de aumentar drásticamente sus posesiones y sus provechos? A la tierra, se debe aplicar eso que decían los antiguos de la vida: “mancipio nulli datur, omnibus usu”; a nadie se le ha dado en propiedad, a todos en uso.

A veces esta verdad, que no somos los dueños de la tierra, se nos recuerda al improviso por eventos como el devastador terremoto de la semana pasada. Entonces se nos vuelve a presentar la pregunta de siempre "¿Dónde estaba Dios?" No cometamos el error de pensar que tenemos una respuesta preparada a esta pregunta. Lloremos con los que lloran, como lo hizo Jesús ante el dolor de la viuda de Naim o de las hermanas de Lázaro.

Pero hay algo que la fe nos permite decir. Dios no diseñó la creación como si fuera un coche o un ordenador, donde todo está programado desde el inicio, en cada detalle, listo para realizar periódicamente las actualizaciones. Por analogía con el hombre, podemos hablar de una especie de "libertad" que Dios ha dado a la materia de evolucionar de acuerdo a sus propias leyes. En este sentido (¡pero sólo en este!) incluso podemos compartir el punto de vista de los científicos no creyentes que hablan de "casualidad y necesidad". En la evolución todo es "por casualidad", pero el caso en sí está previsto por el Creador y no es "casualidad".

Esto implica enormes riesgos para los seres humanos, pero también un suplemento de dignidad y de grandeza. Los habitantes de los Países Bajos debieron luchar durante siglos para evitar ser inundados por el mar del Norte y en esta lucha acuñaron un famoso dicho: "Luctor emerger", luchando, emerjo.

Habrá un día "un cielo nuevo y una tierra nueva" (2 Pe 3, 13), libre de sufrimiento, pero esto probablemente sucederá sólo al final de los tiempos, cuando la humanidad misma será perfectamente y eternamente liberada del pecado y de la muerte (cf. Rom 8, 19:23). Una cosa, sin embargo, Jesús nos asegura a partir de ahora y es que la criatura humana no está nunca completamente a merced de los elementos humanos. "¿No se venden acaso cinco pájaros por dos monedas? Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros". (Lucas 12: 6-7).

A la pregunta: "Dónde estaba Dios en la noche del 23 de agosto, el creyente, por lo tanto, no dude en responder con toda humildad: "Él estaba allí sufriendo con sus criaturas y recibiendo en su paz a las víctimas que tocaban a la puerta de su paraíso".

La lectura del libro de la Sabiduría que hemos oído antes de aquella patrística de Crisólogo, nos habla del primer y fundamental deber que se le da al hombre por su posición privilegiada en el seno de la creación. Decía:

“Sí, vanos por naturaleza son todos los hombres que han ignorado a Dios, los que, a partir de las cosas visibles, no fueron capaces de conocer a «Aquel que es»., al considerar sus obras, no reconocieron al Artífice”.

San Pablo en su Carta a los Romanos retoma este famoso argumento, pero con una variación que nos compete a todos y de cerca. El pecado ante la creación,  - escribe - , no radica en el hecho del no remontarse de ella al Creador, si no en el de no glorificar y agradecer a Dios: "en efecto, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias como corresponde" (Rm 1, 21). Esto no sólo es un pecado de la inteligencia, sino también de la voluntad, y no sólo es un pecado de ateos o idólatras, sino también de aquellos que conocen a Dios. Tanto es así que, inmediatamente después, el apóstol incluye entre "los inexcusables" a los que conocen la revelación y, armados con este conocimiento, se sienten seguros y juzgan el resto del mundo, sin darse cuenta de que, si buscan su propia gloria en lugar de la gloria de Dios, cometen el mismo pecado de los no creyentes (cf. Rom. 2:1 ss).

Hay muchos deberes que el hombre tiene hacia la creación, algunos más urgentes que otros: el agua, el aire, el clima, la energía, la defensa de las especies en peligro... De ellos se hablan en todos los ambientes y encuentros que se ocupan de ecología. Hay, sin embargo, un deber hacia la creación del cual no se puede hablar si no es en un encuentro entre los creyentes y por eso es correctísimo que haya sido puesto en el centro de este momento de oración. Ese deber es la doxología, la glorificación de Dios a causa de la creación. Una ecología sin doxología hace opaco el universo, como un enorme globo de cristal desprovisto de la luz que debería iluminarlo desde dentro.

La tarea principal de las criaturas hacia la creación es prestar su voz a la misma. "Los cielos y la tierra - dice un salmo - están llenos de tu gloria" (Sal 148: 13; Isaías 6: 3). Son, por así decirlos, grávidos. Pero no pueden por sí mismos "vaciarse". Como la mujer embarazada, también ellos necesitan las manos de una partera para dar a luz a aquello de lo que están grávidos. Y estas "parteras" de la gloria de Dios, tenemos que ser nosotros, criaturas hechas a imagen de Dios. El Apóstol alude también a esto cuando habla de la creación que "hasta el presente, gime y sufre dolores de parto" (Rm 8, 19:22).

¡Cuánto ha tenido que esperar el universo, qué gran carrera tuvo que tomar, para llegar a este punto! Miles de millones de años, durante los cuales la materia a través de su opacidad, avanzaba hacia la luz de la conciencia, como la linfa que del subsuelo sube con esfuerzo hacia la cima del árbol para expandirse en hojas, flores y frutos. Esta conciencia se alcanzó finalmente cuando apareció en el universo lo que Teilhard de Chardin llama "el fenómeno humano". Pero ahora que el universo ha alcanzado su objetivo, exige que el hombre cumpla su deber, que asuma, por así decirlo, la dirección del coro y entone en nombre de toda la creación: "¡Gloria a Dios en lo alto del cielo!".

Uno que tomó a la letra esta tarea fue el Beato Enrique Susón, a veces llamado "el San Francisco de Suabia". Él nos ha dejado este conmovedor testimonio:

“Cuando, en el canto de la misa, llego a las palabras Sursum corda, en alto los corazones, imagino que tengo ante de mí todos los seres creados por Dios en el cielo y en la tierra: el agua, el aire, el fuego, la luz y cada elemento, cada uno con su propio nombre, así como las aves, los peces del mar y las flores de los bosques, todas las hierbas y plantas del campo, las innumerables arenas del mar, los polvillos que se ven en los haces de luz solar, las gotas de lluvia que caídas o a punto de caer, las gotas de rocío que adornan el césped. Entonces, imagino que estoy en el medio de estas criaturas como un maestro de canto en el medio de un gigantesco coro”.

Nosotros los creyentes debemos ser la voz no sólo de las criaturas inanimadas, sino también de nuestros hermanos que no han tenido la gracia de la fe. No olvidemos, en particular, glorificar a Dios por los increíbles logros de la tecnología. Son obra del hombre, es cierto, pero el hombre, ¿de quién es obra? ¿Quién lo hizo? Me he hecho una pregunta, y la repito aquí en voz alta: ¿glorificamos realmente a Dios por sus criaturas, o sólo decimos que lo hacemos? ¿La nuestra es sólo teoría, o también práctica? Si no sabemos hacerlo con nuestras palabras, hagámoslo con los salmos. En ellos, hasta los ríos están invitados a aplaudir al Creador (Sal 98,8).

La glorificación no sirve, naturalmente, a Dios, sino a nosotros. Con ella se "revela la verdad" (Rm 1, 18); se redime la creación de la caducidad y la vanidad, es decir, del sin sentido, en la que la arrastró el pecado de los hombres y la arrastra hoy la incredulidad del mundo (Romanos 8: 20-21). "Aunque no necesitas nuestra alabanza, - dice un prefacio de la misa dirigiéndose a Dios,- tú inspiras en nosotros que te demos gracias, para que las bendiciones que te ofrecemos nos ayuden en el camino de la salvación".

Si Francisco de Asís tiene algo que decir hoy sobre el ecologismo, es sólo esto. Él no reza "por" la creación, para su cuidado (en su tiempo aún no era necesario), reza "con" la creación, o "a causa de la creación", o "con motivo de la creación". Son todos los matices presentes en la preposición "por" que usó: "Alabado seas mi Señor, por el hermano sol, por la luna, por nuestra hermana la madre tierra". Su cántico es toda una doxología y un himno de acción de gracias. Pero precisamente de aquí derivaba su extraordinario respeto hacia cada criatura por lo cual quería que incluso a las hierbas silvestres se les diera un espacio para crecer.

También este mensaje suyo fue recogido por el Santo Padre en su encíclica sobre el medio ambiente. Ella inicia con la doxología - "Alabado seas '" - y termina significativamente con dos oraciones distintas: una "por" la creación, y la otra "con" la creación. De esta última extraemos algunas invocaciones que necesitamos para concluir en oración nuestra reflexión:

Señor Uno y Trino, comunidad preciosa de amor infinito, enséñanos a contemplarte en la belleza del universo, donde todo nos habla de ti. Despierta nuestra alabanza y nuestra gratitud por cada ser que has creado. Danos la gracia de sentirnos íntimamente unidos con todo lo que existe. Dios de amor, muéstranos nuestro lugar en este mundo como instrumentos de tu cariño por todos los seres de esta tierra. Amén.


Traducción del italiano: Mireia Bonilla, Griselda Mutual - Radio Vaticano

EL PAPA FRANCISCO INSTITUYE DICASTERIO PARA EL SERVICIO DEL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL

RV).- Hoy L’Osservatore Romano publica la Carta Apostólica en forma de  Motu Proprio del Papa Francisco, con la que se instituye el nuevo «Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral», así como su Estatuto.
Con este anuncio, un comunicado de la Oficina de Prensa de la Santa Sede señala que a partir del 1º de enero de 2017, en el nuevo Dicasterio confluirán los Pontificios Consejos para la Justicia y la Paz, Cor Unum, para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes y para la Pastoral de los Agentes Sanitarios. A partir de esa fecha, estos cuatro Dicasterios cesarán en sus funciones y quedarán suprimidos, abrogándose asimismo los artículos 142-153 de la Constitución Apostólica Pastor Bonus.
«Una sección del nuevo Dicasterio expresa de manera especial la solicitud del Papa hacia los migrantes», se lee asimismo en el comunicado de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, que añade que «en efecto, no puede haber hoy un servicio al desarrollo humano integral sin una especial atención al fenómeno migratorio. Por ello, esta sección está puesta ad tempus directamente bajo la guía del Sumo Pontífice (cfr Estatuto art. 1 §4)».
El Santo Padre ha nombrado Prefecto del nuevo Dicasterio al Cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, actual Presidente del Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz.
(CdM – RV)
Carta apostólica en forma de «Motu proprio» del Sumo Pontífice Francisco con la que se instituye el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral
En todo su ser y obrar, la Iglesia está llamada a promover el desarrollo integral del hombre a la luz del Evangelio. Este desarrollo se lleva a cabo mediante el cuidado de los inconmensurables bienes de la justicia, la paz y la protección de la creación. El Sucesor del Apóstol Pedro, en su labor de promover estos valores, adapta continuamente los organismos que colaboran con él, de modo que puedan responder mejor a las exigencias de los hombres y las mujeres, a los que están llamados a servir.
Con el fin de poner en práctica la solicitud de la Santa Sede en los mencionados ámbitos, como también en los que se refieren a la salud y a las obras de caridad, instituyo el Dicasterio para el servicio del desarrollo humano integral. En modo particular, este Dicasterio será competente en las cuestiones que se refieren a las migraciones, los necesitados, los enfermos y los excluidos, los marginados y las víctimas de los conflictos armados y de las catástrofes naturales, los encarcelados, los desempleados y las víctimas de cualquier forma de esclavitud y de tortura.
En el nuevo Dicasterio, regido por el Estatuto que con fecha de hoy apruebo ad experimentum, confluirán, desde el 1 de enero de 2017, las competencias de los actuales Consejos Pontificios que se indican a continuación: el Consejo Pontificio Justicia y Paz, el Consejo Pontificio «Cor unum», el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes y el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud. En esa fecha, estos cuatro Dicasterios cesarán en sus funciones y serán suprimidos, quedando abrogados los artículos 142-153 de la Constitución apostólica Pastor Bonus.
Cuanto deliberado con esta Carta apostólica en forma de «Motu proprio», ordeno que entre en vigor de manera firme y estable, no obstante cualquier disposición contraria, aunque sea digna de particular mención, y que sea promulgada mediante publicación en L’Osservatore Romano y, posteriormente, en Acta Apostolicae Sedis, entrando en vigor el 1 de enero de 2017.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 17 de agosto de 2016, Jubileo de la Misericordia, cuarto de mi Pontificado.


Audiencia General 2016.08.31