«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


12 de febrero de 2014

EL DIFÍCIL ARTE DE AMARSE A SÍ MISMO

Para vivir a gusto con la realidad y con los demás es necesario aprender a reconciliarse con la finitud y limitación. Aceptar, como ya he insistido, que en la vida no existen paraísos de felicidad absoluta, sino pequeños oasis que permiten el descanso y la recuperación para continuar el camino. También en las relaciones humanas se tropieza con la pequeñez de la otra persona que tampoco satisface por completo. El amor es el único puente por el que se consigue pasar a la otra orilla. Pero no es fácil este acercamiento en la inevitable distancia. Para reconciliarse con las sombras de los demás hay que haber aprendido con anterioridad el difícil arte de amarse a sí mismo.
Hablar de amor propio tiene connotaciones muy negativas. Siempre se ha condenado esta actitud, dentro de nuestra espiritualidad cristiana, como si se tratara de algo indigno y pecaminoso. Se la valora con un sentido peyorativo, pues parece un serio obstáculo para la experiencia del verdadero amor, que supone una apertura de sí mismo para el encuentro y la comunión con las otras personas. Sin embargo, a pesar de esta primera valoración espontánea muy poco positiva, no creo que exista una virtud tan difícil de alcanzar como amarse a sí mismo. Un verdadero arte que, por prejuicios y falsas interpretaciones, no hemos aprendido con mucha frecuencia, ni entraba tampoco entre los objetivos de una buena educación o de una pedagogía espiritual.
Los datos psicológicos y las recomendaciones evangélicas nos abren, sin embargo, a otra perspectiva bastante diferente. Mientras la persona no sea capaz de amarse a sí misma, reconciliarse con sus limitaciones, aceptar sus sombras y desajustes interiores, tampoco será posible amar al prójimo con sus propias deficiencias y fallos. Y Jesús vuelve a insistir en esta verdad cuando le responde al escriba sobre cuál es el primero de todos los mandamientos. Después de hacer referencia al texto conocido del Deuteronomio (6,4-5) para amar al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas, añade de forma explícita: "El segundo es: amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mc 12,31). En este caso, el amor hacia sí mismo posibilita y condiciona el cariño a los demás.
La persona, por tanto, ha de aprender a vivir, pacífica y armoniosamente, con una serie de elementos con los que había luchado a muerte para vencerlos y eliminarlos. Es el comienzo de una difícil y dolorosa convivencia, pues ha descubierto que los tendrá como compañeros inseparables, durante el largo viaje de su historia. Desde ahora en adelante hay que proseguir el camino en estrecha relación con nuestras tendencias egoístas, interesadas, anárquicas, hipócritas o con cualquier otro impulso negativo.
La cara oculta y sombreada que cada uno lleva en su interior no es nada más que un reflejo y exponente significativo de la sombra existente en el corazón de los demás. Por eso, la persona incapaz de reconciliarse con los elementos negativos que oculta en su dentro, ya sea porque no los conoce e ignora por completo, o bien porque no quiere aceptarlos de ninguna manera y preferiría mejor vivir sin experimentar su compañía, está imposibilitada también para comprender la existencia de esos mismos componentes en el corazón de los otros. El encuentro y la reconciliación con el prójimo comienza, a pesar de las diferencias y limitaciones, cuando el sujeto sabe reconciliarse consigo mismo y se abre con cariño y benevolencia hacia el fondo más profundo y negativo de su verdad.
Cada día estoy más convencido de que el que no sabe amar a los demás no es porque se quiera demasiado a sí mismo, sino porque no se ama lo suficiente. Nadie llega a quererse hasta que no consigue aceptarse como es y no como le hubiera gustado haber sido. Reconciliarse con los propios límites, sin que esto signifique cruzarse de brazos o quedar satisfecho. Reconocer que somos autores de ciertos capítulos o páginas de nuestra historia, que preferiríamos no haber escrito. Que existen, al menos, algunos párrafos o frases que nos gustaría borrar para no volver a leerlos. Es, en una palabra, abrazarse con la propia pequeñez y finitud, sin nostalgias infantiles, con una mirada realista, llena de comprensión y ternura y sin que falte tampoco una cierta dosis de humor.

 E. López Azpitarte SJ

10 de febrero de 2014

CONSTRUIR LA CASA Y LA CIUDAD



Vídeo que muestra la ponencia de Don Juan José Pérez-Soba Díez del Corral, con motivo del Curso de formación de Agentes de Pastoral de Familia y Vida. Desarrollado del 18 al 21 de julio de 2013, en El Escorial. Bajo el lema: "Amor conyugal. Institución y bien común". 

Este curso fue organizado por la Comisión de Apostolado Seglar y Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida.

9 de febrero de 2014

PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO EN EL ÁNGELUS DE 9/2/2014





Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio de este domingo, que viene inmediatamente después de las Bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos: "vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo "(Mt 5, 13.14). Esto nos sorprende, si pensamos quienes eran los que estaban delante de Jesús cuando dijo estas palabras. ¿Quiénes eran los discípulos? Eran pescadores, gente simple... Pero Jesús los mira con los ojos de Dios, y su declaración se entiende como resultado de las Bienaventuranzas. Su significado: ¡Si eres pobre en espíritu, Manso, misericordioso, puros de corazón... eres la sal de la tierra y la luz del mundo!
Para entender mejor estas imágenes, tenga en cuenta la ley judía prescrita que pone una pizca de sal sobre cada oferta presentada a Dios, como un signo de Alianza. La luz, entonces, Israel era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo.
Los cristianos, el nuevo Israel, reciben una misión contra todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar la humanidad fructífera. Todos nosotros bautizados, somos discípulos y misioneros y estamos llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa "probará" a los diferentes ambientes y los defenderá de la corrupción, como lo hace la sal; y traerán la luz de Cristo con el testimonio de una genuina obra de caridad. Pero si los cristianos pierden sabor y se apagan, su presencia pierde efectividad.
Después del Ángelus
El 11 de febrero, el próximo martes, celebramos la memoria de la Santísima Virgen de Lourdes, y vamos a vivir la Jornada Mundial del enfermo. Es la ocasión propicia para poner en el centro de los enfermos, orar por ellos y con ellos, ser sus vecinos. El mensaje para este día está inspirado por la expresión de San Juan: fe y la caridad: "debemos dar nuestras vidas por los hermanos" (1 Jn. 3.16).
En particular, nosotros podemos imitar la actitud de Jesús hacia todo tipo de pacientes: el señor se encarga de todas las acciones de su sufrimiento y abre el corazón a la esperanza.
Quiero tener unas palabras para los cuidadores: Qué trabajo valioso! Se reúnen cada día con los enfermos no sólo marcados por cuerpos frágiles, sino también con gente, a quienes les ofrecen atención y respuestas adecuadas.
La dignidad de la persona no termina cuando la persona está débil, discapacitada y necesitaa ayuda. También quiero recordar a las familias, donde es normal que tenga cuidado de aquellos que están enfermos. A a veces las situaciones pueden ser muy pesadas. Muchos me escriben y hoy me gustaría asegurarles una oración para todas las familias, y les digo: no tengáis miedo de la debilidad. Ayudarnos unos a otros con amor y sentir la presencia consoladora de Dios.
Los cristianos debemos tener una generosa actitud hacia los enfermos mentales, esa es la sal de la tierra y la luz del mundo. Que la Virgen María nos ayude a practicarlo y obtener paz y consuelo por todo el sufrimiento.
En estos días tienen lugar en Sochi, Rusia, los Juegos Olímpicos de Invierno. Envío mi felicitación a los organizadores y a todos los atletas, con la esperanza de que sea una verdadera fiesta del deporte y la amistad.
Saludo a todos los peregrinos aquí hoy, familias, grupos parroquiales, asociaciones. En particular, saludo a los maestros y estudiantes del Reino Unido; los teólogos cristianos de diferentes países europeos, que se encuentran en Roma para un Congreso de estudio; los fieles de la parroquia de Santa María Inmaculada y San Vicente de Paul en Roma, quienes vienen de Leapfrog y Montecarelli en Mugello, la comunidad de alivio y la Escuela di San Luca-Bovalino, en Calabria.
Rezo por aquellos que están sufriendo las molestias de los daños causados por los desastres naturales, en diferentes países. La naturaleza nos desafía a estar atentos a la custodia de la creación, para evitar, en la medida de lo posible, las consecuencias más graves. Os deseo un buen el domingo y buena comida. ¡Adiós!
Fuente:Radiovaticana

8 de febrero de 2014

EL PAPA FRANCISCO RECUERDA A JUAN PABLO II Y PIDE A OBISPOS CENTRARSE EN LA FAMILIA


- El Papa Francisco ha recibido a los obispos de la Conferencia Episcopal de Polonia al final de visita ad limina y se ha referido al Beato Juan Pablo II como el “gran Pastor que nos guía desde el Cielo y nos recuerda lo importante que es la comunión espiritual y pastoral entre los obispos” y ha exhortado a los prelados cuidar de la familia, la formación para el matrimonio, la promoción de la vida consagrada y el servicio a los pobres.
Las conversaciones que el Santo Padre ha tenido estos días con los prelados polacos han confirmado que la Iglesia en Polonia tiene “un gran potencial de fe y oración, de caridad y práctica cristiana” y todo ello “favorece la formación del pueblo cristiano, la práctica motivada y comprometida, la disponibilidad de los laicos y religiosos a cooperar activamente en la comunidad eclesial y en las estructuras sociales”.
Sin embargo, también hay un cierto declive en varios aspectos de la vida cristiana que requieren “un discernimiento , una búsqueda de motivos y formas de afrontar nuevos retos, como -por ejemplo- la idea de la libertad sin límites, la tolerancia hostil o desconfiada de la verdad, o el malhumor por la justa oposición de la Iglesia al relativismo imperante”.
El Papa Francisco resaltó que la familia, “lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer unos a otros y donde los padres transmiten la fe a sus hijos”, debe estar al centro del ministerio pastoral ordinario de los obispos, también porque “hoy el matrimonio se considera a menudo una forma de gratificación emocional que se puede constituir de cualquier forma y modificar de acuerdo a la sensibilidad de cada uno. Por desgracia, esta visión también afecta a la mentalidad de los cristianos y desemboca en la facilidad para recurrir al divorcio o a la separación de hecho”.
Por eso “los pastores están llamados a interrogarse sobre cómo ayudar a los que viven en esta situación, para que no se sientan excluidos de la misericordia de Dios, del amor fraternal de otros cristianos, ni de la solicitud de la Iglesia por su salvación”.
También deben plantearse la cuestión de cómo ayudarlos “a no abandonar la fe y a hacer crecer a sus hijos en la plenitud de la experiencia cristiana”. En este ámbito hay que preguntarse igualmente cómo mejorar la preparación de los jóvenes para el matrimonio para que “descubran la belleza de esta unión fundada en el amor y la responsabilidad” y cómo “ayudar a las familias a vivir y apreciar tanto los momentos de alegría como los de dolor y debilidad”.
Con la perspectiva de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Cracovia en 2016, el Santo Padre piensa en los jóvenes, “que con las personas mayores son la esperanza de la Iglesia” y a los que hoy un mundo informático “proporciona nuevas oportunidades para la comunicación pero al mismo tiempo reduce las relaciones interpersonales de contacto directo, de intercambio de valores y experiencias compartidas. Sin embargo, en los corazones de los jóvenes hay una aspiración a algo más profundo, que valorice en plenitud su personalidad y hay que salir al encuentro de ese deseo”.
Una buena oportunidad, en ese sentido la ofrece la catequesis a la que participan en Polonia la mayoría de los alumnos en las escuelas y alcanzan así una buena comprensión de las verdades de la fe. “La religión cristiana, sin embargo no es una ciencia abstracta, sino un conocimiento existencial de Cristo, una relación personal con Dios que es amor “.
El tercer tema del discurso del Pontífice ha sido la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada. Después de constatar que son muchos los sacerdotes polacos que ejercen su ministerio tanto en las Iglesias locales como en el extranjero y en las misiones, ha elogiado las universidades y facultades de Teología de Polonia en las que “los seminaristas consiguen una válida preparación intelectual y pastoral... que debe ir siempre acompañada de la formación humana y espiritual”.
Pero, en el sacerdocio, “la luz del testimonio puede ofuscarse o 'esconderse debajo de un almud' si le faltara el espíritu misionero, la voluntad de 'salir' en una renovada conversión misionera para buscar - también en las periferias - y acercarse a los que esperan la Buena Nueva de Cristo. Este estilo apostólico requiere también un espíritu de pobreza, de abandono, para ser libres en el anuncio y sinceros en el testimonio de la caridad”.
En lo que respecta las vocaciones a la vida consagrada, especialmente las de las mujeres, “preocupa la disminución de la afiliación a las congregaciones religiosas en Polonia, un fenómeno complejo cuyas causas son múltiples”.
”Espero –dijo el Papa– que los institutos religiosos femeninos sigan siendo -de forma adecuada a nuestros tiempos- lugares privilegiados de la afirmación y el crecimiento humano y espiritual de la mujer. Y las religiosas deben estar listas para hacer frente a tareas y misiones difíciles y exigentes, que valoricen sus capacidades intelectuales, afectivas y espirituales, su talentos y carismas personales”.
El Pontífice exhortó a atender a los pobres porque también en Polonia, a pesar del actual desarrollo económico del país, “hay tantos necesitados, desempleados, personas sin hogar, enfermos, abandonados, así como muchas familias: sobre todo numerosas- sin medios suficientes para vivir y educar a sus hijos. ¡Estén cerca de ellos! Sé todo lo que en este campo hace la Iglesia en Polonia , mostrando gran generosidad no sólo en patria, sino también en otros países de todo el mundo. Os doy las gracias. Continúen alentando a todos a tener la ‘creatividad de la caridad’ y a practicarla siempre”.
“Y no se olviden –concluyó el Papa Francisco– de los que, por diversas razones dejan el país y tratan de construir una nueva vida en el extranjero. Su crecientes número y sus necesidades quizás requieran más atención por parte de la Conferencia Episcopal. Acompáñenlos con la atención pastoral adecuada para que puedan mantener la fe y las tradiciones religiosas del pueblo polaco”.
VATICANO, 07 Feb. 14 / 10:25 am (ACI/EWTN Noticias).


MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2014










Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de San Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de San Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?
La gracia de Cristo
Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se "vació", para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama.
La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).
La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice San Pablo— «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica.
¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, San Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).
¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros.
La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura.
La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su "yugo llevadero", nos invita a enriquecernos con esta "rica pobreza" y "pobre riqueza" suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).
Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.
Nuestro testimonio
Podríamos pensar que este "camino" de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.
A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual.
La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diaconía, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad.
En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.
No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente.
Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.
El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza!
Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.
Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza.
La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.
Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.