«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


21 de mayo de 2017

UN MENSAJE IMPORTANTE DE FRANCISCO SOBRE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Quizá ha pasado inadvertido el mensaje enviado por el papa a la presidente de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, que celebraba sesión plenaria entre el 28 de abril y el 2 de mayo. Lógicamente, en esas fechas, la atención se centraba en el viaje del pontífice a Egipto. Pero la Academia abordaba un tema muy querido de Francisco: “Hacia una sociedad participativa: nuevas vías para la integración social y cultural”. Reafirma ideas conocidas, pero acentúa enfoques y perspectivas que proyectan la doctrina social de la Iglesia –parte de la teología moral, según la enseñanza de Juan Pablo II y el decisivo desarrollo de Benedicto XVI en la encíclica Caritas in veritate- hacia la solución de problemas actuales candentes.
 Ante todo, el papa habla de la virtud de la justicia, cosa lógica desde el plano moral. Pero con la audacia de referirse también a una virtud de las instituciones, que recuerda –en términos positivos- las llamadas hace años estructuras de pecado. En cierto modo, esa referencia estaba implícita en la antigua distinción de las diversas justicias, más allá del estricto deber de dar a cada uno lo suyo, ad aequalitatem. De ahí la necesidad de ampliar la perspectiva de esa virtud respeto del trabajo humano. A finales del siglo XIX, León XIII insistió en el salario justo. Hoy, tras el Concilio Vaticano II, también hay que preguntarse  sobre la dignidad humana en los procesos de producción o en la prestación de servicios. Francisco recuerda un pasaje fundamental de Gaudium et spes, 67: “es necesario adaptar todo el proceso de producción a las necesidades de la persona y a sus formas de vida”.
 No significa sólo un buen deseo de situar a la fraternidad humana como un principio regulador del orden económico. Experiencias sociales recientes muestran el empobrecimiento de la convivencia ciudadana a causa de la separación, en palabras de Francisco, de ese “código de la eficiencia -que por sí sola sería suficiente para regular las relaciones entre los seres humanos en la esfera económica- y el código de la solidaridad -que regularía las interrelaciones dentro de la esfera social”.
 En la mente del papa se impone la distinción entre solidaridad y fraternidad, también para evitar la dicotomía de igualdad y diversidad: “mientras que la solidaridad es el principio de la planificación social que permite a los desiguales llegar a ser iguales, la fraternidad permite a los iguales ser personas diversas”. La visión fraterna amplia el panorama al reconocimiento de las distintas cualidades y expectativas personales –vocacionales- de cada uno. La lucha contras las desigualdades y abusos –hasta la exclusión y las nuevas esclavitudes- no puede poner entre paréntesis las condiciones de cada persona, también desde el punto de vista de su aportación al bien común. Igualdad no es igualitarismo.
 Pero “no es capaz de futuro una sociedad en la que se disuelve la verdadera fraternidad; es decir, no es capaz de progresar  la sociedad en la que sólo existe el ‘dar para recibir’ o el ‘tener que dar’. Por eso, ni la visión del mundo liberal-individualista, en la que todo (o casi) es trueque, ni la visión centrada en el Estado en la que todo (o casi) es obligación, son guías seguras para llevarnos a superar la desigualdad, la inequidad  y la exclusión en  que nuestras sociedades están sumidas. Se trata de buscar una salida a la alternativa sofocante entre la tesis neoliberal y la neo-estatalista". Aunque, en la crítica papal de los errores modernos, se lleva la palma el “individualismo libertario”.
 Francisco pone una vez más la libertad humana en el eje de la aproximación cristiana a los problemas sociales. Incluye la libertad “para”, es decir, “la libertad de seguir la propia vocación de bien tanto personal como social. La idea clave es que la libertad va de la mano con la responsabilidad de proteger el bien público y promover la dignidad, la libertad y el bienestar de los demás, hasta  llegar a los pobres, a los excluidos y a las generaciones futuras”.
 En definitiva, se trata de promover un desarrollo humano integral: toda acción, también el trabajo, debe ser expresión de la persona, de su vocación, de su sentido de responsabilidad. Así, “el lugar de trabajo no es simplemente el lugar en que se transforman determinados elementos, de acuerdo con ciertas reglas y procedimientos, en productos; es también el lugar en el que se forman (o transforman) el carácter y la virtud del trabajador”. Ante los evidentes desafíos de la hora presente, no bastan “la mera actualización de las viejas categorías de pensamiento o el recurso a técnicas sofisticadas de decisión colectiva”; “es necesario buscar nuevos caminos inspirados en el mensaje de Cristo”, también para tejer las “redes de caridad” con las que soñaba Benedicto XVI.
 Fuente: Religión Confidencial
Autor: Salvador Bernal


ESCUCHEMOS A JESÚS QUE AÚN HOY NOS LLAMA AL AMOR EVANGÉLICO, ALENTÓ EL PAPA EN LA CITA PARA EL REGINA COELI

Texto completo de las palabras del Papa Francisco antes del Regina Coeli
El Evangelio de hoy (cfr Jn 14,15-21), prosiguiendo con el del domingo pasado, nos vuelve a llevar a aquel momento conmovedor y dramático que es la última cena de Jesús con sus discípulos. El evangelista Juan recoge de la boca y del corazón del Señor sus últimas enseñanzas, antes de la pasión y de la muerte. Jesús promete a sus amigos, en aquel momento triste, oscuro, que, después de Él, recibirán «otro Paráclito» (v. 16). Esta palabra significa otro «Abogado», otro Defensor, otro Consolador, «el Espíritu de la Verdad» (v. 17). Y añade: «No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes» (v. 18). Estas palabras transmiten la alegría de una nueva venida de Cristo: él resucitado y glorificado, está en el Padre y, al mismo tiempo, viene a nosotros en el Espíritu Santo. Y en esta nueva venida suya se revela nuestra unión con Él y con el Padre: «comprenderán que yo estoy en mi Padre y que ustedes están en mí y yo en ustedes» ( v 20).
Meditando estas palabras de Jesús, nosotros percibimos hoy con sentido de fe que somos el pueblo de Dios en comunión con el Padre y con Jesús, mediante el Espíritu Santo. En este misterio de comunión, la Iglesia encuentra la fuente inagotable de su propia misión, que se realiza mediante el amor. Jesús dice en el Evangelio de hoy: «El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él». (v. 21). Es el amor el que nos introduce en el conocimiento de Jesús, gracias a la acción de este «Abogado» que Jesús ha enviado, es decir el Espíritu Santo. El amor a Dios y al prójimo es el mandamiento más grande en el Evangelio. Hoy, el Señor  nos llama a corresponder generosamente a la llamada evangélica del amor, poniendo a Dios en el centro de nuestra vida y dedicándonos al servicio de los hermanos, en especial de los más necesitados de apoyo y consolación.
Si hay una actitud que nunca es fácil, nunca es descontada aun para una comunidad cristiana, es precisamente la de saberse amar, quererse mucho siguiendo el ejemplo del Señor y con su gracia. A veces los contrastes, el orgullo, las envidias, las divisiones dejan marcas también en el rostro bello de la Iglesia. Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y sin embargo, es allí precisamente donde el maligno «se interpone» y nosotros a veces nos dejamos engañar. Y los que pagan son las personas espiritualmente más débiles. Cuántas de ellas – y ustedes conocen a algunas – cuántas de ellas se han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. Cuántas personas se han alejado, por ejemplo, de alguna parroquia o comunidad por el ambiente de habladurías, de celos, de envidias que han encontrado. También para un cristiano el saber amar no es un dato adquirido una vez para siempre; hay que volver a empezar cada día, hay que ejercitarse para que nuestro amor hacia los hermanos y las hermanas que encontramos se vuelva cada vez más maduro y purificado de aquellos límites o pecados que lo hacen parcial, egoísta, estéril e infiel. Cada día se debe aprender el arte de amar. Escuchen esto: cada día se debe aprender el arte de amar, cada día se debe seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día se debe perdonar y contemplar a Jesús, y ello con la ayuda de este «Abogado», de este Consolador que Jesús nos ha enviado que es el Espíritu Santo.
Que la Virgen María, perfecta discípula de su Hijo y Señor, nos ayude a ser cada vez más dóciles al Paráclito, al Espíritu de la Verdad, para aprender cada día a amarnos como Jesús nos ha amado».


18 de mayo de 2017

EL ABORTO EN ESPAÑA 30 AÑOS DESPUÉS (1985- 2015)


El pasado mes de diciembre de 2016 se publicaron los datos del número de abortos registrados en 2015.

El Instituto de Política Familiar de España ha elaborado un informe de la evolución del aborto en estos treinta años.
Pueden ver la informe AQUÍ  

PAPA: JESÚS RESUCITADO TRANSFORMA EL MUNDO. DIOS «SOÑADOR» QUE NOS AMA


Texto completo de la catequesis del Papa Francisco
 «Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
En estas semanas, nuestra reflexión se mueve, por decir así, en la órbita del misterio pascual. Hoy, encontramos a aquella que, según los Evangelios, fue la primera en ver a Jesús Resucitado: María Magdalena. Acababa de terminar el descanso del sábado. El día de la pasión no había habido tiempo para completar los ritos fúnebres; por ello, en ese amanecer lleno de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús, con los ungüentos perfumados. La primera que llega es ella: María de Magdala, una de las discípulas que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio de la Iglesia naciente. En su camino hacia el sepulcro, se refleja la fidelidad de tantas mujeres, que durante años acuden con devoción a los cementerios, recordando a alguien que ya no está. Los lazos más auténticos no se quiebran ni siquiera con la muerte: hay quien sigue amando, aunque la persona amada se haya ido para siempre.

El Evangelio (cfr Jn 20, 1-2-11-18) describe a la Magdalena subrayando enseguida que no era una mujer que se entusiasmaba con facilidad. En efecto, después de la primera visita al sepulcro, vuelve desilusionada al lugar donde los discípulos se escondían; refiere que la piedra ha sido movida de la entrada del sepulcro y su primera hipótesis es la más sencilla que se pueda formular: alguien debe haberse llevado el cuerpo de Jesús. Así, el primer anuncio que María lleva no es el de la resurrección, sino el de un robo que algunos desconocidos han perpetrado, mientras toda Jerusalén dormía.
Luego, los Evangelios cuentan otra ida de la Magdalena al sepulcro de Jesús. Era una testaruda ésta, ¿eh? Fue, volvió… y no, no se convencía…Esta vez su paso es lento, muy pesado. María sufre doblemente: ante todo por la muerte de Jesús, y luego por la inexplicable desaparición de su cuerpo.
Es mientras está inclinada cerca de la tumba, con los ojos llenos de lágrimas, cuando Dios la sorprende de la manera más inesperada. El evangelista Juan subraya cuán persistente es su ceguera: no se da cuenta de la presencia de los dos ángeles que la interrogan y ni siquiera sospecha viendo al hombre a sus espaldas, creyendo que era el guardián del jardín. Y, sin embargo, descubre el acontecimiento más sobrecogedor de la historia humana cuando finalmente es llamada por su nombre: ¡«María!» (v. 16)
¡Qué lindo es pensar que la primera aparición del Resucitado – según los evangelios - fue de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. Es una ley que encontramos grabada en muchas páginas del Evangelio. Alrededor de Jesús hay tantas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que, mucho antes, es ante todo Dios el que se preocupa por nuestra vida, que quiere volverla a levantar, y para hacer esto nos llama por nuestro nombre, reconociendo el rostro personal de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros, Dios nos llama por nuestro nombre: nos conoce por nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es verdad o no es verdad? Cada uno de nosotros tiene esta experiencia.
Y Jesús la llama: «¡María!»: la revolución de su vida, la revolución destinada a transformar la existencia de todo hombre y de toda mujer, comienza con un nombre que resuena en el jardín del sepulcro vació. Los Evangelios nos describen la felicidad de María: la resurrección de Jesús no es una alegría dada con cuentagotas, sino una cascada que arrolla toda la vida. La existencia cristiana no está entretejida con felicidades blandas, sino con oleadas que lo arrollan todo. Intenten pensar también ustedes, en este instante, con el bagaje de desilusiones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en el corazón, que hay un Dios cercano a nosotros, que nos llama por nuestro nombre y nos dice: «¡Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte!». Esto es muy bello.
Jesús no es uno que se adapta al mundo, tolerando que perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte, sino que nuestro Dios – me permito la palabra – es un soñador: sueña la transformación del mundo y la ha realizado en el misterio de la Resurrección.
María quisiera abrazar a su Señor, pero Él ya está orientado hacia el Padre celeste, mientras que ella es enviada a llevar el anuncio a los hermanos. Y así aquella mujer, que antes de encontrar a Jesús estaba en manos del maligno (cfr Lc 8,2), ahora se ha vuelto apóstol de la nueva y mayor esperanza. Que su intercesión nos ayude a vivir también nosotros esa experiencia: en la hora del llanto, en la hora del abandono, escuchar a Jesús Resucitado que nos llama por nombre y, con el corazón lleno de alegría, ir a anunciar: «¡He visto al Señor!». ¡He cambiado vida porque he visto al Señor! Ahora soy diferente a como era antes, soy otra persona. He cambiado porque he visto al Señor. Ésta es nuestra fortaleza y ésta es nuestra esperanza. Gracias»

(Traducción del italiano: Cecilia de Malak – RV)

12 de mayo de 2017

¡MUJERES TENÍAN QUE SER!

Eran mujeres las que, según la narración de los evangelios sinópticos, el primer día de la semana se arriesgaron a ir muy de mañana al sepulcro. Habían permanecido al pie de la cruz mientras los discípulos varones –excepto Juan– salieron a esconderse por temor a sufrir la suerte de Jesús, el Maestro a quien seguían. Más aún, uno de ellos, cuando en el patio del sumo sacerdote le preguntaron si conocía al que las autoridades estaban juzgando, tres veces respondió que ni idea, que no lo conocía, que no pertenecía al grupo de sus seguidores. Y fue entonces cuando cantó el gallo.
Pero volvamos a las mujeres. Ellas también sintieron miedo. Sin embargo, se arriesgaron a ir ungir el cadáver que habían depositado en la tumba, ritual que correspondía a las mujeres y que ellas iban a cumplir. Por eso madrugaron para ir a su tumba “llevando los perfumes que habían preparado” (Lc 24,1).
Así lo consignaron los evangelios sinópticos (Mt 28,1-10; Mc 16,1-8; Lc 24,1-12), mientras Juan solo menciona a María Magdalena (Jn 20,1-10). Precisaron, además, que sintieron miedo: “estaban temblando, asustadas” (Mc 16,8), escribe Marcos, y Mateo aclara que tenían “miedo y mucha alegría a la vez” (Mt 28,8), mientras Juan cuenta que María Magdalena lloraba. ¡Al fin y al cabo, mujeres tenían que ser para arriesgarse a pesar del miedo que sentían!
“No tengan miedo”, les dijo el ángel que cuidaba el lugar donde habían depositado el cadáver del crucificado y se los repitió el Resucitado que salió a su encuentro. Uno y otro –el ángel y el Resucitado– les encargaron ir a contar a los otros discípulos que la tumba estaba vacía. Que Jesús había resucitado.
“Ve y di a mis hermanos”, le encargó el Resucitado a María Magdalena, y ella “fue y contó a los discípulos –a los discípulos varones, vale la pena aclarar–que había visto al Señor y también les contó lo que él le había dicho” (Jn 20,17-18). Lucas, por su parte, constata: “Las que llevaron la noticia a los apóstoles fueron María Magdalena, Juana, María madre de Santiago, y las otras mujeres” (Lc 24,10). Las mismas que según el mismo Lucas seguían a Jesús (Lc 8,2-3). Es decir, eran discípulas. Y el Resucitado las envió como apóstoles. Porque anunciar la resurrección de Jesús es lo propio del apóstol.
Claro los discípulos no les creyeron. ¡Mujeres tenían que ser para andar con esos cuentos! Y no podían dar crédito a habladurías de mujeres: según el evangelio de Marcos “no querían creerles” (Mc 16,11); según el de Lucas “les pareció una locura lo que ellas decían” (Lc 24,11).
Después de este relato del encuentro de las discípulas con Jesús resucitado y de haber sido enviadas por él mismo a anunciar la resurrección, como primeras apóstoles, ninguno de los evangelios menciona a las mujeres que fueron al sepulcro muy de mañana. Desaparecen porque eran mujeres.
Obviamente en un mundo en el que las mujeres debían guardar silencio, a pesar de que los evangelios constatan la misión que el Resucitado les confió, los mismos evangelios, seguidos por la tradición de dos mil años, solo registraron apóstoles varones e invisibilizaron a las apóstoles mujeres que fueron, de verdad, las primeras. Y las consecuencias son bien conocidas: la invisibilización y el silencio de los mujeres en la Iglesia a la largo de estos dos mil años.
Obviamente, también, la historia de estas mujeres –las primeras apóstoles– resuena en este tiempo de Pascua. ¡Y sí, mujeres tenían que ser para arriesgarse y por ser mujeres quedaron invisibilizadas!

Fuente: Vida Nueva

Autora: Isabel Corpas

PAPA FRANCISCO EN LA CATEQUESIS: «DEMOS RAZONES DE NUESTRA ESPERANZA CON EL TESTIMONIO DE VIDA»


Texto completo de la catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
¡La Primera Carta del Apóstol Pedro lleva en sí una carga extraordinaria! Es necesario leerla una, dos, tres veces para entender, esta carga extraordinaria: logra infundir gran consolación y paz, haciendo percibir como el Señor está siempre junto a nosotros y no nos abandona jamás, sobre todo en los momentos más delicados y difíciles de nuestra vida. Pero, ¿cuál es el secreto de esta Carta, y en modo particular del pasaje que hemos apenas escuchado (Cfr. 1 Pt 3,8-17)? Esta es la pregunta. Yo sé que ustedes hoy tomarán el Nuevo Testamento, buscarán la Primera Carta de Pedro y la leerán con calma, para entender el secreto y la fuerza de esta Carta. ¿Cuál es el secreto de esta Carta?
1. El secreto está en el hecho de que este escrito tiene sus raíces directamente en la Pascua, en el corazón del misterio que estamos por celebrar, haciéndonos así percibir toda la luz y la alegría que surgen de la muerte y resurrección de Cristo. Cristo ha resucitado verdaderamente, y este es un bonito saludo para darnos los días de Pascua: “¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!”, como muchos pueblos hacen. Recordándonos que Cristo ha resucitado, está vivo entre nosotros, está vivo y habita en cada uno de nosotros. Es por esto que San Pedro nos invita con fuerza a adorarlo en nuestros corazones (Cfr. v. 16). Allí el Señor ha establecido su morada en el momento de nuestro Bautismo, y desde allí continúa renovándonos y renovando nuestra vida, llenándonos de su amor y de la plenitud del Espíritu. Es por esto que el Apóstol nos exhorta a dar razones de la esperanza que habita en nosotros (Cfr. v. 15): nuestra esperanza no es un concepto, no es un sentimiento, no es un teléfono celular, no es un montón de riquezas: ¡no! Nuestra esperanza es una Persona, es el Señor Jesús que lo reconocemos vivo y presente en nosotros y en nuestros hermanos, porque Cristo ha resucitado. Los pueblos eslavos se saludan, en vez de decir “buenos días”, “buenas tardes”, en los días de Pascua se saludan con esto “¡Cristo ha resucitado!”, “¡Christos voskrese!”, lo dicen entre ellos; y son felices al decirlo. Y este es el “buenos días” y las “buenas tardes” que nos dan: “¡Cristo ha resucitado!”.
2. Entonces, comprendemos que de esta esperanza no se debe dar tantas razones a nivel teórico, con palabras, sino sobre todo con el testimonio de vida, y esto sea dentro de la comunidad cristiana, sea fuera de ella. Si Cristo está vivo y habita en nosotros, en nuestro corazón, entonces debemos también dejar que se haga visible, no esconderlo, y que actúe en nosotros. Esto significa que el Señor Jesús debe ser cada vez más nuestro modelo: modelo de vida y que nosotros debemos aprender a comportarnos como Él se ha comportado. Hacer lo mismo que hacia Jesús. La esperanza que habita en nosotros, por tanto, no puede permanecer escondida dentro de nosotros, en nuestro corazón: sino, sería una esperanza débil, que no tiene la valentía de salir fuera y hacerse ver; sino nuestra esperanza, como se ve en el Salmo 33 citado por Pedro, debe necesariamente difundirse fuera, tomando la forma exquisita e inconfundible de la dulzura, del respeto, de la benevolencia hacia el prójimo, llegando incluso a perdonar a quien nos hace el mal. Una persona que no tiene esperanza no logra perdonar, no logra dar la consolación del perdón y tener la consolación de perdonar. Sí, porque así ha hecho Jesús, y así continúa haciendo por medio de quienes le hacen espacio en sus corazones y en sus vidas, con la conciencia de que el mal no se vence con el mal, sino con la humildad, la misericordia y la mansedumbre. Los mafiosos piensan que el mal se puede vencer con el mal, y así realizan la venganza y hacen muchas cosas que todos nosotros sabemos. Pero no conocen que cosa es la humildad, la misericordia y la mansedumbre. ¿Y por qué? Porque los mafiosos no tienen esperanza. ¡Eh! Piensen en esto.
3. Es por esto que San Pedro afirma que  «es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal» (v. 17): no quiere decir que es bueno sufrir, sino que, cuando sufrimos por el bien, estamos en comunión con el Señor, quien ha aceptado sufrir y ser crucificado por nuestra salvación. Entonces cuando también nosotros, en las situaciones más pequeñas o más grandes de nuestra vida, aceptamos sufrir por el bien, es como si difundiéramos a nuestro alrededor las semillas de la resurrección, las semillas de vida e hiciéramos resplandecer en la oscuridad la luz de la Pascua. Es por esto que el Apóstol nos exhorta a responder siempre «deseando el bien» (v. 9): la bendición no es una formalidad, no es sólo un signo de cortesía, sino es un gran don que nosotros en primer lugar hemos recibido y que tenemos la posibilidad de compartirlo con los hermanos. Es el anuncio del amor de Dios, un amor infinito, que no se termina, que no disminuye jamás y que constituye el verdadero fundamento de nuestra esperanza.

Queridos amigos, comprendemos también porque el Apóstol Pedro nos llama «dichosos», cuando tengamos que sufrir por la justicia (Cfr. v. 13). No es sólo por una razón moral o ascética, sino es porque cada vez que nosotros tomamos parte a favor de los últimos y de los marginados o que no respondemos al mal con el mal, sino perdonando, sin venganza, perdonando y bendiciendo, cada vez que hacemos esto nosotros resplandecemos como signos vivos y luminosos de esperanza, convirtiéndonos así en instrumentos de consolación y de paz, según el corazón de Dios. Así, adelante con la dulzura, la mansedumbre, siendo amables y haciendo el bien incluso a aquellos que no nos quieren, o nos hacen del mal. ¡Adelante!

9 de mayo de 2017

HOMILÍA DEL PAPA: DOCILIDAD AL ESPÍRITU SANTO PARA TENER BONDAD

(RV).- No nos resistamos al Espíritu Santo, sino acojamos la Palabra con docilidad. Fue la exhortación del Santo Padre en su homilía de la misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. En esta ocasión el Papa Francisco ofreció la Eucaristía por las religiosas de esta Casa que celebran el día de su Fundadora, Santa Luisa de Marillac.
El Pontífice recordó que en días pasado había hablado de la resistencia al Espíritu Santo, y que Esteban reprochaba a los doctores de la Ley, mientras las Lecturas del día aluden a una actitud contraria, precisamente del cristiano, que es “la docilidad al Espíritu Santo”.
En efecto, Francisco destacó que después del martirio de Esteban, se había desatado una gran persecución en Jerusalén, donde sólo los Apóstoles permanecieron, mientras  “los creyentes”, “los laicos”, se habían dispersado en Chipre, en Fenicia y Antioquía – tal como narra la Primera Lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles – y anunciaban la Palabra sólo a los judíos. Si bien algunos de ellos en Antioquía comenzaron  a anunciar a Jesucristo también a los griegos, es decir “a los paganos”, puesto que sentían que el Espíritu los impulsaba a hacer esto. De modo que, como dijo el Papa Bergoglio, “fueron dóciles”. Y “fueron los laicos los que llevaron la Palabra después de la persecución, porque tenían esta docilidad al Espíritu Santo”.
El Apóstol Santiago, en el primer capítulo de su Carta, exhorta en efecto a “acoger con docilidad la Palabra”. De manera que, como dijo el Santo Padre, hay que estar abiertos, y no “ser rígidos”. A la vez que explicó que el primer paso en el camino de la docilidad es, por lo tanto, “acoger la Palabra”, es decir, “abrir el corazón”. En el segundo paso hay que “conocer la Palabra”, “conocer a Jesús”, quien dice: “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen”. Conocen – dijo Francisco –  porque son dóciles al Espíritu.
Y después, hay un tercer paso, a saber, “la familiaridad con la Palabra”:
“Llevar siempre con nosotros la Palabra, leerla, abrir el corazón a la Palabra, abrir el corazón al Espíritu que es quien nos hace comprender la Palabra. Y el fruto de este recibir la Palabra, de conocer la Palabra, de llevarla con nosotros, de esta familiaridad con la Palabra, es un fruto grande: es el fruto… la actitud de una persona que hace esto es bondad, benevolencia, alegría, paz, dominio de sí y mansedumbre”.
Éste es el estilo que produce la docilidad al Espíritu, prosiguió diciendo Francisco:
“Pero, debo recibir al Espíritu que me conduce a la Palabra con docilidad, y esta docilidad, no oponer resistencia al Espíritu, me llevará a este modo de vivir, a este modo de actuar. Recibir con docilidad la Palabra, conocer la Palabra y pedir al Espíritu la gracia de darla a conocer, y después dejar espacio para que esta semilla germine y crezca en aquellas actitudes de bondad, mansedumbre, benevolencia, paz, caridad, y control de sí: todo lo que hace el estilo cristiano”.
Es hermoso – dijo el Papa Bergoglio al concluir – que cuando Bernabé llegó a Antioquía y vio “la gracia de Dios”, se alegró y exhortó a “permanecer con corazón resoluto, fiel al Señor”, porque era un hombre “lleno del Espíritu Santo”:
“Está el Espíritu que nos guía para que no nos equivoquemos y para que acojamos con docilidad al Espíritu, conocer al Espíritu en la Palabra y vivir según el Espíritu. Y esto es lo contrario de las resistencias que Estaban reprochaba a los jefes, a los doctores de la Ley: ‘Ustedes siempre se han resistido al Espíritu Santo’. Al Espíritu, ¿nos resistimos al Espíritu, le oponemos resistencia? ¿O lo acogemos? Con docilidad: ésta es la palabra de Santiago. ‘Acoger con docilidad’. Resistencia contra docilidad. Pidamos esta gracia”.