«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


13 de mayo de 2015

TEXTO COMPLETO DE LA CATEQUESIS DEL PAPA EN LA AUDIENCIA DEL MIÉRCOLES 13 DE MAYO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy es como una puerta de entrada para una serie de reflexiones sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus circunstancias. Sobre esta puerta de entrada están escritas tres palabras, que ya he utilizado varias veces. Y estas palabras son: permiso, gracias, perdón. De hecho, estas palabras abren el camino para vivir bien en la familia. Son palabras sencillas, pero no tan sencillas para poner en práctica. Encierran una gran fuerza: la fuerza de cuidar la casa, también a través de miles de dificultades y pruebas; sin embargo su falta, poco a poco abre grietas que pueden incluso hacerla caer.

Nosotros las entendemos normalmente como las palabras de la “buena educación”. Está bien. Una persona bien educada pide permiso, da las gracias y pide perdón si se equivoca. Porque la buena educación es muy importante. Un gran obispo, san Francisco de Sales, solía decir que “la buena educación es ya mitad de santidad”. Pero, atención, en la historia hemos conocido también un formalismo de las buenas maneras que se puede convertir en máscara que esconde la aridez del alma y el desinterés por el otro. Se suele decir: "Detrás de muchas buenas maneras se esconden malas costumbres”. Ni siquiera la religión es inmune a este riesgo, que desliza el cumplimiento formal en la mundanidad espiritual. 

El diablo que tienta a Jesús ostenta buenas maneras --pero es realmente un señor, un caballero-- y cita las Sagradas Escrituras, parece un teólogo. Su estilo parece correcto,  pero su intento es desviar de la verdad del amor de Dios. Nosotros sin embargo entendemos la buena educación en sus términos auténticos, donde el estilo de las buenas relaciones está firmemente arraigado en el amor del bien y en el respeto del otro. La familia vive de esta finura del querer bien.

La primera palabra es permiso. Cuando nos preocupamos por pedir gentilmente eso que quizá creemos que merecemos, ponemos una defensa real en el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar. Entrar en la vida del otro, también cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasiva, que renueva la confianza y el respeto. La confianza no autoriza a dar todo por descontado. Y el amor, cuanto más íntimo y profundo es, más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón. A propósito de esto, recordamos esa palabra de Jesús en el libro del apocalipsis: "Mira que estoy en la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, yo iré con él, cenaré con él y él conmigo". ¡También el Señor pide permiso para entrar! No lo olvidemos. Antes de hacer algo en la familia, ¿permiso? ¿puedo hacerlo? ¿te gusta que lo haga así? Ese lenguaje verdaderamente educado, pero lleno de amor. Y esto hace mucho bien a las familias.

La segunda palabra es gracias. Muchas veces podemos pensar que nos estamos convirtiendo en una civilización de malas maneras y malas palabras, como si fuera un signo de emancipación. Las escuchamos decir muchas veces también públicamente. La gentileza y la capacidad de dar las gracias son vistas como un signo de debilidad, a veces suscitan incluso desconfianza.

Esta tendencia se contrasta en el mismo seno de la familia. Debemos ser intransigentes sobre la educación en la gratitud, en el reconocimiento: la dignidad de las personas y la justicia social pasan ambas por aquí. Si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo perderá. La gratitud, además, para un creyente, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe dar las gracias es uno que se ha olvidado del lenguaje de Dios. ¡Escuchad bien eh! Un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado del lenguaje de Dios. ¡Es feo esto, eh!

Recordamos la pregunta de Jesús cuando sanó diez leprosos y solo uno de ellos volvió para darle las gracias. Una vez escuché de una persona anciana, muy sabia, muy buena, sencilla, pero con esa sabiduría de la piedad, de la vida… “La gratitud es una planta que crece solamente en la tierra de las almas nobles”. Esa nobleza del alma, esa gracia de Dios en el alma que empuja a decir: Gracias a la gratitud. Es la flor de un alma noble. Ésta es una algo bonito.

Y la tercera palabra es “perdón”. Palabra difícil, sí, pero también necesaria. Cuando falta, pequeñas grietas se engrandecen ---aún sin quererlo-- hasta convertirse en fosas profundas.

No por nada, en la oración enseñada por Jesús, el “Padre nuestro” que resume todas las preguntas esenciales de nuestra vida, encontramos esta expresión: "Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Reconocer haber faltado, y estar deseoso de restituir lo que se ha quitado --respeto, sinceridad, amor-- nos hace dignos del perdón. Y así se para la infección. Si no tenemos capacidad de pedir perdón, quiere decir que tampoco somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón empieza a faltar el aire, las aguas se estancan. Muchas heridas de los afectos, muchas laceraciones en las familias comienzan con la pérdida de esta palabra preciosa: perdón. En la vida matrimonial se pelea muchas veces, también “vuelan los platos”, pero doy un consejo: no terminen el día sin hacer las paces. Escuchad bien. ¿Habéis peleado marido y mujer? ¿Hijos con padres? ¿Habéis peleado fuerte? No está bien pero no es el problema: el problema es que este sentimiento no esté al día siguiente. Por eso, si han peleado, no hay que terminar nunca el día sin hacer las paces en familia. ¿Y cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Solamente un pequeño gesto, una cosita así. ¡Y la armonía familiar vuelve, eh! ¡Basta una caricia! Sin palabras. Pero nunca terminar el día en familia sin hacer las paces. ¿Entendido? ¡No es fácil, eh! Pero se debe hacer. Y con esto la vida será más bella.

Estas tres palabras-clave de la familia son palabras sencillas, y quizá en un primer momento nos hacen sonreír. Pero cuando las olvidamos, no hay nada de que reír ¿verdad? Nuestra educación, quizás, las descuida demasiado. El Señor nos ayude a volverlas a poner en el lugar exacto, en nuestro corazón, en nuestra casa, y también en nuestra convivencia civil. Y ahora invito a repetir todos juntos estas tres palabras: “permiso, gracias, perdón”… ¡todos juntos! “permiso, gracias, perdón”. Son tres palabras para entrar realmente en el amor de la familia, para que la familia quede bien. Ahora, repetir ese consejo que he dado, todos juntos: nunca terminar la jornada sin hacer las paces. Todos. “Nunca terminar la jornada sin hacer las paces”. Gracias.

(Texto traducido y transcrito desde el audio por ZENIT)

EL PAPA FRANCISCO EN LA CATEQUESIS: QUE NO FALTEN EN NUESTRO CORAZÓN, EN NUESTROS HOGARES Y EN LA CONVIVENCIA CIVIL LAS TRES PALABRAS: PERMISO, PERDÓN Y GRACIAS.


(RV).- En el miércoles de la VI semana de Pascua el Pontífice anunció que la catequesis del día es como la puerta de ingreso a una serie de reflexiones sobre la vida de la familia, la vida real con sus tiempos y sus acontecimientos. Papa Francisco volvió a hablar de las tres palabras “permiso, perdón y gracias”, las cuales, dijo, contienen una “gran fuerza”: la fuerza de custodiar el hogar aún a través de miles de pruebas y dificultades.
“Queridos hermanos y hermanas:
La catequesis de hoy quiere ser la puerta de una serie de reflexiones sobre la vida de la familia, la vida real, cotidiana. Sobre esta puerta están escritas tres palabras que ya hemos utilizado otras veces: permiso, gracias, perdón. Más fáciles de decir que de poner en la práctica, pero absolutamente necesarias. Son palabras vinculadas a la buena educación, en su sentido genuino de respeto y deseo del bien, lejos de cualquier hipocresía y doblez”.
Efectivamente, el Papa recordó a San Francisco de Sales que solía decir: “la buena educación ya es media santidad”. Pero aludiendo a la memoria histórica el Pontífice puso en guardia sobre el “formalismo de las buenas maneras”, que puede convertirse en una “máscara” que esconde “la aridez de ánimo y de desinterés por el otro”. De hecho, “el diablo que tienta a Jesús hace alarde de las buenas maneras y cita inclusive las Sagradas Escrituras” advirtió el Papa. “Su estilo aparece como correcto, pero su intento es el de desviar de la verdad del amor de Dios”.
Más íntimo y más profundo es el amor, más respeto exige
“La palabra Permiso nos recuerda que debemos ser delicados, respetuosos y pacientes con los demás, incluso con los que nos une una fuerte intimidad. Como Jesús, nuestra actitud debe ser la de quien está a la puerta y llama”.
Para entrar en la vida del otro aun cuando éste es parte de nuestra vida es necesaria la delicadeza de una actitud no invasiva, que renueva la confianza y el respeto - siguió diciendo Francisco – porque la confianza no autoriza a dar todo por descontado. Por eso cuando nos preocupamos por pedir gentilmente también aquello que tal vez pensamos que podemos pretender, ponemos al amparo el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar.
La gratitud, una planta que crece en la tierra de las almas nobles
“Dar las Gracias parece un signo de contradicción para una sociedad recelosa, que lo ve como debilidad. Sin embargo, la dignidad de las personas y la justicia social pasan por una educación a la gratitud. Una virtud, que para el creyente, nace del corazón mismo de su fe”.
Muchas veces oímos decir malas palabras y utilizar malas maneras también públicamente, como si fueran un “signo de emancipación”, pero ésta es “una tendencia que debe ser combatida en el seno mismo de la familia”, porque “si la vida familiar descuida la educación a la gratitud y al reconocimiento, también la vida social lo perderá” argumentó el Papa.
Una palabra difícil y sin embargo tan necesaria
“Finalmente, el Perdón es el mejor remedio para impedir que nuestra convivencia se agriete y llegue a romperse. El Señor nos lo enseña en el Padrenuestro, aceptar nuestro error y proponer corregirnos es el primer paso para la sanación. Esposos, no terminen nunca el día sin reconciliarse”.
Esta palabra difícil pero a la vez tan necesaria, a la vez que nos hace dignos del perdón, dijo el Pastor de la Iglesia Universal, abre el camino para sanar las muchas heridas de los afectos y desgarros en las familias que comienzan cuando se pierde esta palabra preciosa: “En los hogares en los que no se piden disculpas comienza a faltar el aire, y las aguas se estancan”, por eso “¡nunca terminar el día en familia sin hacer las paces!”; basta una caricia, un pequeño gesto, una palabra, y así: “¡la vida será más bella!”
“Que el Señor nos ayude a colocar estas tres palabras en su justo lugar, en nuestro corazón, en nuestra casa, y también en nuestra convivencia civil. Muchas gracias”.
(GM – RV)


12 de mayo de 2015

UN SEGURO DE VIDA PARA EL MATRIMONIO

La clave de las claves.

Después de pensarlo con calma, considero que en la práctica diaria existe una clave suprema que asegura el triunfo de cualquier matrimonio: la capacidad de perdonar y pedir perdón. Y que esa actitud depende en buena medida de la que adoptemos ante los defectos del propio cónyuge: aceptarlos, conforme los vayamos descubriendo, y, si no son ofensa de Dios, esforzarnos por comprenderlos e incluso amarlos.

Y es que, por más que luche por corregir esas faltas, a lo largo de la vida se harán más de una vez presentes, con las molestias que suelen llevar aparejadas y que exigen del otro consorte una decidida e incondicionada resolución de pasarlas por alto cuantas veces fuere necesario.

Hasta el punto de que cabría sostener que el «sí» del día de la boda resultará vano si no se encuentra reforzado y protegido, desde entonces y a lo largo de toda la vida en común, por la decisión de perdonar siempre que la persona amada o bien no advierta el agravio infligido al cónyuge o bien, al percibirlo, se muestre sinceramente arrepentida y luche por corregirse.


Presunción de inocencia.

Para lograrlo, como ha señalado un autor americano, resulta muy conveniente que en cada uno de los miembros del matrimonio reine incontrastada la «presunción de inocencia» respecto al otro. Es decir, el firme convencimiento de que, aunque las apariencias pudieran dar a entender lo contrario, nuestro esposo o esposa nunca realiza nada con la intención de «fastidiarnos».

Si las propias disposiciones hacia el otro son las de hacerle la vida lo más agradable posible, ¿qué nos autoriza a presumir que él o ella habría de actuar con fines menos rectos? Una cosa es el error o el descuido, fácilmente tolerables si se advierten como tales, y otra muy distinta, y rarísima en un matrimonio normalmente constituido, el afán de herir o hacer daño de manera consciente y premeditada, incluso en los momentos de cansancio o aburrimiento o nerviosismo o en las explosiones de mal genio derivadas de esas circunstancias.

Reflexionar a menudo cuando la mar está en calma sobre esta verdad casi obvia facilitará enormemente el disculpar o incluso pasar por alto —¡no advertirlos!— los roces y las tensiones originadas por el tráfago de la existencia cotidiana.

Perdonar, olvidar… para curar.

Tal vez por eso, la disposición habitual de perdonar y solicitar el perdón constituía para San Josemaría Escrivá una de las pruebas más esencialmente significativas del amor entre los esposos… y del mismo amor de Dios, de quien le admiraba más aún que su poder creador y la maravilla de la Encarnación, justo su reiterado y siempre actual afán por perdonar a quienes le ofendemos y, compungidos, volvemos al combate.

Pues bien, a ese Dios que sale a nuestro paso, se nos acerca, nos sana, indulta y olvida, hemos de intentar asemejarnos los esposos. Teniendo en cuenta que el resultado será siempre un incremento de nuestro amor recíproco, porque sólo en ese amor haya su fundamento la capacidad de perdonar… y de olvidar y curar, haciendo desaparecer la afrenta y las huellas que pudiera dejar en nosotros.

A este respecto, me gusta recordar unas palabras de Étienne Gilson: «El Dios de nuestra Iglesia no es sólo un juez que perdona, es un juez que puede perdonar porque es, primero, un médico que cura» … y goza —que Él me excuse la aparente irreverencia— de una colosal «mala memoria».

En realidad, para nosotros los humanos, perdonar y olvidar de veras incluye la máxima eficacia alcanzable: es, en cierto modo, nuestra manera más real de curar, lo que más se acerca a cauterizar definitivamente la herida. De ahí la alusión un tanto bromista a la mala memoria divina, que sin embargo es un recurso de tremenda eficiencia, y nada metafórico, en la vida conyugal.

Al respecto, recuerda Paul Jonhson: «los secretos de un matrimonio bien trabajado son paciencia y perseverancia, tolerancia y dominio de sí, estoicismo y tenacidad, resistencia, disposición a perdonar y, a falta de todo eso, mala memoria: ¡nada menos!». Y comenta Amadeo Aparicio: «No es fácil adquirir una buena mala memoria. El peso de los recuerdos, la dificultad de olvidar ciertas cosas, la actitud rencorosa que, en una discusión, saca todos los trapos a relucir, y el apasionamiento de la polémica que lleva a decir más de lo que uno quisiera, hacen complicado el entendimiento entre ambos. Y es imprescindible ejercitarse en el olvido, sustituyendo los “malos recuerdos” por una voluntad decidida de perdón».

Resumiendo: la firme decisión de perdonar e, incluso antes, de pedir perdón, con todo lo que lleva aparejado de comprensión y olvido, compone una de las actitudes básicas más «rentables» de todo hogar que aspire a cumplir su cometido en este mundo, generando e irradiando hacia quienes lo rodean felicidad y contento.

Lo confirma la reflexión de Josemaría Escrivá en torno a las pequeñas trifulcas que surgen en la convivencia. En tales circunstancias —nos aconseja—, «debemos acostumbrarnos a pensar que nunca tenemos toda la razón. Incluso se puede decir que, en asuntos de ordinario tan opinables, mientras más seguro se está de tener toda la razón, tanto más indudable es que no la tenemos. Discurriendo de este modo, resulta luego más sencillo rectificar y, si hace falta, pedir perdón, que es la mejor manera de acabar con un enfado: así se llega a la paz y al cariño».

Al estilo de Dios.

Pero ¿por qué perdonar y pedir perdón se muestran tan eficaces en la vida matrimonial y mejoran de manera casi insuperable la calidad personal de los cónyuges, purificando e incrementando su amor recíproco? Por una razón relativamente sencilla y ya insinuada: por cuanto todo ello asimila el afecto mutuo de los esposos al Amor infinito de Dios.

Como acabamos de sugerir, otorgar un perdón sin condiciones puede considerarse como una de las operaciones más caracterizadoras y exclusivas y portentosas del Dios omnipotente y amorosísimo. «Errar es humano, perdonar divino», aseguraba Pope. Por eso perdonar de corazón, sin falsas reservas ni retrancas, olvidando realmente la injuria y, desde este punto de vista, haciéndola desaparecer, acerca infinitamente a Dios a quien perdona y provoca una gratitud también cuasi divina en quien así se siente amado.

Muchas veces se ha comentado que el amor permite ver al ser querido tal como lo ve la divinidad. Ahora bien, parece evidente que Dios observa a las personas con una mirada afabilísima, que pone en primer término cuanto de bueno, de grandioso, Él está produciendo y conservando en cada una. No es que ignore nuestros defectos, pues nos conoce con la máxima perfección; pero los calibra en sus justas dimensiones, más como carencias que como entidades positivas. Y, dentro de la persona, cualquier déficit no representa sino un detalle casi irrelevante frente a la grandeza sublime de su eminente dignidad.

El amor de Dios se dirige, directo y eficaz, como una saeta bien orientada, hacia el núcleo más íntimo del ser humano: y ese meollo, la médula de la persona, es merecedor, por gratuita dádiva divina, de un amor incondicionado… incluso cuando transitoriamente la criatura se vuelve contra su Creador.

De ahí que el Fundador del Opus Dei, que vivió con suma intensidad el amor a Dios y a los hombres pudiera llegar a sostener que él no necesitaba perdonar… justamente porque Dios lo había enseñado a amar sin reservas ni distingos. Y de él debemos aprender los cónyuges.

Motivos para amar.

Y es que, cuando se quiere de veras, el presunto ultraje, la descortesía o el desinterés resultan como anegados por la abundancia de realidades positivas que aquel a quien se estima nos ha demostrado a lo largo de toda su existencia y nos sigue mostrando incluso en esos momentos menos conseguidos. Y de ahí, como sugería, que ante un amor sincero y apasionado, el agravio pasa muchas veces inadvertido y no requiere ser exculpado: remedando e invirtiendo radicalmente el sentido del no muy feliz dicho popular, cabría sostener que «no ofende el que quiere… ni el que es querido».

La clave, como de costumbre, es el amor. Lo sostiene esta cita de San Josemaría Escrivá de Balaguer, que a la par resume y confirma mucho de lo anteriormente expuesto: «Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su genio —su mal genio, a veces— y sus defectos. Cada uno tiene también cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le puede querer. La convivencia es posible cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los demás: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio, si se dramatizan los pequeños contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo de matar el cariño».

No pretendo sostener con cuanto vengo diciendo que siempre sea fácil perdonar, precisamente porque el orgullo anida muy hondo en el centro de nuestros corazones. Pero cuando el esfuerzo de amor continuado transforma el perdón en actitud habitual, los efectos de crecimiento de la vida en común no podrán nunca ponderarse en exceso: quien perdona experimenta un gozo y una paz, una alegría… que no dudo en volver a calificar de cuasi divinas.
Y el que es absuelto descubre en el esposo o en la esposa la imagen fidedigna de un Dios compasivo… y le resulta muy difícil no quererlo o quererla con toda el alma, porque por él o ella se siente infinitamente amado. Uno y otro, al pedir disculpas y otorgarlas, se vacían de sí mismos, de sus presuntos «derechos», dando en consecuencia un paso de gigante hacia la verdadera acogida y el don recíprocos.
Y así, reblandecidos y remodelados ambos espíritus por la efusión amorosa del perdón, inmensamente cercanos al Hogar divino, se torna sencillo disponerse al cambio que efectivamente los introducirá más en el otro cónyuge, elevando la calidad y el colorido de su mutua entrega y poniéndolos en condiciones de desbordarse en beneficio de cuantos crecen y mejoran a su amparo.

Lo positivo… del otro.

Concluyo, con palabras de Ugo Borghello: «Narra una fábula que el demonio merodeaba por los barrios con el fin de dividir y arruinar a las familias. Se introducía en los hogares bajo la apariencia de un peregrino cansado y, mientras lo atendían, se las ingeniaba para hacer a la mujer caer en la cuenta de que el marido la trataba como a una esclava, mientras él permanecía tranquilamente sentado, charlando con el huésped, o cosas por el estilo. Y así proseguía insidiando, hasta que lograba hacer estallar una rabiosa discusión. Pero un día entró en una casa donde todos sus intentos fracasaron. Fue él entonces quien se enfadó y, desesperado, exclamó: “¿Pero vosotros no discutís nunca?”. “No, porque desde el primer día hicimos un pacto: cada cual deberá fijarse sólo en los propios defectos y en los méritos o cualidades del cónyuge”. Basta reflexionar un poco sobre la anécdota para advertir que quien se comporta de este modo lleva todas las de ganar».

La verdad ilustrada por esta fábula la expresa, con términos más técnicos, Gottman, un especialista americano: «Lo que hace que un matrimonio funcione es muy sencillo. Las parejas felizmente casadas no son más listas, más ricas o más astutas psicológicamente que otras. Pero en sus vidas cotidianas han adquirido una dinámica que impide que sus pensamientos y sentimientos negativos (que existen en todas las parejas) ahoguen los positivos. Es lo que llamo un matrimonio emocionalmente inteligente».

Fuente: Arvo.net Tomás Melendo Catedrático de Metafísica. Universidad de Málaga.


EL MILAGRO DE LA VIDA

11 de mayo de 2015

EL PAPA FRANCISCO PROPONE EL EJEMPLO DE LA FAMILIA AFRICANA QUE ACOGE LA VIDA Y RESPETA A LOS ANCIANOS

El Santo Padre recuerda a  los obispos de la Conferencia Episcopal de Togo que el diálogo interreligioso es necesario para la paz en el mundo. Les pide evitar amalgamas en el ámbito de la fe y la inculturación
El santo padre Francisco ha recibido este lunes a los obispos de la Conferencia Episcopal de Togo, que se encuentran en Roma por la visita ad Limina. En el discurso que les ha entregado el Papa subraya el ejemplo de la familia en África y la atención a la formación de los sacerdotes y consagradas en un país donde las comunidades religiosas y la coexistencia con las otras religiones no presenta problemas.
Con la mirada fija en el próximo Sínodo de los Obispos, el Santo Padre habla en el discurso de la necesidad de que los aspectos positivos de las familias africanas se den a conocer y se comprendan. En particular, Francisco precisa que “la familia africana acoge la vida, respeta y tiene en cuenta a los ancianos. Este patrimonio se debe preservar y tiene que servir como ejemplo y estímulo para los demás. El sacramento del matrimonio es una realidad pastoral bien aceptada en el país, aunque todavía existen barreras de orden cultural y jurídico, que impiden que algunas parejas cumplan el deseo de fundar su vida matrimonial en la fe en Cristo”. Por eso, el Papa les anima a perseverar en sus esfuerzos para apoyar a las familias en sus dificultades y a preparar a las parejas a los compromisos, exigentes pero magníficos, del matrimonio cristiano.
Al respecto, el Santo Padre también advierte que Togo “no está a salvo de los ataques ideológicos y mediáticos que hoy se propagan por todas partes y presentan modelos de unión y de familias incompatibles con la fe cristiana”.
Asimismo, explica que una de las claves que permite responder a los desafíos que enfrentan sus comunidades y sociedades es sin duda la formación de la juventud. “La Iglesia-Familia de Dios en Togo ha decidido estar cerca de los niños y jóvenes que reciben una buena formación, humana y religiosa, a través de numerosos proyectos e iniciativas”, asegura el Papa. Además, recuerda que es crucial que los jóvenes aprendan a vivir su fe con coherencia, “para testimoniarla con autenticidad, y contribuir a una sociedad más justa y solidaria”.
Por otro lado, el Pontífice señala que “los religiosos y religiosas tienen un papel insustituible en la proclamación y la transmisión de la fe en Togo”. Por esta razón, invita a los obispos a mostrar siempre su preocupación paterna con los diversos Institutos. Sus efectivos crecen rápidamente --observa el Papa-- y es conveniente que su desarrollo se acompañe debidamente y se preste atención a la formación de los más jóvenes, en particular para evitar amalgamas en el ámbito de la fe y la inculturación.
A propósito de las vocaciones, Francisco reconoce que son numerosas en Togo y que los seminaristas cuentan con una buena formación en los seminarios “que debería ayudarles después a luchar contra la ambición, el arribismo, los celos, la mundanidad, la seducción del dinero y los bienes de este mundo, en un celibato sincero y vivido con alegría”. Pero también les recomienda atención especial al cuidado espiritual y pastoral de los jóvenes sacerdotes y prestar atención a lo que experimentan.
En el discurso, Francisco también reconoce que en los últimos años la sociedad togolesa ha progresado significativamente en el campo político y social y que “la Iglesia católica ha contribuido ampliamente a ello, no sólo por sus obras de evangelización y promoción humana, sino también a través de su compromiso con la justicia y la reconciliación”. Por eso, el Papa les agradece sus esfuerzos en este ámbito y les anima a seguir garantizando que la Iglesia ocupe el lugar que le corresponde en el proceso de reformas institucionales.
Sin embargo, el Santo Padre advierte que siempre es necesario prestar atención a no entrar directamente en el debate o las disputas políticas, preocupándose, en cambio, de formar, animar y apoyar a los laicos en éste que es su papel, para que sean capaces de dedicarse en el más alto nivel, al servicio de la nación y sean capaces de asumirse sus responsabilidades.
En materia de diálogo interreligioso, el Obispo de Roma señala que siempre hay que favorecer, y tal vez desarrollar aún más, “la cultura del diálogo y del encuentro, dado que existe una coexistencia pacífica, especialmente con el Islam, coexistencia que debe mantenerse dado el contexto actual en África occidental”. Al respecto, Francisco indica que “el diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto, un deber para los cristianos, como para las otras comunidades religiosas”.  Y así, finaliza su discurso afirmando que es particularmente necesario que los sacerdotes jóvenes reciben una educación sólida en este sentido.


“LA PAZ ES UN PRODUCTO ARTESANAL QUE SE CONSTRUYE DÍA A DÍA”, EL PAPA A LA FUNDACIÓN FÁBRICA DE LA PAZ

(RV).- “La paz es un producto artesanal que se construye día a día queriendo a los demás, pero no existe la paz donde no hay justicia y donde prosperan los traficantes de armas”, es el aliento del Papa Francisco a los más de siete mil niños y jóvenes provenientes de las escuelas de Italia y que forman parte del proyecto educativo de la Fundación “Fábrica de la paz”, a quienes recibió la mañana de este lunes en el Aula Pablo VI.
La casa de la paz y de la guerra se construye cada día. Con una diferencia: la primera es un laboratorio artesanal, la segunda es una industria. La primera busca a la persona con gestos de fraternidad y acogida, la segunda la destruye por codicia y dinero. En un ambiente festivo, en medio de cantos y música, el Santo Padre interactuó con los pequeños “obreros de la paz” a quienes respondió espontáneamente a 13 preguntas iniciando de la más importante: ¿cómo se construye la paz?:
“La paz no es un producto industrial: la paz es un producto artesanal. Se construye cada día con nuestro trabajo, con nuestra vida, con nuestro amor, con nuestra cercanía, con nuestro querernos (…) Lo que destruye la paz es el no querernos. ¡Esto rompe la paz! Lo que destruye la paz son los celos, las envidias, la avaricia, quitar las cosas a los otros: esto destruye la paz”.
La industria de la muerte
Respondiendo a otras preguntas de los pequeños constructores de paz, el Pontífice afrontó el tema de la inmigración y porque es tan difícil recibirlos, ¿Por qué las personas poderosas no ayudan a la escuela? Y sobre todo ¿Por qué tantas personas poderosas no quieren la paz?:
“! Porque viven de la guerra! La industria de las armas: esto es grave!” Los poderosos, algunos poderosos, se ganan la vida con la fabricación de las armas (…) ¡Es la industria de la muerte! Es una ganancia (…) ¡Se gana más con la guerra! Se gana dinero, pero se pierde la vida, se pierde la cultura, se pierde la educación, se pierden tantas cosas. Es por esto que no la quieren. Un sacerdote anciano que conocí hace algunos años decía esto: el diablo entra por la billetera. Por la codicia. ¡Y por esto no quieren la paz!”.
Sin paz no hay justicia
¿Saben rezar por la paz? Preguntó el Obispo de Roma a quienes le preguntaron si la religión podía ayudar en la vida y si algún día todos seremos iguales:
“! Todos tenemos los mismos derechos ! Cuando no es evidente esto, esa sociedad o este mundo es injusto. No existe la justicia. Y donde no hay justicia, no puede haber paz. ¿Entendido? Lo decimos, esto será bueno… veamos si son buenos: me gustaría repetirlo junto a ustedes más de una vez… Estén atentos, es así: ‘Donde no hay justicia, no hay paz’… Todos: ‘! Donde no hay justicia, no hay paz!’ un poco más fuerte… ‘! Donde no hay justicia, no hay paz!’.


PAPA FRANCISCO EN SANTA MARTA: JESÚS NOS HA ENSEÑADO EL CAMINO DEL MARTIRIO COTIDIANO

Sucede todavía hoy que se matan cristianos en nombre de Dios, pero el Espíritu Santo da la fuerza para testimoniar hasta el martirio. Lo ha recordado este lunes el santo padre Francisco, durante la homilía de la misa celebrada en Santa Marta.
Haciendo referencia al Evangelio del día, el Papa ha recordado que Jesús habla del futuro, de la cruz que nos espera y nos habla del Espíritu, que nos prepara para dar el testimonio cristiano”. Por tanto, ha señalado el Papa, Jesús habla “del escándalo de la persecución”, de “el escándalo de la Cruz”.
Así, el Pontífice ha afirmado que “la vida de la Iglesia es un camino guiado por el Espíritu que nos recuerda las palabras de Jesús y nos enseña las cosas que Jesús aún no ha podido decirnos: es compañero de camino y nos defiende también del escándalo de la Cruz”. La Cruz, de hecho, es escándalo para los judíos que piden signos y un absurdo para los griegos, es decir los paganos, que piden sabiduría, ideas nuevas. Pero, ha recordado el Papa, los cristianos predican a Cristo crucificado. Así, Jesús prepara a los discípulos para que no se escandalicen de la cruz de Cristo.
“Hoy somos testimonio de esos que matan a cristianos en nombre de Dios, porque no son creyentes, según ellos. Esta es la cruz de Cristo: ‘Harán eso, porque no han conocido ni al Padre ni a mí’. ‘Esto que me ha sucedido a mí os sucederá también a vosotros, las persecuciones, las tribulaciones; pero por favor no os escandalicéis; será el Espíritu quien os guiará y os hará entender'”.
En este contexto, el Papa ha recordado la llamada telefónica que ayer ha tenido con el patriarca copto Tawadros porque era el día de la amistad copto-católica. “Yo recordaba a sus fieles, que fueron degollados en la playa por ser cristianos. Estos fieles, por la fuerza que les ha dado el Espíritu Santo, no se escandalizaron. Murieron con el nombre de Jesús en los labios. Es la fuerza del Espíritu. El testimonio. Es verdadero martirio este, el testimonio supremo”.

El Santo Padre también ha indicado que está el testimonio de cada día, el testimonio de hacer presente la fecundidad de la Pascua que “nos da el Espíritu Santo, que nos guía hacia la verdad plena, la verdad entera, y nos hace recordar lo que Jesús nos dice”.
De este modo, ha afirmado que “un cristiano que no se toma en serio esta dimensión de ‘martirio’ de la vida todavía no ha entendido el camino que Jesús nos ha enseñado: camino de ‘martirio’  de cada día; camino de ‘martirio’ en el defender los derechos de las personas; camino de ‘martirio’ en el defender a los hijos: papá, mamá que defienden su familia; camino de ‘martirio’ de tantos, tantos enfermos que sufren por amor de Jesús. Todos nosotros tenemos la posibilidad de llevar adelante esta fecundidad pascual sobre este camino de ‘martirio’, sin escandalizarnos”.
Para finalizar, el Pontífice ha invitado a pedir al Señor la gracia de recibir el Espíritu Santo “que nos hará recordar las cosas de Jesús, que nos guiará a toda la verdad y nos preparará cada día para dar testimonio, para dar este pequeño martirio de cada día o un gran martirio, según la voluntad del Señor”.