«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).


23 de abril de 2017

EL PAPA EN EL REZO DEL REGINA COELI: «LA DIVINA MISERICORDIA NOS COMPROMETE A SER INSTRUMENTOS DE PAZ Y HACE VISIBLE A JESÚS RESUCITADO»

Texto completo de las palabras del Papa antes del rezo del Regina Coeli
«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Sabemos que cada domingo hacemos memoria de la resurrección del Señor Jesús, pero en este periodo después de la Pascua, el domingo se reviste de un significado aún más iluminante. En la tradición de la Iglesia, este domingo, el primero después de la Pascua, se denominaba ‘in albis’. ¿Qué significa esto? Esta expresión se proponía evocar el rito que cumplían cuantos habían recibido el bautismo en la Vigilia de Pascua. A cada uno de ellos se les entregaba una túnica blanca – ‘alba’ – ‘blanca’, para indicar la nueva dignidad de los hijos de Dios. Aún hoy se sigue haciendo, a los recién nacidos se les ofrece una pequeña túnica simbólica, al tiempo que los adultos visten una verdadera, como vimos en la Vigilia Pascual. Y aquella túnica blanca, en el pasado, se llevaba puesta durante una semana, hasta este domingo y de ello deriva el nombre ‘in albis deponendis’, que significa el domingo en el que se quita la túnica blanca. Y así, cuando se quitaban la túnica blanca, los neófitos comenzaban una vida nueva en Cristo y en la Iglesia.

Hay otra cosa. En el Jubileo del año 2000, San Juan Pablo II estableció que este domingo se dedicara a la Divina Misericordia. ¡Es verdad, fue una bella intuición: fue el Espíritu Santo el que lo inspiró en esto! Desde hace pocos meses hemos concluido el Jubileo extraordinario de la Misericordia y este domingo nos invita a retomar con fuerza la gracia que proviene de la misericordia de Dios. El Evangelio de hoy es la narración de la aparición de Cristo resucitado a los discípulos reunidos en el cenáculo (Cfr Jn 20, 19-31). Escribe San Juan que Jesús, después de haber saludado a sus discípulos, les dijo: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen» (21- 23). He aquí el sentido de la misericordia que se presenta justo el día de la resurrección de Jesús como perdón de los pecados. Jesús Resucitado ha transmitido a su Iglesia, como primera tarea, su misma misión de llevar a todos el anuncio concreto del perdón. Ésta es la primera tarea: anunciar el perdón. Este signo visible de su misericordia lleva consigo la paz del corazón y la alegría del encuentro renovado con el Señor.

La misericordia en la luz de la Pascua se deja percibir como una verdadera forma de conocimiento. Y esto es importante: la misericordia es una verdadera forma de conocimiento. Sabemos que se conoce a través de tantas formas. Se conoce a través de los sentidos, se conoce a través de la intuición, la razón y otras más. Pues bien, ¡se puede conocer también a través de la experiencia de la misericordia.  Porque la misericordia abre la puerta de la mente para comprender mejor el misterio de Dios y de nuestra existencia personal. La misericordia nos hace comprender que la violencia, el rencor, la venganza no tienen sentido alguno y que la primera víctima es la que vive con estos sentimientos, porque se priva de su propia dignidad. La misericordia abre también la puerta del corazón y permite expresar cercanía, sobre todo a cuantos están solos y marginados, porque los hace sentir hermanos e hijos de un solo Padre. Ella favorece el reconocimiento de cuantos tienen necesidad de consolación y hace encontrar palabras adecuadas para dar conforto.

Hermanos y hermanas, la misericordia calienta el corazón y lo vuelve sensible a las necesidades de los hermanos con el compartir y la participación. La misericordia, en resumen, nos compromete a todos a ser instrumentos de justicia, de reconciliación y de paz. Nunca olvidemos que la misericordia es la clave en la vida de fe y la forma concreta con la que damos visibilidad a la resurrección de Jesús.

Que María, Madre de la Misericordia, nos ayude a creer y a vivir con alegría todo esto»


(Traducción del italiano: Cecilia de Malak)

EL PAPA REZA POR LOS NUEVOS MÁRTIRES, “ELLOS SON LA SANGRE VIVA DE LA IGLESIA”

Texto completo de la homilía del Papa Francisco
Hemos venido como peregrinos a esta Basílica de San Bartolomé en la Isla Tiberina, donde la historia antigua del martirio se une a la memoria de los nuevos mártires, de tantos cristianos asesinados por las desequilibradas ideologías de siglo pasado, y asesinados sólo porque eran discípulos de Jesús.
El recuerdo de estos heroicos testimonios antiguos y recientes nos confirma en la conciencia que la Iglesia es una Iglesia de mártires. Y los mártires son aquellos que, como nos lo ha recordado el Libro del Apocalipsis, «vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras, haciéndolas cándidas en la sangre del Cordero» (7,17). Ellos han tenido la gracia de confesar a Jesús hasta el final, hasta la muerte. Ellos sufren, ellos donan la vida, y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio. Y existen también tantos mártires escondidos, esos hombres y esas mujeres fieles a la fuerza humilde del amor, a la voz del Espíritu Santo, que en la vida de cada día buscan ayudar a los hermanos y de amar a Dios sin reservas.
Si miramos bien, la causa de toda persecución es el odio del príncipe de este mundo hacia cuantos han sido salvados y redimidos por Jesús con su muerte y con su resurrección. En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (Cfr. Jn 15,12-19) Jesús usa una palabra fuerte y escandalosa: la palabra “odio”. Él, que es el maestro del amor, a quien gustaba mucho hablar de amor, habla de odio. Pero Él quería siempre llamar las cosas por su nombre. Y nos dice: “No se asusten. El mundo los odiará; pero sepan que antes de ustedes, me ha odiado a mí”.
Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado, por un don gratuito de su amor. Con su muerte y resurrección nos ha rescatado del poder del mundo, del poder del diablo, del poder del príncipe de este mundo. Y el origen del odio es este: porque nosotros hemos sido salvados por Jesús, y el príncipe de este mundo esto no lo quiere, él nos odia y suscita la persecución, que desde los tiempos de Jesús y de la Iglesia naciente continúa hasta nuestros días. ¡Cuántas comunidades cristianas hoy son objeto de persecución! ¿Por qué? A causa del odio del espíritu del mundo.
Cuantas veces, en momentos difíciles de la historia, se ha escuchado decir: “Hoy la patria necesita héroes”. Los mártires pueden ser pensados como héroes pero lo fundamental del mártir es que es uno que ha recibido una gracia. Existe la gracia de Dios, no el coraje, no valentía, ésto es lo que lo hace mártir.
Hoy, del mismo modo, nos podemos preguntar: “¿Qué cosa necesita hoy la Iglesia?” Mártires, testimonios, es decir, Santos, aquellos de la vida ordinaria, porque son los Santos los que llevan adelante a la Iglesia. ¡Los Santos!, sin ellos la Iglesia no puede ir adelante. La Iglesia necesita de los Santos de todos los días, de la vida ordinaria llevada adelante con coherencia; pero también de aquellos que tienen la valentía de aceptar la gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte. Todos ellos son la sangre viva de la Iglesia. Son los testimonios que llevan adelante la Iglesia; aquellos que atestiguan que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo testifican con la coherencia de vida y con la fuerza del Espíritu Santo que han recibido como don.
Yo querría hoy añadir un ícono más en esta Iglesia: una mujer. No sé su nombre, pero ella nos mira desde el Cielo. Cuando estaba en Lesbos, saludaba a los refugiados y encontré a un hombre de 30 años con tres niños que me ha dicho: "Padre yo soy musulmán, pero mi esposa era cristiana. A nuestro país han venido los terroristas, nos han visto y nos han preguntado cuál era la religión que practicábamos. Han visto el crucifijo, y nos han pedido tirarlo al piso. Mi mujer no lo hizo y la han degollado delante de mí. Nos amábamos mucho".
Este es el ícono que hoy les traigo como regalo aquí. No sé si este hombre está todavía en Lesbos o ha logrado ir a otra parte. No sé si ha sido capaz de huír de ese campo de concentración porque los campos de refugiados... muchos de ellos son campos de concentración, son abandonados ahí, a los pueblos generosos que los acogen, que tienen que llevar adelante este peso porque los acuerdos internacionales parecen ser más importantes que los Derechos Humanos. Y este hombre no tenía rencor. Y él siendo musulmán llevaba adelante esta cruz sin rencor, se refugiaba en el amor de su mujer, que ha recibido la gracia del martirio.
Recordar estos testimonios de la fe y orar en este lugar es un gran don. Es un don para la Comunidad de San Egidio, para la Iglesia de Roma, para todas las Comunidades cristianas de esta ciudad, y para tantos peregrinos. La herencia viva de los mártires nos dona hoy a nosotros paz y unidad. Ellos nos enseñan que, con la fuerza del amor, con la mansedumbre, se puede luchar contra la prepotencia, la violencia, la guerra y se puede realizar con paciencia la paz. Y entonces podemos orar así: «Oh Señor, haznos dignos testimonios del Evangelio y de tu amor; infunde tu misericordia sobre la humanidad; renueva tu Iglesia, protege a los cristianos perseguidos, concede pronto la paz al mundo entero. A ti Señor la Gloria y a nosotros la vergüenza».
(Traducción del Italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)


21 de abril de 2017

ENVEJECER: APERTURA A LO TRASCENDENTE

1.      La vida como éxodo

 A lo largo de la historia han existido muchos términos literarios, poéticos, simbólicos, culturales, religiosos, para expresar el acontecimiento de la vida. Es el gran teatro del mundo, donde cada individuo representa un papel; los ríos que van a dar a la mar, como una corriente impetuosa que a todos nos lleva por delante hacia el morir; la flor del campo que, a pesar de su belleza, enseguida se marchita; un exilio como castigo o venganza de los dioses; un laberinto en el que no se encuentra ninguna salida; un resplandor fugaz en medio de la nada; vanidad de vanidades y todo vanidad, sin que nada responda a la nostalgia más profunda del ser humano. Son formas distintas de expresar una misma realidad que nunca se ha considerado, por la experiencia de todos, como eterna y definitiva.

En la Biblia se emplea con frecuencia otra expresión, que es aceptable incluso para los que no tenga fe, y recoge, tal vez mejor que otras, la vivencia humana de lo que supone el existir. La vida es fundamentalmente un éxodo; alguien que se pone en camino hacia una meta, sin saber la distancia que resta hasta el final, ni las sorpresas que se presentarán en el camino, ni el tiempo que queda por delante. Vivir es una peregrinación continua, en la que no hay posadas que ofrezcan un descanso definitivo, sino que cada día se toma de nuevo el hatillo sobre el hombro para cubrir de nuevo otra etapa.

 Los psicólogos insisten en que, para la maduración humana, es imprescindible aceptar la frustración, provocada por el abandono y la ruptura, que rompen esa especie de omnipotencia infantil que no permite ningún desengaño. Hasta dentro de una visión agnóstica, sin acudir a ninguna dimensión trascendente, es la única condición para vivir con serenidad. *A veces aparece el cansancio de la finitud, que se traduce en el desconsuelo y zozobra ante la vida; pero es el resultado de una mala educación. Nadie puede cansarse de vivir si está educado en el amor a lo finito+. Frente al destino del envejecimiento no cabe tampoco otra alternativa que la de la aceptación pacífica y serena, o la negativa rebelde de quien, aunque no quiera esa reconciliación, no tendrá más remedio que soportarla. La reconciliación suaviza, serena, pacifica, como una terapia espléndida para enfrentarse con una verdad que no resulta atractiva y seductora.

2.      El comienzo de una historia

Pero existe otra perspectiva, todavía más completa, para acercarse a este mismo fenómeno. Me refiero a la posibilidad que tiene el creyente de iluminarlo con un enfoque sobrenatural, que repercute también en su psicología y desborda hacia fuera en la serenidad de su vida. Nada de lo que hemos dicho hasta ahora pierde su valor, cuando se penetra en el mundo de la fe. El psiquismo humano funciona de la misma manera, al margen de las creencias religiosas. Es más, la vejez será más o menos idéntica, según las condiciones peculiares de cada individuo, sin que la dimensión religiosa intervenga de forma directa en el desarrollo de este proceso. Lo que sí posibilita es un nuevo punto de mira que permite contemplar la misma realidad, con otros matices bastantes diferentes.

 El gran mensaje de la revelación -y el salto más difícil para el que confía en su palabra- es que el amor de Dios por sus criaturas está presente en toda la biografía del universo. Ya, desde las primeras páginas del Génesis, se vislumbra el proyecto de Dios sobre la humanidad. Cuando uno se acerca a estos relatos primitivos, no es para encontrar en ellos una preocupación científica o histórica, que explique cómo surgió la vida o cómo se desarrolló todo el proceso hasta la existencia del ser humano. La Biblia no es un libro científico ni una síntesis histórica, que responda a nuestras inquietudes actuales para colmar ignorancias o curiosidades sobre nuestro origen. Sin optar por ninguna hipótesis o teoría, los relatos de la creación, con la belleza e imágenes de una profunda parábola literaria, desean comunicar simplemente una verdad teológica. Dios está al comienzo de la historia más primitiva, con un gesto de cariño creador, para que toda existencia se remita a Él, como a su fuente primera. Es la fe en un creador que realiza su obra a través de múltiples mediaciones humanas, sobre las cuales los científicos podrán discutir.

El creyente solamente añade que, en la aurora de aquel comienzo, la razón última no fue el simple azar, sino el amor que quiso poner en movimiento la creación en la que vivimos, y tantos mundos aún desconocidos sobre los que apenas sabemos nada. Ninguna teoría científica podrá negar esta creencia que tampoco elimina ni destruye las posibles hipótesis sobre las que trabaja la ciencia, aunque pueda darle a sus explicaciones una coherencia mayor. *Al principio creó Dios el cielo y la tierra+ (Gén 1,1) es la gran verdad que recuerda al creyente sus raíces religiosas. Es significativo que el relato se escriba en el momento en que Jerusalén cae en manos de los enemigos, incendian el Templo y muchos judíos son deportados a Babilonia. En esta situación trágica, cuando la esperanza en las promesas de Yahvé parecían caer por tierra, se les recuerda que es Dios quien está al comienzo de su historia, surgida de sus manos poderosas y de su inmenso corazón.

3.      Nada termina con la muerte

Pero la Biblia, ya desde el mismo Antiguo Testamento, ofrece una dato de mayor interés aún. Nada de lo que nace en aquella primera aurora de la creación termina con la destrucción de la muerte -la gran barrera de cualquier utopía humana- ni está destinado al fracaso definitivo. Es la gran verdad de la revelación, aunque con nuestros esquemas es imposible imaginarse, por mucha reflexión que se haga sobre los datos revelados, cómo se realizará semejante transformación.

Hay que reconocer que no tenemos esquemas adecuados para penetrar en ese misterio. Cuando san Pablo afirma que por el bautismo hemos sido sepultados en la muerte de Cristo, nos recuerda que también resucitaremos y viviremos con Él (Rom 6,1-8), pero nadie nos explica cómo. También Jesús muere sin la experiencia de la resurrección, entregándose confiado en las manos del Padre. Desde una visión demasiado helenista hemos pensado siempre en la reanimación milagrosa del cadáver destrozado para unirse definitivamente con el alma inmortal. La concepción bíblica es mucho más totalitaria. El término basar no hace referencia exclusiva al cuerpo, sino que expresa la forma concreta en la que el individuo se relaciona con el contorno de su existencia. Todo su ser -cuerpo, alma, naturaleza, comunidad- está implicado en la duración de cada historia personal, pero bajo el signo de la fragilidad, de la limitación, de la finitud. La salvación ofrecida por Dios no es un simple arreglo estético de la corporalidad destruida por la muerte, sino un nuevo estilo de vivir en el que ninguna realidad humana queda condenada a la destrucción.

Por ello, en las apariciones de Cristo resucitado se nos manifiestan también las cicatrices de su cuerpo, testigos de su pasión y dolor, pues nada de su historia permanece en el olvido. Su vida, rota y destrozada, es acogida por Dios para demostrar que Él tiene la última y definitiva palabra. Lo que fue cruz seguirá presente, pero ahora transformado por la gracia de un encuentro que nos recuerda lo que nunca más volverá a suceder. Es un símbolo espléndido de lo que acontecerá a todos los que confían en su promesa. Ninguna lágrima será inútil, ninguna cicatriz volverá a sangrar, ningún recuerdo provocará la tristeza o desesperación. Nada habremos perdido de nuestra pequeña y limitada historia, pues hasta las huellas más negras del pasado serán motivo de gozo. Tal vez, cuando Jesús nos invita a confiar en su providencia, que cuida de las aves del cielo y de los lirios del campo (Mt 6,25-34), no es una llamada a la ingenuidad, como si todo nos lloviera pasivamente del cielo. Pide buscar primero el reino de Dios y su justicia que lo demás, en el mañana, se nos dará por añadidura. Un anuncio de que, en el más allá, el cariño de Dios hará mucho más con vosotros, cuando la necesidad e indigencia de cualquier índole sean superadas para siempre. La belleza de la creación será, entonces, un pálido reflejo de la plenitud que Él ha destinado a sus criaturas.

4.      Un ser para la resurrección

Es comprensible que la persona mayor mire hacia atrás con un dejo de nostalgia, pues ha tenido que desprenderse de tantas cosas que ya no podrá recuperar. Me impresionaron las confesiones de Simone de Beauvoir, cuando al recordar los libros que ha leído, los lugares visitados, el saber que acumuló, las experiencias tenidas, y hasta el avellano que, alegre, contempló de muchacha, descubre, llena de desconcierto, que todo ha sido un engaño, una falsa ilusión, pues, de repente, ya no queda nada. El creyente verdadero nunca se deja vencer por la añoranza. Si mira hacia el pasado es sólo por descubrir la huella de Dios en su historia, pero su vista está fija en el futuro. La fe le ha hecho comprender que ningún trozo de su biografía podrá perderse. Como si Dios fuera recogiendo todo lo que nos abandona y perdemos para recuperarlo de nuevo, más allá de nuestra existencia temporal. No somos tanto un ser para la muerte, como ha insistido la filosofía existencial, cuando analiza la caducidad de lo humano. Desde la fe tendríamos que hablar de un ser para la resurrección.

También Jesús sintió el desconcierto y la sensación del fracaso, hasta entregar su vida en un gesto de abandono confiado. Y a ese Dios despojado aparentemente de un poder sin límites, en el fracaso y muerte de Jesús -como en tantos fracasos y muertes humanas-, la Iglesia lo proclama como pantocrátor, como el que gobierna todo, como el que tiene al universo en sus manos. Pero su omnipotencia permanece escondida en el misterio de su amor, mientras caminamos por el mundo. Su fuerza aparecerá algún día, cuando descubramos que nada escapó a su providencia y que el triunfo final está asegurado por su promesa inquebrantable. Será el momento de la consumación definitiva, cuando Él sea todo en todo (cf. 1Cor 15,24-27). Mientras tanto, nos queda la esperanza. El Dios que acogió el fracaso y la muerte de Jesús para resucitarlo del sepulcro, nos enseña ya que la cruz no es su palabra definitiva. Desde ese momento hace posible, aunque no lo comprendamos fácilmente, que ninguna realidad, por muy negativa que sea, termina siendo estéril o infecunda.

5.      Jesús siembra una nueva esperanza

 Es recuperar el sentido de una verdad que aceptamos en nuestro Credo, cuando se afirma que Cristo descendió a los infiernos. El sheol era para los judíos el lugar de la muerte, donde no hay sufrimiento, pero tampoco alegría. Es el lugar del silencio en el que, aunque no exista castigo, tampoco se da ninguna retribución. El que ha muerto queda sepultado en la nada, sin ningún otro horizonte que se convierta en castigo o recompensa. Que Jesús baje hasta ese vacío de la humanidad indica que allí, donde sólo imperaba la muerte, deposita una semilla de vida y liberación. Su descenso es un símbolo de que la vuelta al Padre no quiere realizarla en solitario, sin incluir en su triunfo a todos los que vivían sin esperanza. Desde entonces, en el corazón del creyente, no deberían de existir rincones habitados por la tristeza y el desánimo.

La vida, como la vejez y la muerte, es dura, aunque existan momentos de gozo y alegría que suavizan nuestro caminar. Incluso, si no se tiene ningún horizonte trascendente y el único futuro se redujera al silencio eterno de la tumba, la solidaridad altruista no tendría por qué desaparecer, ni el esfuerzo por una mejora de la sociedad o la lucha contra toda forma de opresión o injusticia. Valió la pena vivir, cuando la existencia se entrega al servicio de un mundo mejor, que otros gozarán más adelante. La fe no elimina este compromiso humano, sino que debería densificarlo con mayor fuerza y lo abre a otra perspectiva eterna. Basta recorrer la historia de cualquier ser humano para descubrir las cicatrices que van quedando grabadas en el corazón, recuerdo de acontecimientos pasados. Para el agnóstico queda siempre el recurso a la resignación, pero el horizonte del creyente posibilita una nueva lectura.

6.      Ven, Señor Jesús

Frente a ese derrumbamiento progresivo que la vida nos impone como destino, san Pablo utiliza una metáfora, henchida de una esperanza y optimismo cristiano. También él afirma que nuestra vida es una casa que se derrumba y destruye, pero este hecho no es motivo para la nostalgia y mucho menos para la desesperación. *Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desvanece, tenemos un edificio que viene de Dios, una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos+ (2 Cor 5,1). Morir forma parte de nuestra existencia. El sentido que revista este acontecimiento depende de la perspectiva con la que cada persona lo analice: una tragedia que deberá suavizarse lo más posible; un destino que la naturaleza nos impone a la fuerza y frente al que es inútil luchar; o una llamada que nos abre a otros horizontes. El gran regalo de la fe nos posibilita el vivir esta experiencia como un tiempo de espera. A medida que las sombras se acercan y la vida se extingue, el creyente sabe que Dios está presente en esos momentos para convertir la noche en una eterna alborada.


Pocas oraciones hay tan llenas de optimismo y esperanza como la acción de gracias que elevamos a Dios en el prefacio más antiguo de difuntos: Y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. El Descanse en paz, que tanto se utiliza en la liturgia, y que permanece grabado sobre muchas tumbas, en su forma latina abreviada (R.I.P.), no es una frase vacía para el creyente. Sin negar la dura realidad, la nostalgia no brota por lo que se va perdiendo, sino que mira ilusionada a lo que está por venir. Y cuando el corazón se llena de esta esperanza, brota aquella súplica de la comunidad cristiana primitiva: Ven, Señor Jesús.

Autor: Eduardo López Azpitarte

17 de abril de 2017

PAPA: APROVECHAR TODA OCASIÓN PARA SER TESTIGOS DE LA PAZ DEL SEÑOR

(RV).- Después de rezar el Regina Caeli, es decir la oración mariana que sustituye el Ángelus en el tiempo pascual, al día siguiente de la Pascua de Resurrección, en el llamado “Lunes del Ángel”, el Papa Francisco saludó a los numerosos fieles y peregrinos, procedentes de diversos países, que se dieron cita en la Plaza de San Pedro. A todos ellos, el Santo Padre les dijo:

Palabras del Santo Padre tras el rezo del Regina Caeli:
Queridos hermanos y hermanas:
En el clima pascual que caracteriza esta jornada, los saludo cordialmente a todos ustedes, familias, grupos parroquiales, asociaciones y peregrinos venidos de Italia y de diversas partes del mundo.
A cada uno de ustedes les deseo que transcurran con serenidad estos días de la Octava de Pascua, en que se prolonga la alegría de la Resurrección de Cristo. Aprovechen toda buena ocasión para ser testigos de la paz del Señor resucitado.

¡Feliz y Santa Pascua para todos! Y por favor, por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta la vista.

EL PAPA AL REZAR EL REGINA COELI: «CON MARÍA ANUNCIEMOS LA RESURRECCIÓN DE CRISTO AL MUNDO QUE SUFRE»

Que la Virgen nos ayude a creer e interceda, en especial, por las comunidades cristianas perseguidas y oprimidas, que en tantas partes del mundo, están llamadas a un testimonio más difícil y valiente fue el ruego del Papa Francisco, reiterando que también nosotros - hoy - estamos invitados a anunciar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que ‘¡Cristo ha resucitado, aleluya!’.
Introduciendo el rezo mariano pascual a la Reina del Cielo, con las palabras del Ángel, en el pasaje evangélico del Lunes de Pascua de 2017, el Obispo de Roma hizo hincapié en que afianzados en la Resurrección del Señor – «evento, que constituye la verdadera novedad de la historia y del cosmos - estamos llamados a ser hombres y mujeres nuevos, según el Espíritu, afirmando el valor de la vida. ¡Esto es comenzar ya a resucitar!».
El Papa Francisco señaló que seremos hombres y mujeres de resurrección, si, «en medio de las vicisitudes que atormentan al mundo, a la mundanidad que nos aleja de Dios, sabremos brindar gestos de solidaridad y de acogida, alimentar el anhelo universal de la paz y la aspiración de un ambiente libre de degradación».

Signos comunes y humanos que, sostenidos y animados por la fe en el Señor Resucitado, pueden adquirir una eficacia muy superior a nuestras capacidades. «Sí, porque Cristo está vivo y obra en la historia por medio de su Santo Espíritu: rescata nuestras miserias, alcanza todo corazón humano y vuelve a donar esperanza a cualquiera que esté oprimido y en el sufrimiento».

MENSAJE PASCUAL Y BENDICIÓN URBI ET ORBI DEL PAPA FRANCISCO: «EL SEÑOR NO SE CANSA DE BUSCARNOS EN LOS DESIERTOS DEL MUNDO»

Texto completo del Mensaje Pascual del Papa Francisco y bendición Urbi et Orbi
Queridos hermanos y hermanas,¡Feliz Pascua!
Hoy, en todo el mundo, la Iglesia renueva el anuncio lleno de asombro de los primeros discípulos: Jesús ha resucitado — Era verdad, ha resucitado el Señor, como había dicho (cf. Lc 24,34; Mt 28,5-6).
La antigua fiesta de Pascua, memorial de la liberación de la esclavitud del pueblo hebreo, alcanza aquí su cumplimiento: con la resurrección, Jesucristo nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte y nos ha abierto el camino a la vida eterna.
Todos nosotros, cuando nos dejamos dominar por el pecado, perdemos el buen camino y vamos errantes como ovejas perdidas. Pero Dios mismo, nuestro Pastor, ha venido a buscarnos, y para salvarnos se ha abajado hasta la humillación de la cruz. Y hoy podemos proclamar: «Ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya» (Misal Romano, IV Dom. de Pascua, Ant. de la Comunión).
En toda época de la historia, el Pastor Resucitado no se cansa de buscarnos a nosotros, sus hermanos perdidos en los desiertos del mundo. Y con los signos de la Pasión —las heridas de su amor misericordioso— nos atrae hacia su camino, el camino de la vida. También hoy, él toma sobre sus hombros a tantos hermanos nuestros oprimidos por tantas clases de mal.
El Pastor Resucitado va a buscar a quien está perdido en los laberintos de la soledad y de la marginación; va a su encuentro mediante hermanos y hermanas que saben acercarse a esas personas con respeto y ternura y les hacer sentir su voz, una voz que no se olvida, que los convoca de nuevo a la amistad con Dios.
Se hace cargo de cuantos son víctimas de antiguas y nuevas esclavitudes: trabajos inhumanos, tráficos ilícitos, explotación y discriminación, graves dependencias. Se hace cargo de los niños y de los adolescentes que son privados de su serenidad para ser explotados, y de quien tiene el corazón herido por las violencias que padece dentro de los muros de su propia casa.
El Pastor Resucitado se hace compañero de camino de quienes se ven obligados a dejar la propia tierra a causa de los conflictos armados, de los ataques terroristas, de las carestías, de los regímenes opresivos. A estos emigrantes forzosos, les ayuda a que encuentren en todas partes hermanos, que compartan con ellos el pan y la esperanza en el camino común.
Que en los momentos más complejos y dramáticos de los pueblos, el Señor Resucitado guíe los pasos de quien busca la justicia y la paz; y done a los representantes de las Naciones el valor de evitar que se propaguen los conflictos y de acabar con el tráfico de las armas.
Que en estos tiempos el Señor sostenga en modo particular los esfuerzos de cuantos trabajan activamente para llevar alivio y consuelo a la población civil de Siria, víctima de una guerra que no cesa de sembrar horror y muerte. Que conceda la paz a todo el Oriente Medio, especialmente a Tierra Santa, como también a Irak y a Yemen.
Que los pueblos de Sudán del Sur, de Somalia y de la República Democrática del Congo, que padecen conflictos sin fin, agravados por la terrible carestía que está castigando algunas regiones de África, sientan siempre la cercanía del Buen Pastor.
Que Jesús Resucitado sostenga los esfuerzos de quienes, especialmente en América Latina, se comprometen en favor del bien común de las sociedades, tantas veces marcadas por tensiones políticas y sociales, que en algunos casos son sofocadas con la violencia. Que se construyan puentes de diálogo, perseverando en la lucha contra la plaga de la corrupción y en la búsqueda de válidas soluciones pacíficas ante las controversias, para el progreso y la consolidación de las instituciones democráticas, en el pleno respeto del estado de derecho.
Que el Buen Pastor ayude a ucraniana, todavía afligida por un sangriento conflicto, para que vuelva a encontrar la concordia y acompañe las iniciativas promovidas para aliviar los dramas de quienes sufren las consecuencias.
Que el Señor Resucitado, que no cesa de bendecir al continente europeo, dé esperanza a cuantos atraviesan momentos de dificultad, especialmente a causa de la gran falta de trabajo sobre todo para los jóvenes.
Queridos hermanos y hermanas, este año los cristianos de todas las confesiones celebramos juntos la Pascua. Resuena así a una sola voz en toda la tierra el anuncio más hermoso: «Era verdad, ha resucitado el Señor». Él, que ha vencido las tinieblas del pecado y de la muerte, dé paz a nuestros días. Feliz Pascua.
Después de la bendición Urbi et Orbi el Santo Padre dirigió el saludo pascual:
Queridos hermanos y hermanas,
Dirijo mi deseo de Buena Pascua a todos ustedes, quienes están reunidos aquí, procedentes de Italia y de otros países, así como a cuantos están unidos a través de los diferentes medios de comunicación. Que el anuncio pascual de Cristo Resucitado pueda reavivar las esperanzas de sus familias y de sus comunidades, en especial de las nuevas generaciones, futuro de la Iglesia y de la humanidad.
Un agradecimiento especial a quienes han donado y a quienes han colocado las decoraciones florales, que también este ano provienen de diferentes países.
Que puedan sentir cada día la presencia del Señor Resucitado, y compartir con los otros la alegría y la esperanza que Él nos dona. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Buena fiesta y ¡hasta la vista!
(Traducción del italiano: Mireia Bonilla – RV)


PAPA FRANCISCO EN LA MISA DE PASCUA: «TÚ, PEQUEÑA PIEDRA, TIENES UN SENTIDO EN LA VIDA»

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA ESPONTÁNEA DE PAPA FRANCISCO EN EL DOMINGO DE PASCUA
Hoy la Iglesia repite, canta, grita, Jesús ha resucitado, pero ¿cómo es esto? Pedro, Juan y las mujeres fueron al sepulcro y estaba vacío, pero Él no estaba. Y fueron con el corazón cerrado de la tristeza, la tristeza de una derrota, el Maestro, su Maestro, aquel que tanto amaban ha sido justiciado y muerto y de la muerte no se regresa. Esta es la derrota, este es el camino de la derrota, el camino hacia el sepulcro. Pero el ángel les dice: no está aquí, ha resucitado. El primer anuncio, ¡ha resucitado!
Después la confusión, el corazón cerrado, las apariciones, ellos cerrados, toda la jornada en el cenáculo porque tenían miedo que les sucediera a ellos lo que le sucedió a Jesús. Y la Iglesia no deja de decir a nuestros fracasos, a nuestros corazones cerrados, temerosos… ¡detente!, el Señor ha resucitado. Pero si el señor ha resucitado como es que suceden estas cosas, como es que suceden tantas desgracias, enfermedades, tráfico de personas, trata de personas, guerra, destrucción, mutilación, revancha, odio… ¿dónde está el Señor?
Ayer llame por teléfono a un joven con una enfermedad grave, un joven culto, un ingeniero, y hablando para darle un signo de fe le dije: no hay explicaciones para lo que te sucede, mira a Jesús en la cruz, dios hizo eso con su hijo, no hay otra explicación. Y él me ha contestado: sí. Pero se lo ha pedido al hijo y el hijo ha dicho: sí. Pero a mí no me han preguntado si quería esto, y yo no he dicho que sí. Esto nos conmueve, ha ninguno de nosotros nos han preguntado si estamos contentos con lo que pasa en el mundo, si estamos dispuestos a llevar a delante esta cruz… y la cruz va a delante y la fe en Jesús se viene abajo, por eso la Iglesia continúa diciendo ¡Jesús ha resucitado!. Y esto no es una fantasía. La resurrección de Cristo no es una fiesta con flores; es algo más. Es el Misterio de la piedra descartada que termina por ser el fundamento de nuestra existencia, ¡Cristo ha resucitado!. Y esto significa en esta cultura del descarte, donde eso que no sirve toma el camino del “usa y tira” y todo lo que no sirve viene descartado; esa piedra que ha sido descartada es fuente de vida. También nosotros pequeñas piedras, en esta tierra de dolor, de tragedia, con la fe en Cristo resucitado, tenemos un sentido. En medio de tanta calamidad, sin mirar más allá, no hay un muro sino un horizonte. Está la vida, está la gloria, es la cruz con esta ambivalencia. Mira adelante, no te cierres, tú pequeña piedra tienes un sentido en la vida porque eres una piedra tomada de aquella gran piedra que la maldad del pecado ha descartado.
“¿Qué nos dice la Iglesia hoy ante tantas tragedias? simplemente esto; la piedra descartada no resulta realmente descartada. Las piedritas que creen y se aferran a esa piedra no son descartadas, tienen un sentido”. Con este sentimiento la Iglesia repite desde dentro del corazón, ¡Cristo ha resucitado!
Pensemos un poco cada uno de nosotros en los problemas cotidianos, en las enfermedades que cada uno de nosotros hemos vivido o alguno de nuestros familiares; pensemos en las guerras, en las tragedias humanas, y simplemente con voz humilde, sin flores, solo delante de Dios, delante de nosotros mismos. No se cómo va esto pero estoy seguro que Cristo ha resucitado y yo apuesto por esto. Hermanos y hermanas esto es lo que quería decirles. Vuelvan a casa hoy repitiendo en sus corazones ¡Cristo ha resucitado!