Texto completo de la catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas,
¡buenos días!
Esta es la última catequesis sobre
el tema de la esperanza cristiana, que nos ha acompañado desde el inicio de
este año litúrgico. Y concluiré hablando del paraíso, como meta de nuestra
esperanza.
«Paraíso» es una de las últimas
palabras pronunciadas por Jesús en la cruz, dirigida al buen ladrón.
Detengámonos un momento en esta escena. En la cruz, Jesús no está sólo. Junto a
Él, a la derecha y a la izquierda, están dos malhechores. Tal vez, pasando
delante de esas tres cruces izadas en el Gólgota, alguien exhaló un suspiro de
alivio, pensando que finalmente se hacía justicia condenando a muerte a gente
así.
Junto a Jesús esta también un reo
confeso: uno que reconoce haber merecido aquel terrible suplicio. Lo llamamos
el “buen ladrón”, el cual, oponiéndose al otro, dice: nosotros recibimos lo que
hemos merecido por nuestras acciones (Cfr. Lc 23,41).
En el Calvario, ese viernes trágico
y santo, Jesús llega al extremo de su encarnación, de su solidaridad con
nosotros pecadores. Ahí se realiza lo que el profeta Isaías había dicho del
Siervo sufriente: «fue contado entre los culpables» (53,12; Cfr. Lc 22,37).
Es ahí, en el Calvario, que Jesús
tiene la última cita con un pecador, para abrirle también a él las puertas de
su Reino. Esto es interesante: es la única vez que la palabra “paraíso” aparece
en los evangelios. Jesús lo promete a un “pobre diablo” que en la madera de la
cruz ha tenido la valentía de dirigirle el más humilde de los pedidos:
«Acuérdate de mí cuando entrarás en tu Reino» (Lc 23,42). No tenía obras de
bien por hacer valer, no tenía nada, sino se encomienda a Jesús, que lo
reconoce como inocente, bueno, así diverso de él (v. 41). Ha sido suficiente
esta palabra de humilde arrepentimiento, para tocar el corazón de Jesús.
El buen ladrón nos recuerda nuestra
verdadera condición ante Dios: que nosotros somos sus hijos, que Él siente
compasión por nosotros, que Él se derrumba cada vez que le manifestamos la
nostalgia de su amor. En las habitaciones de tantos hospitales o en las celdas
de las prisiones este milagro se repite numerosas veces: no existe una persona,
por cuanto haya vivido mal, al cual le quede sólo la desesperación y le sea
prohibida la gracia. Ante Dios nos presentamos todos con las manos vacías, un
poco como el publicano de la parábola que se había detenido a orar al final del
templo (Cfr. Lc 18,13). Y cada vez que un hombre, haciendo el último examen de
conciencia de su vida, descubre que las faltas superan largamente a las obras
de bien, no debe desanimarse, sino confiar en la misericordia de Dios. ¡Y esto
nos da esperanza, esto nos abre el corazón!
Dios es Padre, y hasta el último
espera nuestro regreso. Y al hijo prodigo que ha regresado, que comienza a
confesar sus culpas, el padre le cierra la boca con un abrazo (Cfr. Lc 15,20).
¡Este es Dios: así nos ama!
El paraíso no es un lugar como en
las fábulas, ni mucho menos un jardín encantado. El paraíso es el abrazo con
Dios, Amor infinito, y entramos gracias a Jesús, que ha muerto en la cruz por
nosotros. Donde esta Jesús, hay misericordia y felicidad; sin Él existe el frio
y las tinieblas. A la hora de la muerte, el cristiano repite a Jesús:
“Acuérdate de mí”. Y aunque no existiese nadie que se recuerde de nosotros,
Jesús está ahí, junto a nosotros. Quiere llevarnos al lugar más bello que
existe. Quiere llevarnos allá con lo poco o mucho de bien que existe en nuestra
vida, para que nada se pierda de lo que ya Él había redimido. Y a la casa del
Padre llevará también todo lo que en nosotros tiene todavía necesidad de
redención: las faltas y las equivocaciones de una entera vida. Es esta la meta
de nuestra existencia: que todo se cumpla, y sea transformado en el amor.
Si creemos en esto, la muerte deja
de darnos miedo, y podemos incluso esperar partir de este mundo de manera
serena, con mucha confianza. Quien ha conocido a Jesús, no teme más nada. Y
podremos repetir también nosotros las palabras del viejo Simeón, también él
bendecido por el encuentro con Cristo, después de una entera vida consumida en
la espera: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo
has prometido, porque mis ojos han visto la salvación» (Lc 2,29-30).
Y en ese instante, finalmente, no
tendremos más necesidad de nada, no veremos más de manera confusa. No
lloraremos más inútilmente, porque todo es pasado; incluso las profecías,
también el conocimiento. Pero el amor no, es lo que queda. Porque «el amor no
pasará jamás» (Cfr. 1 Cor 13,8).
(Traducción del italiano, Renato
Martinez – Radio Vaticano)
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