BLOG DE LA DELEGACIÓN DIOCESANA PARA EL MATRIMONIO, FAMILIA Y DEFENSA DE LA VIDA DE ALMERÍA
«Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: “...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70).
12 de mayo de 2016
PAPA FRANCISCO EN LA CATEQUESIS: “LA LÓGICA DE LA MISERICORDIA NO ENTIENDE DE PREMIOS O CASTIGOS”
Texto completo
de la catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos
hermanas, ¡buenos días!
Hoy esta audiencia se
desarrolla en dos lugares: porque había el peligro de la lluvia, los enfermos
están en el Aula Pablo VI y nos siguen a través de las pantallas; dos lugares
pero una sola audiencia. Saludamos a los enfermos que están en el Aula Pablo
VI. Queremos reflexionar sobre la parábola del Padre misericordioso. Ella habla
de un padre y de sus dos hijos, y nos hace conocer la misericordia infinita de
Dios.
Iniciemos del final, es
decir, de la alegría del corazón del Padre, que dice: «Comamos y festejemos,
porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue
encontrado» (vv. 23-24). Con estas palabras el padre interrumpió al hijo menor
en el momento en el cual estaba confesando su culpa: «Ya no merezco ser llamado
hijo tuyo…» (v. 19). Pero esta expresión es insoportable para el corazón del
padre, que en cambio se apresura en restituir al hijo los signos de su
dignidad: la mejor ropa, el anillo, las sandalias. Jesús no describe a un padre
ofendido y resentido, un padre que, por ejemplo, dice al hijo: “me las pagaras,
¡eh!”; no, el padre lo abraza, lo espera con amor. Al contrario, la única cosa
que el padre tiene en su corazón es que este hijo este ante él sano y salvo y
esto lo hace feliz y hace fiesta. La acogida del hijo que regresa es descrito
de modo conmovedor: «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió
profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó» (v. 20). Cuanta
ternura; lo ve desde lejos: ¿Qué cosa significa esto? Que el padre subía a la
terraza continuamente para mirar el camino y ver si el hijo regresaba… Lo
esperaba, aquel hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. Que
cosa bella la ternura del padre. La misericordia del padre es rebosante,
incondicionada, y se manifiesta mucho antes que el hijo hable. Cierto, el hijo
sabe que se ha equivocado y lo reconoce: «Padre, pequé… trátame como a uno de
tus jornaleros» (v. 19). Pero estas palabras se disuelven ante el perdón del
padre. El abrazo y el beso de su papá le hacen entender que ha sido siempre
considerado hijo, no obstante todo. ¡Pero es hijo! Es importante esta enseñanza
de Jesús: nuestra condición de hijos de Dios es fruto del amor del corazón del
Padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por ello nadie
puede quitárnosla, nadie puede quitárnosla, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede
quitarnos esta dignidad.
Esta palabra de Jesús
nos anima a no desesperarnos jamás. Pienso en las mamas y en los padres
preocupados cuando ven a sus hijos alejarse tomando caminos peligrosos. Pienso
en los párrocos y catequistas que a veces se preguntan si su trabajo ha sido en
vano. Pero pienso también a quien se encuentra en la cárcel, y le parece que su
vida se ha terminado; a cuantos han realizado elecciones equivocadas y no
logran mirar al futuro; a todos aquellos que tienen hambre de misericordia y de
perdón y creen de no merecerlo… En cualquier situación de la vida, no debo
olvidar que no dejaré jamás de ser hijo de Dios, ser hijo de un Padre que me
ama y espera mi regreso. Incluso en las situaciones más feas de la vida, Dios
me espera, Dios quiere abrazarme, Dios me espera.
En la parábola existe
otro hijo, el mayor; también él tiene necesidad de descubrir la misericordia
del padre. Él siempre ha estado en casa, ¡pero es tan diferente del padre! Sus
palabras no tienen ternura: «Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido
jamás ni una sola de tus órdenes… ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto… !» (vv.
29-30), el desprecio. No dice jamás “padre”, no dice jamás “hermano”, piensa
solamente en sí mismo, se jacta de haber permanecido siempre junto al padre y
de haberlo servido; a pesar de ello, jamás ha vivido con alegría esta cercanía.
Y ahora acusa al padre de no haberle dado jamás un cabrito para hacer fiesta.
¡Pobre Padre! ¡Un hijo se había ido, y el otro jamás le había estado cerca! El
sufrimiento del padre es como el sufrimiento de Dios, el sufrimiento de Jesús
cuando nosotros nos alejamos o porque vamos lejos o porque estamos cerca pero
sin ser cercanos.
El hijo mayor, también
él tiene necesidad de misericordia. Los justos, estos que se creen justos,
tienen también necesidad de misericordia. Este hijo representa a nosotros
cuando nos preguntamos si vale la pena trabajar tanto si luego no recibimos
nada a cambio. Jesús nos recuerda que en la casa del Padre no se permanece para
recibir una recompensa, sino porque se tiene la dignidad de hijos
co-responsables. No se trata de “baratear” con Dios, sino de estar en el
seguimiento de Jesús que se ha donado a sí mismo en la cruz – y esto – sin
medidas.
«Hijo mío, tú estás
siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría» (v.
31). Así dice el Padre al hijo mayor. ¡Su lógica es aquella de la misericordia!
El hijo menor pensaba de merecer un castigo a causa de sus propios pecados, el
hijo mayor esperaba una recompensa por sus servicios. Los dos hermanos no hablan
entre ellos, viven historias diferentes, pero ambos razonan según una lógica
extraña a Jesús: si haces el bien recibes un premio, si haces el mal serás
castigado; y esta no es la lógica de Jesús, no lo es. Esta lógica es invertida
por las palabras del padre: «Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu
hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido
encontrado» (v. 31). ¡El padre ha recuperado al hijo perdido, y ahora puede
también restituirlo a su hermano! Sin el menor, también el hijo mayor deja de
ser un “hermano”. La alegría más grande para el padre es ver que sus hijos se
reconozcan hermanos.
Los hijos pueden
decidir si unirse a la alegría del padre o rechazarla. Deben interrogarse sobre
sus propios deseos y sobre la visión que tienen de la vida. La parábola termina
dejando el final en suspenso: no sabemos qué cosa ha decidido hacer el hijo
mayor. Y esto es un estímulo para nosotros. Este Evangelio nos enseña que todos
tenemos necesidad de entrar a la casa del Padre y participar de su alegría, en
la fiesta de la misericordia y de la fraternidad. Hermanos y hermanas,
¡abramos nuestro corazón, para ser “misericordiosos como el Padre”!
Gracias.
(Traducción del
italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
9 de mayo de 2016
"ESTÁ CON NOSOTROS, ESTÁ VIVO", EL PAPA EN EL REGINA COELI EN EL DÍA DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
En la hora del Regina Coeli del VII Domingo de Pascua, el
Papa Francisco reflexionó sobre el significado que tiene la Ascensión
del Señor en nuestros días: Somos testigos de la alegría de
Dios no sólo con palabras, sino también en la vida cotidiana. “Éste es el
testimonio que cada domingo tendría que salir de nuestras iglesias para entrar
durante la semana en las casas, en las oficinas, en la escuela, en los lugares
de encuentro y de diversión, en los hospitales, en las cárceles…”. “En su
Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de
los pecados” (Lc, v.47).
Texto completo de las palabras del Papa antes del Regina
Coeli:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Ascensión de
Jesús al cielo, que tuvo lugar cuarenta días después de la Pascua. Contemplamos
el misterio de Jesús que sale de nuestro espacio terrenal para entrar en la
plenitud de la gloria de Dios, llevando consigo nuestra humanidad. Es decir
nosotros, nuestra humanidad, entra por primera vez en el cielo. El
Evangelio de Lucas nos muestra la reacción de los discípulos ante el Señor que
«se separó de ellos y fue llevado al cielo» (24,51). No hubo en ellos dolor y
pérdida, sino «que se postraron delante de él, y volvieron a Jerusalén con gran
alegría» (v. 52). Es el regreso de quien no teme más a la ciudad que rechazó al
Maestro, que vio la traición de Judas y la negación de Pedro, que vio la
dispersión de los discípulos y la violencia de un poder que se sentía
amenazado.
A partir de ese día, para los Apóstoles y para cada discípulo
de Cristo, fue posible vivir en Jerusalén y en todas las ciudades del mundo,
incluso en aquellas más atormentadas por la injusticia y la violencia, porque
sobre cada ciudad, está el mismo cielo, y cada habitante puede elevar la mirada
con esperanza. Jesús, Dios, es hombre verdadero, con su cuerpo de hombre
¡está en el cielo! Y esta es nuestra esperanza, es nuestra ancla, que está
allí, y nosotros, estamos firmes en esta esperanza si miramos el cielo. En este
cielo habita aquel Dios que se reveló tan cercano de asumir el rostro de un
hombre, Jesús de Nazaret. Él es por siempre el Dios-con-nosotros - recordemos esto:
Emmanuel, Dios-con-nosotros -, y no nos deja solos. Podemos mirar hacia lo alto
para reconocer ante nosotros nuestro futuro. En la Ascensión de Jesús, el
Crucificado Resucitado, está la promesa de nuestra participación en la plenitud
de la vida con Dios.
Antes de separarse de sus amigos, Jesús, refiriéndose al
acontecimiento de su muerte y resurrección, les dijo: «Ustedes son testigos de
todo esto» (v. 48). Es decir, los discípulos, los apóstoles, son testigos de la
muerte y resurrección de Cristo, y en aquel día también de la Ascención de
Cristo. Y de hecho, después de ver a su Señor ascender al cielo, los discípulos
regresaron a la ciudad como testigos que con alegría anuncian a todos la nueva
vida que viene del Crucificado Resucitado, en cuyo nombre «debía predicarse a
todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados» (v. 47). Éste
es el testimonio – hecho no sólo con las palabras, sino también con la vida
cotidiana - el testimonio que cada domingo debería salir de nuestras iglesias
para entrar durante la semana en los hogares, en las oficinas, en la escuela,
en los lugares de encuentro y de diversión, en los hospitales, en las cárceles,
en los hogares de ancianos, en los lugares atestados de los inmigrantes, en las
periferias de la ciudad... Este testimonio tenemos que llevar nosotros, cada
semana: Cristo está con nosotros; Jesús subió al cielo, está con nosotros.
¡Cristo está vivo!
Jesús nos aseguró que en este anuncio y en este testimonio
estaremos «revestidos con la fuerza que viene de lo alto» (v. 49), es decir,
con la potencia del Espíritu Santo. Aquí reside el secreto de esta misión: la
presencia entre nosotros del Señor resucitado, que con el don del Espíritu
sigue abriendo nuestra mente y nuestro corazón, para proclamar su amor y su
misericordia, también en los ambientes refractarios de nuestras ciudades.
El Espíritu Santo es el verdadero artífice del testimonio
multiforme que la Iglesia y todos los bautizados restituyen en el mundo. Por lo
tanto, no podemos descuidar nunca el recogimiento en la oración para alabar a
Dios e invocar el don del Espíritu. En esta semana, que nos lleva a la fiesta
de Pentecostés, permanezcamos espiritualmente en el Cenáculo, con la Virgen
María, para recibir el Espíritu Santo. Lo hacemos incluso ahora, en comunión
con los fieles reunidos en el Santuario de Pompeya para tradicional Súplica.
(Traducción del italiano: Griselda Mutual, Radio Vaticana)
6 de mayo de 2016
PAPA FRANCISCO AL RECIBIR EL PREMIO CARLOMAGNO: “SUEÑO UNA EUROPA QUE PROMUEVA Y PROTEJA LOS DERECHOS DE CADA UNO”
Texto completo del discurso del
Papa Francisco
Ilustres señoras y señores:
Les doy mi cordial bienvenida y
gracias por su presencia. Agradezco especialmente sus amables palabras a los
señores Marcel Philipp, Jürgen Linden, Martin Schulz, Jean-Claude Juncker y
Donald Tusk. Deseo reiterar mi intención de ofrecer a Europa el prestigioso
premio con el cual he sido honrado: no hagamos un mero un gesto celebrativo,
sino que aprovechemos más bien esta ocasión para desear todos juntos un impulso
nuevo y audaz para este amado Continente.
La creatividad, el ingenio, la
capacidad de levantarse y salir de los propios límites pertenecen al alma de
Europa. En el siglo pasado, ella ha dado testimonio a la humanidad de que un
nuevo comienzo era posible; después de años de trágicos enfrentamientos, que
culminaron en la guerra más terrible que se recuerda, surgió, con la gracia de
Dios, una novedad sin precedentes en la historia. Las cenizas de los escombros
no pudieron extinguir la esperanza y la búsqueda del otro, que ardían en el
corazón de los padres fundadores del proyecto europeo. Ellos pusieron los
cimientos de un baluarte de la paz, de un edificio construido por Estados que
no se unieron por imposición, sino por la libre elección del bien común,
renunciando para siempre a enfrentarse. Europa, después de muchas divisiones,
se encontró finalmente a sí misma y comenzó a construir su casa.
Esta «familia de pueblos», que
entretanto se ha hecho de modo meritorio más amplia, en los últimos tiempos
parece sentir menos suyos los muros de la casa común, tal vez levantados
apartándose del clarividente proyecto diseñado por los padres. Aquella
atmósfera de novedad, aquel ardiente deseo de construir la unidad, parecen
estar cada vez más apagados; nosotros, los hijos de aquel sueño estamos
tentados de caer en nuestros egoísmos, mirando lo que nos es útil y pensando en
construir recintos particulares. Sin embargo, estoy convencido de que la
resignación y el cansancio no pertenecen al alma de Europa y que también «las
dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad» .
En el Parlamento Europeo me permití
hablar de la Europa anciana. Decía a los eurodiputados que en diferentes partes
crecía la impresión general de una Europa cansada y envejecida, no fértil ni
vital, donde los grandes ideales que inspiraron a Europa parecen haber perdido
fuerza de atracción. Una Europa decaída que parece haber perdido su capacidad
generativa y creativa. Una Europa tentada de querer asegurar y dominar espacios
más que de generar procesos de inclusión y de transformación; una Europa que se
va «atrincherando» en lugar de privilegiar las acciones que promueven nuevos
dinamismos en la sociedad; dinamismos capaces de involucrar y poner en marcha
todos los actores sociales (grupos y personas) en la búsqueda de nuevas
soluciones a los problemas actuales, que fructifiquen en importantes
acontecimientos históricos; una Europa que, lejos de proteger espacios, se
convierta en madre generadora de procesos (cf. Evangelii gaudium, 223).
¿Qué te ha sucedido Europa
humanista, defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la
libertad? ¿Qué te ha pasado Europa, tierra de poetas, filósofos, artistas,
músicos, escritores? ¿Qué te ha ocurrido Europa, madre de pueblos y naciones,
madre de grandes hombres y mujeres que fueron capaces de defender y dar la vida
por la dignidad de sus hermanos?
El escritor Elie Wiesel,
superviviente de los campos de exterminio nazis, decía que hoy en día es
imprescindible realizar una «transfusión de memoria». Es necesario «hacer
memoria», tomar un poco de distancia del presente para escuchar la voz de
nuestros antepasados. La memoria no sólo nos permitirá que no se cometan los
mismos errores del pasado (cf. Evangelii gaudium, 108), sino que nos dará
acceso a aquellos logros que ayudaron a nuestros pueblos a superar
positivamente las encrucijadas históricas que fueron encontrando. La
transfusión de memoria nos libera de esa tendencia actual, con frecuencia más
atractiva, a obtener rápidamente resultados inmediatos sobre arenas movedizas,
que podrían producir «un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no
construyen la plenitud humana» (ibíd. 224).
A este propósito, nos hará bien
evocar a los padres fundadores de Europa. Ellos supieron buscar vías
alternativas e innovadoras en un contexto marcado por las heridas de la guerra.
Ellos tuvieron la audacia no sólo de soñar la idea de Europa, sino que osaron
transformar radicalmente los modelos que únicamente provocaban violencia y
destrucción. Se atrevieron a buscar soluciones multilaterales a los problemas
que poco a poco se iban convirtiendo en comunes.
Robert Schuman, en el acto que
muchos reconocen como el nacimiento de la primera comunidad europea, dijo:
«Europa no se hará de una vez, ni en una obra de conjunto: se hará gracias a
realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de
hecho». Precisamente ahora, en este nuestro mundo atormentado y herido, es
necesario volver a aquella solidaridad de hecho, a la misma generosidad
concreta que siguió al segundo conflicto mundial, porque —proseguía Schuman—
«la paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores
equiparables a los peligros que la amenazan». Los proyectos de los padres
fundadores, mensajeros de la paz y profetas del futuro, no han sido superados:
inspiran, hoy más que nunca, a construir puentes y derribar muros. Parecen
expresar una ferviente invitación a no contentarse con retoques cosméticos o
compromisos tortuosos para corregir algún que otro tratado, sino a sentar con
valor bases nuevas, fuertemente arraigadas. Como afirmaba Alcide De Gasperi,
«todos animados igualmente por la preocupación del bien común de nuestras
patrias europeas, de nuestra patria Europa», se comience de nuevo, sin miedo un
«trabajo constructivo que exige todos nuestros esfuerzos de paciente y amplia
cooperación».
Esta transfusión de memoria nos
permite inspirarnos en el pasado para afrontar con valentía el complejo cuadro
multipolar de nuestros días, aceptando con determinación el reto de
«actualizar» la idea de Europa. Una Europa capaz de dar a luz un nuevo
humanismo basado en tres capacidades: la capacidad de integrar, capacidad de
comunicación y la capacidad de generar.
Capacidad de integrar
Erich Przywara, en su magnífica
obra La idea de Europa, nos reta a considerar la ciudad como un lugar de
convivencia entre varias instancias y niveles. Él conocía la tendencia
reduccionista que mora en cada intento de pensar y soñar el tejido social. La
belleza arraigada en muchas de nuestras ciudades se debe a que han conseguido
mantener en el tiempo las diferencias de épocas, naciones, estilos y visiones.
Basta con mirar el inestimable patrimonio cultural de Roma para confirmar, una
vez más, que la riqueza y el valor de un pueblo tiene precisamente sus raíces
en el saber articular todos estos niveles en una sana convivencia. Los
reduccionismos y todos los intentos de uniformar, lejos de generar valor,
condenan a nuestra gente a una pobreza cruel: la de la exclusión. Y, más que
aportar grandeza, riqueza y belleza, la exclusión provoca bajeza, pobreza y
fealdad. Más que dar nobleza de espíritu, les aporta mezquindad.
Las raíces de nuestros pueblos, las
raíces de Europa se fueron consolidando en el transcurso de su historia,
aprendiendo a integrar en síntesis siempre nuevas las culturas más diversas y
sin relación aparente entre ellas. La identidad europea es, y siempre ha sido,
una identidad dinámica y multicultural.
La actividad política es consciente
de tener entre las manos este trabajo fundamental y que no puede ser pospuesto.
Sabemos que «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de
ellas», por lo que se tendrá siempre que trabajar para «ampliar la mirada para
reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos» (Evangelii gaudium, 235).
Estamos invitados a promover una integración que encuentra en la solidaridad el
modo de hacer las cosas, el modo de construir la historia. Una solidaridad que
nunca puede ser confundida con la limosna, sino como generación de
oportunidades para que todos los habitantes de nuestras ciudades —y de muchas
otras ciudades— puedan desarrollar su vida con dignidad. El tiempo nos enseña
que no basta solamente la integración geográfica de las personas, sino que el
reto es una fuerte integración cultural.
De esta manera, la comunidad de los
pueblos europeos podrá vencer la tentación de replegarse sobre paradigmas
unilaterales y de aventurarse en «colonizaciones ideológicas»; más bien
redescubrirá la amplitud del alma europea, nacida del encuentro de
civilizaciones y pueblos, más vasta que los actuales confines de la Unión y
llamada a convertirse en modelo de nuevas síntesis y de diálogo. En efecto, el
rostro de Europa no se distingue por oponerse a los demás, sino por llevar
impresas las características de diversas culturas y la belleza de vencer todo
encerramiento. Sin esta capacidad de integración, las palabras pronunciadas por
Konrad Adenauer en el pasado resonarán hoy como una profecía del futuro: «El
futuro de Occidente no está amenazado tanto por la tensión política, como por
el peligro de la masificación, de la uniformidad de pensamiento y del
sentimiento; en breve, por todo el sistema de vida, de la fuga de la
responsabilidad, con la única preocupación por el propio yo».
Capacidad de diálogo
Si hay una palabra que tenemos que
repetir hasta cansarnos es esta: diálogo. Estamos invitados a promover una
cultura del diálogo, tratando por todos los medios de crear instancias para que
esto sea posible y nos permita reconstruir el tejido social. La cultura del
diálogo implica un auténtico aprendizaje, una ascesis que nos permita reconocer
al otro como un interlocutor válido; que nos permita mirar al extranjero, al
emigrante, al que pertenece a otra cultura como sujeto digno de ser escuchado,
considerado y apreciado. Para nosotros, hoy es urgente involucrar a todos los
actores sociales en la promoción de «una cultura que privilegie el diálogo como
forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de
la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones» (Evangelii
gaudium, 239). La paz será duradera en la medida en que armemos a nuestros
hijos con las armas del diálogo, les enseñemos la buena batalla del encuentro y
la negociación. De esta manera podremos dejarles en herencia una cultura que
sepa delinear estrategias no de muerte, sino de vida, no de exclusión, sino de
integración.
Esta cultura de diálogo, que
debería ser incluida en todos los programas escolares como un eje transversal
de las disciplinas, ayudará a inculcar a las nuevas generaciones un modo
diferente de resolver los conflictos al que les estamos acostumbrando. Hoy urge
crear «coaliciones», no sólo militares o económicas, sino culturales,
educativas, filosóficas, religiosas. Coaliciones que pongan de relieve cómo,
detrás de muchos conflictos, está en juego con frecuencia el poder de grupos
económicos. Coaliciones capaces de defender las personas de ser utilizadas para
fines impropios. Armemos a nuestra gente con la cultura del diálogo y del
encuentro.
Capacidad de generar
El diálogo, y todo lo que este
implica, nos recuerda que nadie puede limitarse a ser un espectador ni un mero
observador. Todos, desde el más pequeño al más grande, tienen un papel activo
en la construcción de una sociedad integrada y reconciliada. Esta cultura es
posible si todos participamos en su elaboración y construcción. La situación
actual no permite meros observadores de las luchas ajenas. Al contrario, es un
firme llamamiento a la responsabilidad personal y social.
En este sentido, nuestros jóvenes
desempeñan un papel preponderante. Ellos no son el futuro de nuestros pueblos,
son el presente; son los que ya hoy con sus sueños, con sus vidas, están
forjando el espíritu europeo. No podemos pensar en el mañana sin ofrecerles una
participación real como autores de cambio y de transformación. No podemos
imaginar Europa sin hacerlos partícipes y protagonistas de este sueño.
He reflexionado últimamente sobre
este aspecto, y me he preguntado: ¿Cómo podemos hacer partícipes a nuestros jóvenes
de esta construcción cuando les privamos del trabajo; de empleo digno que les
permita desarrollarse a través de sus manos, su inteligencia y sus energías?
¿Cómo pretendemos reconocerles el valor de protagonistas, cuando los índices de
desempleo y subempleo de millones de jóvenes europeos van en aumento? ¿Cómo
evitar la pérdida de nuestros jóvenes, que terminan por irse a otra parte en
busca de ideales y sentido de pertenencia porque aquí, en su tierra, no sabemos
ofrecerles oportunidades y valores?
«La distribución justa de los
frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber
moral». Si queremos entender nuestra sociedad de un modo diferente,
necesitamos crear puestos de trabajo digno y bien remunerado, especialmente para
nuestros jóvenes.
Esto requiere la búsqueda de nuevos
modelos económicos más inclusivos y equitativos, orientados no para unos pocos,
sino para el beneficio de la gente y de la sociedad. Pienso, por ejemplo, en la
economía social de mercado, alentada también por mis predecesores (cf. Juan
Pablo II, Discurso al Embajador de la R. F. de Alemania, 8 noviembre 1990).
Pasar de una economía que apunta al rédito y al beneficio, basados en la
especulación y el préstamo con interés, a una economía social que invierta en
las personas creando puestos de trabajo y cualificación.
Tenemos que pasar de una economía
líquida, que tiende a favorecer la corrupción como medio para obtener
beneficios, a una economía social que garantice el acceso a la tierra y al
techo por medio del trabajo como ámbito donde las personas y las comunidades
puedan poner en juego «muchas dimensiones de la vida: la creatividad, la
proyección del futuro, el desarrollo de capacidades, el ejercicio de los
valores, la comunicación con los demás, una actitud de adoración. Por eso, en
la actual realidad social mundial, más allá de los intereses limitados de las
empresas y de una cuestionable racionalidad económica, es necesario que “se
siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo […] para todos”
» (Laudato si’,127).
Si queremos mirar hacia un futuro
que sea digno, si queremos un futuro de paz para nuestras sociedades, solamente
podremos lograrlo apostando por la inclusión real: «esa que da el trabajo
digno, libre, creativo, participativo y solidario». Este cambio (de una
economía líquida a una economía social) no sólo dará nuevas perspectivas y
oportunidades concretas de integración e inclusión, sino que nos abrirá
nuevamente la capacidad de soñar aquel humanismo, del que Europa ha sido la cuna
y la fuente.
La Iglesia puede y debe ayudar al
renacer de una Europa cansada, pero todavía rica de energías y de
potencialidades. Su tarea coincide con su misión: el anuncio del Evangelio, que
hoy más que nunca se traduce principalmente en salir al encuentro de las
heridas del hombre, llevando la presencia fuerte y sencilla de Jesús, su
misericordia que consuela y anima. Dios desea habitar entre los hombres, pero
puede hacerlo solamente a través de hombres y mujeres que, al igual que los
grandes evangelizadores del continente, estén tocados por él y vivan el
Evangelio sin buscar otras cosas. Sólo una Iglesia rica en testigos podrá
llevar de nuevo el agua pura del Evangelio a las raíces de Europa. En esto, el
camino de los cristianos hacia la unidad plena es un gran signo de los tiempos,
y también la exigencia urgente de responder al Señor «para que todos sean uno»
(Jn 17,21).
Con la mente y el corazón, con
esperanza y sin vana nostalgia, como un hijo que encuentra en la madre Europa
sus raíces de vida y fe, sueño un nuevo humanismo europeo, «un proceso
constante de humanización», para el que hace falta «memoria, valor y una sana y
humana utopía». Sueño una Europa joven, capaz de ser todavía madre: una
madre que tenga vida, porque respeta la vida y ofrece esperanza de vida. Sueño
una Europa que se hace cargo del niño, que como un hermano socorre al pobre y a
los que vienen en busca de acogida, porque ya no tienen nada y piden refugio.
Sueño una Europa que escucha y valora a los enfermos y a los ancianos, para que
no sean reducidos a objetos improductivos de descarte. Sueño una Europa, donde
ser emigrante no sea un delito, sino una invitación a un mayor compromiso con
la dignidad de todo ser humano. Sueño una Europa donde los jóvenes respiren el
aire limpio de la honestidad, amen la belleza de la cultura y de una vida
sencilla, no contaminada por las infinitas necesidades del consumismo; donde
casarse y tener hijos sea una responsabilidad y una gran alegría, y no un
problema debido a la falta de un trabajo suficientemente estable. Sueño una
Europa de las familias, con políticas realmente eficaces, centradas en los
rostros más que en los números, en el nacimiento de hijos más que en el aumento
de los bienes. Sueño una Europa que promueva y proteja los derechos de cada
uno, sin olvidar los deberes para con todos. Sueño una Europa de la cual no se
pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última
utopía. Gracias.
LA ORACIÓN ES LA VERDADERA MEDICINA PARA NUESTRO SUFRIMIENTO, EL PAPA DURANTE LA VIGILIA DE ORACIÓN POR LOS QUE TIENEN NECESIDAD DE CONSUELO
(RV).- La tarde del jueves 5 de mayo, solemnidad
de la Ascensión del Señor, el Santo Padre Francisco presidió en la Basílica de
San Pedro la Vigilia de oración para todos aquellos que tienen necesidad de
consuelo. La vigilia inició con tres intensos testimonios intercalados por
lecturas bíblicas, y el encendido cada vez de una vela ante el relicario de la
Virgen de las lágrimas de Siracusa, expuesto especialmente a la veneración de
los fieles. En su alocución el Papa Francisco aseguró que el poder del amor
transforma el sufrimiento en la certeza de la victoria de Cristo, y de la
nuestra con él, y en la esperanza de que un día estaremos juntos de nuevo y
contemplaremos para siempre el rostro de la Santa Trinidad.
El
Obispo de Roma subrayó asimismo el hecho de que todos tenemos necesidad de la
misericordia, del consuelo que viene del Señor. “Todos lo necesitamos; es
nuestra pobreza, pero también nuestra grandeza: invocar el consuelo de Dios,
que con su ternura viene a secar las lágrimas de nuestros ojos”.
“Si
Dios ha llorado también yo puedo llorar sabiendo que se me comprende,
reflexionó luego el Santo Padre, indicando el llanto de Jesús como el antídoto
contra la indiferencia ante el sufrimiento de nuestros hermanos. “Ese llanto
enseña a sentir como propio el dolor de los demás, a hacerme partícipe del
sufrimiento y las dificultades de las personas que viven en las situaciones más
dolorosas. En el momento del desconcierto, de la conmoción y del llanto, brota
en el corazón de Cristo la oración al Padre”, aseguró el Papa, señalando a la
oración como la verdadera medicina para nuestro sufrimiento. (RC-RV)
Palabras
del Santo Padre
Hermanos
y hermanas:
Después
de los conmovedores testimonios que hemos oído, y a la luz de la Palabra del
Señor que ilumina nuestra situación de sufrimiento, invocamos ante todo la
presencia del Espíritu Santo para que venga sobre nosotros. Que él ilumine
nuestras mentes, para que podamos encontrar palabras adecuadas que den
consuelo; que él abra nuestros corazones para que podamos tener la certeza de
que Dios está presente y no nos abandona en las pruebas. El Señor Jesús
prometió a sus discípulos que nunca los dejaría solos: que estaría cerca de
ellos en cualquier momento de la vida mediante el envío del Espíritu Paráclito
(cf. Jn 14,26), el cual los habría ayudado, sostenido y consolado.
En los
momentos de tristeza, en el sufrimiento de la enfermedad, en la angustia de la
persecución y en el dolor por la muerte de un ser querido, todo el mundo busca
una palabra de consuelo. Sentimos una gran necesidad de que alguien esté cerca
y sienta compasión de nosotros. Experimentamos lo que significa estar
desorientados, confundidos, golpeados en lo más íntimo, como nunca nos
hubiéramos imaginado. Miramos a nuestro alrededor con ojos vacilantes, buscando
encontrar a alguien que pueda realmente entender nuestro dolor. La mente se
llena de preguntas, pero las respuestas no llegan. La razón por sí sola no es
capaz de iluminar nuestro interior, de comprender el dolor que experimentamos y
dar la respuesta que esperamos. En esos momentos es cuando más necesitamos las
razones del corazón, las únicas que pueden ayudarnos a entender el misterio que
envuelve nuestra soledad.
Vemos
cuánta tristeza hay en muchos de los rostros que encontramos. Cuántas lágrimas
se derraman a cada momento en el mundo; cada una distinta de las otras; y
juntas forman como un océano de desolación, que implora piedad, compasión,
consuelo. Las más amargas son las provocadas por la maldad humana: las lágrimas
de aquel a quien le han arrebatado violentamente a un ser querido; lágrimas de
abuelos, de madres y padres, de niños... Hay ojos que a menudo se quedan
mirando fijos la puesta del sol y que apenas consiguen ver el alba de un nuevo
día. Tenemos necesidad de la misericordia, del consuelo que viene del Señor.
Todos lo necesitamos; es nuestra pobreza, pero también nuestra grandeza:
invocar el consuelo de Dios, que con su ternura viene a secar las lágrimas de
nuestros ojos (cf. Is 25,8; Ap 7,17; 21,4).
En
este sufrimiento nuestro no estamos solos. También Jesús sabe lo que significa
llorar por la pérdida de un ser querido. Es una de las páginas más conmovedoras
del Evangelio: cuando Jesús, viendo llorar a María por la muerte de su hermano
Lázaro, ni siquiera él fue capaz de contener las lágrimas. Experimentó una
profunda conmoción y rompió a llorar (cf. Jn 11,33-35). El evangelista Juan,
con esta descripción, muestra cómo Jesús se une al dolor de sus amigos
compartiendo su desconsuelo. Las lágrimas de Jesús han desconcertado a muchos
teólogos a lo largo de los siglos, pero sobre todo han lavado a muchas almas,
han aliviado muchas heridas. Jesús también experimentó en su persona el miedo
al sufrimiento y a la muerte, la desilusión y el desconsuelo por la traición de
Judas y Pedro, el dolor por la muerte de su amigo Lázaro. Jesús «no abandona a
los que ama» (Agustín, In Joh 49,5). Si Dios ha llorado, también yo puedo
llorar sabiendo que se me comprende. El llanto de Jesús es el antídoto contra
la indiferencia ante el sufrimiento de mis hermanos. Ese llanto enseña a sentir
como propio el dolor de los demás, a hacerme partícipe del sufrimiento y las
dificultades de las personas que viven en las situaciones más dolorosas. Me
provoca para que sienta la tristeza y desesperación de aquellos a los que les
han arrebatado incluso el cuerpo de sus seres queridos, y no tienen ya ni
siquiera un lugar donde encontrar consuelo. El llanto de Jesús no puede quedar
sin respuesta de parte del que cree en él. Como él consuela, también nosotros
estamos llamados a consolar.
En el
momento del desconcierto, de la conmoción y del llanto, brota en el corazón de
Cristo la oración al Padre. La oración es la verdadera medicina para nuestro
sufrimiento. También nosotros, en la oración, podemos sentir la presencia de
Dios a nuestro lado. La ternura de su mirada nos consuela, la fuerza de su
palabra nos sostiene, infundiendo esperanza. Jesús, junto a la tumba de Lázaro,
oró: « Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas
siempre» (Jn 11,41-42). Necesitamos esta certeza: el Padre nos escucha y viene
en nuestra ayuda. El amor de Dios derramado en nuestros corazones nos permite
afirmar que, cuando se ama, nada ni nadie nos apartará de las personas que
hemos amado. Lo recuerda el apóstol Pablo con palabras de gran consuelo:
«¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la
persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […] Pero en
todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido
de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro,
ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá
separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm
8,35.37-39). El poder del amor transforma el sufrimiento en la certeza de la
victoria de Cristo, y de la nuestra con él, y en la esperanza de que un día
estaremos juntos de nuevo y contemplaremos para siempre el rostro de la Santa
Trinidad, fuente eterna de la vida y del amor.
Al lado
de cada cruz siempre está la Madre de Jesús. Con su manto, ella enjuga nuestras
lágrimas. Con su mano nos ayuda a levantarnos y nos acompaña en el camino de la
esperanza.
5 de mayo de 2016
4 de mayo de 2016
CATEQUESIS DEL PAPA: “SIGAMOS EL CAMINO TRAZADO POR LA MISERICORDIA DEL BUEN PASTOR”
Texto completo de la catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas,
¡buenos días!
Conocemos todos la imagen del Buen
Pastor que lleva sobre sus hombros a la oveja perdida. Desde siempre este icono
representa la atención de Jesús hacia los pecadores y la misericordia de Dios
que no se resigna a perder alguno. La parábola es narrada por Jesús para hacer
entender que su cercanía con los pecadores no debe escandalizar, sino al
contrario provocar en todos una seria reflexión sobre cómo vivimos nuestra fe.
La narración presenta de una parte a los pecadores que se acercan a Jesús para
escucharlo y de otra parte a los doctores de la ley, los escribas sospechosos
que se alejan de Él por su comportamiento. Estos se alejan, porque Jesús se
acerca a los pecadores. Estos eran orgullosos, eran soberbios, se creían
justos.
Nuestra parábola se desarrolla en
relación a tres personajes: el pastor, la oveja perdida y el resto del rebaño.
Pero quien actúa es sólo el pastor, no las ovejas. El pastor es el único
verdadero protagonista y todo depende de él. Una pregunta introduce la
parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las
noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?»
(v. 4). Se trata de una paradoja que induce a dudar del actuar del pastor: ¿Es
sabio abandonar las noventa y nueve por una sola oveja? Y además, ¿no en la
seguridad de un redil, sino en el desierto? Según la tradición bíblica el
desierto es el lugar de muerte donde es difícil encontrar alimento y agua, sin
protección y a merced de las fieras y de los ladrones. ¿Qué cosa pueden hacer
noventa y nueve ovejas indefensas? La paradoja continua diciendo que el pastor,
al encontrar a la oveja, «la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y
al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: Alégrense
conmigo» (v. 6). Entonces, ¡parece que el pastor no regresa al desierto a
buscar a todo el rebaño! Tendido hacia aquella única oveja parece olvidar las
otras noventa y nueve. Pero en realidad no es así. La enseñanza que Jesús
quiere darnos es mejor dicho que ninguna oveja puede perderse. El Señor no
puede resignarse al hecho que una sola persona pueda perderse. El actuar de
Dios es aquel de quien va en búsqueda de los hijos perdidos para después hacer
fiesta y alegrarse con todos porque los ha encontrado. Se trata de un deseo
irrefrenable: ni siquiera las noventa y nueve ovejas pueden detener al pastor y
tenerlo cerrado en el redil. Él podría razonar: “Pero, hago un balance: tengo
noventa y nueve, he perdido una, pero no es tanta la perdida, ¿no?”. Él va a
buscar aquella, porque cada una es muy importante para Él y aquella es la más
necesitada, la más abandonada, la más descartada; y Él va ahí a buscarla. Somos
todos avisados: la misericordia hacia los pecadores es el estilo con el cual
actúa Dios y a esta misericordia Él es absolutamente fiel: nada ni nadie podrá
alejarlo de su voluntad de salvación. Dios no conoce nuestra actual cultura del
descarte, en Dios esto no cabe. Dios no descarta a ninguna persona; Dios ama a
todos, busca a todos… ¡Todos! Uno por uno. Él no conoce esta palabra “descartar
a la gente”, porque es todo amor y toda misericordia.
El rebaño del Señor esta siempre
en camino: no posee al Señor, no podemos ilusionarnos de aprisionarlo en
nuestros esquemas y en nuestras estrategias. El pastor se encontrará ahí donde
está la oveja perdida. ¡El Señor pues, debe ser buscado ahí donde Él quiere
encontrarnos, no donde nosotros pretendemos encontrarlo! De ningún otro modo se
podrá conformar el rebaño si no siguiendo el camino trazado por la misericordia
del pastor. Mientras busca a la oveja perdida, Él provoca a las noventa y nueve
para que participen en la reunificación del rebaño. Entonces no solo la oveja
llevada en sus hombros, sino todo el rebaño seguirá al pastor hasta su casa
para hacer fiesta con los “amigos y vecinos”.
Deberíamos reflexionar muchas
veces sobre esta parábola, porque en la comunidad hay siempre alguien que falta
y se ha ido dejando el lugar vacío. A veces esto desanima y nos lleva a creer
que sea una perdida inevitable, una enfermedad sin remedio. ¡Y entonces
corremos el peligro de encerrarnos dentro de un redil, donde no habrá el olor
de las ovejas, sino el hedor de cerrado! Y los cristianos no debemos estar
cerrados porque tendremos el hedor de las cosas cerradas. ¡Jamás! Debemos salir
y este cerrarse en sí mismos, en las pequeñas comunidades, en la parroquia,
ahí, … pero nosotros “los justos” … Esto sucede cuando falta el impulso
misionero que nos lleva a encontrar a los demás. En la visión de Jesús no
existen ovejas definitivamente perdidas – esto debemos entenderlo bien – para
Dios ninguno está definitivamente perdido. ¡Jamás! Hasta el último momento,
Dios nos busca. Piensen en el buen ladrón; pero solo en la visión de Jesús
ninguno está definitivamente perdido, pero solo ovejas que son encontradas. La
perspectiva por lo tanto es toda dinámica, abierta, estimulante y creativa. Nos
impulsa a salir en búsqueda para iniciar un camino de fraternidad. Ninguna
distancia puede tener alejado al pastor; y ningún rebaño puede renunciar al
hermano. Encontrar a quien se ha perdido es la alegría del pastor y de Dios,
pero es también la alegría de todo el rebaño! ¡Somos todos nosotros ovejas
encontradas y reunidas por la misericordia del Señor, llamados a congregar
junto a Él a toda la grey! Gracias.


