Texto
completo de las palabras del Papa Francisco para introducir el rezo del Ángelus
« ¡Queridos hermanos y hermanas,
buenos días!
En este segundo domingo de
Adviento, la liturgia nos pone a la escuela de Juan el Bautista, que predicaba
«anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc 3,3).
Y nosotros quizá nos preguntemos: « ¡Por qué nos tendríamos que convertir? La
conversión es para el que de ateo se vuelve creyente, de pecador se hace justo,
pero nosotros no la necesitamos, acaso ¿ya no somos cristianos? Podemos
preguntarnos esto y sentirnos que estamos que estamos bien. Y ello no es
verdad. Pensando de este modo, nos damos cuenta de que es precisamente por esta
presunción – de que estamos en lo justo – y precisamente por esta presunción,
es que nos debemos convertir: de la suposición de que, en fin de cuentas, va
bien así y no necesitamos conversión alguna.
Pero preguntémonos: ¿es cierto que
en las diversas situaciones y circunstancias de la vida, tenemos en nosotros
los mismos sentimientos de Jesús? ¿Es verdad que sentimos como siente Jesús?
Por ejemplo, cuando sufrimos algún mal o alguna afrenta ¿podemos reaccionar sin
animosidad de corazón y perdonar a los que nos piden perdón? ¡Qué difícil es
perdonar, eh! ¡Qué difícil! ‘Me la vas a pagar: esta palabra viene de dentro,
¿eh? Cuando estamos llamados a compartir alegrías y tristezas, ¿sabemos llorar
sinceramente con el que llora y alegrarnos con el que se alegra? Cuando debemos
expresar nuestra fe, ¿sabemos hacerlo con valentía y sencillez, sin avergonzarnos
del Evangelio? ¡Y así podemos plantearnos tantas preguntas! ¡No estamos bien…,
siempre debemos convertirnos, tener los mismos sentimientos que tenía Jesús.
La voz del Bautista grita aún en
los desiertos de hoy de la humanidad, que son - ¿cuáles son los desiertos de
hoy? – son las mentes cerradas y los corazones duros, y nos provoca para que
nos preguntemos si efectivamente estamos recorriendo el camino justo, viviendo
una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, él nos amonesta con las
palabras del profeta Isaías: « ¡Preparen el camino del Señor!» (v. 4). Es una
invitación apremiante a abrir el corazón y recibir la salvación que Dios nos
ofrece incesantemente, casi con testarudez, porque nos quiere a todos libres de
la esclavitud del pecado. Pero el texto del profeta dilata esa voz,
preanunciando que «todos los hombres verán la Salvación de Dios» (v. 6). Y la
salvación es ofrecida a todo hombre, a todo pueblo, sin excluir a nadie, a cada
uno de nosotros: nadie de nosotros puede decir: ‘Yo soy santo, yo soy perfecto,
yo ya estoy salvado’ No. Siempre debemos aceptar este ofrecimiento de la
salvación, y por ello el Año de la Misericordia: para avanzar más en ese camino
de la salvación, ese camino que nos ha enseñado Jesús. Dios quiere que todos
los hombres sean salvados por medio de Jesucristo, único mediador (cfr 1 Tm
2,4-6)
Por lo tanto cada uno de nosotros
está llamado a hacer conocer a Jesús a cuantos no lo conocen aún: pero ello no
es hacer proselitismo. No: es abrir una puerta. « ¡Ay de mí si no predicara el
Evangelio!» (1 Cor 9,16), declaraba san Pablo. Si a nosotros el Señor Jesús nos
ha cambiado la vida, y nos la cambia cada vez que acudimos a Él, ¿cómo no
sentir la pasión de hacerlo conocer a cuantos encontramos en el trabajo, en la
escuela, a los vecinos de casa, en un condominio, en los hospitales, en los
lugares de recreo? Si nos miramos a nuestro alrededor, encontramos a personas
que estarían dispuestas a comenzar o a volver a comenzar un camino de fe, si
encontraran a cristianos enamorados de Jesús. ¿No deberíamos y no podríamos ser
nosotros esos cristianos? Les dejo esta pregunta: ¿De verdad estoy enamorado de
Jesús? ¿Estoy convencido de que Jesús me ofrece y me da la salvación? Y, si
estoy enamorado, ¡tengo que hacerlo conocer! Pero debemos ser valientes:
allanar las montañas del orgullo y de la rivalidad, rellenar los abismos
excavados de la indiferencia y de la apatía, enderezar los senderos de nuestras
perezas y de nuestros acomodamientos.
Que nos ayude la Virgen María – que
es Madre y sabe cómo hacerlo - a derribar las barreras y los obstáculos que
impiden nuestra conversión, es decir nuestro camino hacia el encuentro con el
Señor ¡Solamente Él puede dar cumplimiento a todas las esperanzas del hombre!»
AUDIO DEL PAPA AQUÍ
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(Traducción del italiano: Cecilia
de Malak – RV)
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